Prosa poética
I
A la hora de comenzar esta bitácora el primer problema que se me presenta es el del tiempo. El tiempo cronológico del universo, no el tiempo vital de un individuo que rompe la virginidad del blanco para tratar de dejar constancia, justamente, de su paso por el tiempo insondable de la vida misma.
El problema es como fechar este relato? Este relato y cada uno de los sucesivos relatos donde quedaran registrados los itinerarios de este viaje. Y es que nada sabemos del tiempo en realidad. Para muchos hemos entrado en el tercer milenio, no así para los pastores nómades que escaparon de Egipto entre las sombras, o para los cultivadores de arroz del valle de Huang He que germinaron hasta lo impensado o para los bravos masai del Serengeti, o los enigmáticos chachapoyas de la amazonía peruana, o para los intrépidos canoeros maoríes que se adentraron en el Pacífico siguiendo las estrellas. El tiempo es algo circunstancial y anecdótico y en realidad es muy probable que no exista. Es decir, el tiempo tal cual lo concebimos, es un invento de nosotros mismos. Cada pueblo ha sido portador de una cosmovisión. Cada pueblo ha explicado a su manera, su propia existencia y respondido de manera única e irrepetible, a los grandes enigmas y misterios del universo. Sin excepción todos nos hemos reconocido como los elegidos de la creación: “…y Dios hizo al mapuche”, “Dios hizo a los wichi”, “nuestro pueblo, el elegido de Dios”, “Dios destruyó a los hombres primeros y nos hizo a nosotros los hombres verdaderos”, “nosotros los hijos del sol”, “nosotros los hijos del maíz” y así sucesivamente pueblo por pueblo. De esto podemos concluir, que el tiempo (de existir) es un algo subjetivo. Cada hombre a creado un tiempo y ese tiempo es su propia historia, la cual reconoce un origen, del cual es producto y un futuro del cual será solo memoria. Ahora dicho así, el tiempo parece una superposición de otros tiempos más pequeños, dispares y cotidianos y el gran relato del universo, un megarelato conformado por pequeñas creaciones que poco nos dicen (o son solo pistas) de aquel otro gran misterio de la vida.
De todos esos pequeños alumbramientos surgió la vida tal cual la conocemos. De todos esos pocos hombres primeros, nacieron los pueblos, las culturas, la civilización en su real sentido y dimensión. Todo absolutamente todo lo que sabemos y pensamos, es fruto de aquellos pocos hombres primeros. Pero, que sabemos nosotros del tiempo de las estrellas? Del tiempo real (si existiese) del universo. Toda nuestra ciencia con su soberbia, no ha pasado prácticamente, de explorar el satélite de un planeta, satélite de una estrella que a su vez es solo una gota en el océano insondable del universo…
Por eso en esta bitácora no quedarán registradas las horas ni los días, ni el paso de las estaciones ni de los años, ni los siglos ni las eras, ni el principio o el final, solo el devenir, el solo estar de los hombres o de un hombre y nada más, que quizás sea lo mismo que decir, de todo el universo. Por tanto esta solo puede ser una cronología provisional e inconclusa. Provisional e inconclusa porque siempre estará sujeta a modificaciones constantes, porque lo que pase en el relato siguiente podrá modificar lo dicho en el anterior y por tanto todo aquí será verdad, más no verdad irrefutable. Porque yo, el que escribo esta bitácora, sigo buscando en esta vastedad inmaterial, en la negrura misma de mi alma, en las pequeñas estrellas que luchan contra las sombras que me circundan, las respuestas a mis preguntas, que quizás sean (lo presiento) las mismas que se han hecho otros hombres. Provisional e inconclusa digo en verdad, porque esta cronología, este relato indisoluble y fragmentado, solo encontrará final cuando ya no existan estas manos sobre el teclado, ni la fuerza que las mueve y las orienta. Por tanto este relato quedará un día cegado abruptamente y aún así habrá una parte que aún esté en mi cabeza y no haya alcanzado a ser escrita y que solo yo conoceré. Y aun así habrá una parte más que no habrá llegado a mi cabeza, que estará aun todavía al nivel irracional de mis sentimientos y de la cual quizás nunca me entere ni yo ni nadie. Por tanto no conozco de antemano los itinerarios de este viaje y en consecuencia nada puedo decir de lo que sigue, solo puedo reportar el presente, solo este presente eterno, con la tortuosa rigurosidad de un condenado. Hay si una angustia original de la que quiero dar cuenta y es la de no saber en que condiciones será hallada esta bitácora, de que historia dará cuentas en definitiva. Saber si esta bitácora pertenecerá a los restos carcomidos de un naufragio. Si será hallada en una mochila adherida a un montón de huesos amarillos. Si permanecerá oculta en un viejo cajón o al lado de una triste cama maloliente o en las manos crispadas de un combatiente que se fue de la vida con el rostro límpido y sereno, con ojos entornados como si soñara. Esa es la carga original de este relato, el no poder ver más allá de la punta de los dedos que lo van urdiendo, el no poder dar más cuenta que de la propia sangre que empuja estas palabras contra el blanco mudo de las hojas.
II
III
IV
V
VI
VII
Que somos en verdad? Esto que toco con la yema de mis dedos? Lo que otros ven o creen imaginar cuando me miran? Lo que veo cuando cierro mis ojos o lo que veo cuando los abro? No sé en realidad, cuanto espacio dentro mío ocupa lo que pienso o si en realidad todo lo que pienso está solo en mi cabeza… o fuera de ella y me sigue como un enjambre, como un globo de historieta, plagado de signos indescifrables que solo yo conozco o si en realidad (si esto fuera cierto) los demás también pueden leerlo y yo nunca lo he notado. No sé. No sé si estoy solo o si estoy lejos de donde nunca estuve pero pertenezco. No sé si pertenezco a algún lado al cual estoy llegando o soy un recuerdo o un sueño que se hará realidad cuando conozca a quién me espera. No sé. Nunca pude saber cual soy en verdad de todos esos personajes que pienso que soy (si en verdad son personajes y no pedazos de algo que quizás sea e ignore) o si en realidad son ellos otros seres distintos que nada tienen que ver conmigo, y que me habitan a desgano, como un castigo, prisioneros entre mis costillas. No sé. Nunca pude saber en que lugar del hígado está la tristeza o porque cuando llueve me siento tan tranquilo, grave e inmenso, con ganas de mirar las cosas diminutas. No sé, nunca pude saber en realidad por que odio tanto la hipocresía y porque amo tanto mandarlos a la mierda. No sé porqué me den tanta tristeza los cobardes… esa tristeza visceral hasta las lágrimas. No sé. No sé en verdad porque me gusta tanto la luz de la mañana, el rocío, los caballos, los cielos de tormenta. No sé porque los pájaros al vuelo me transmiten heroísmo y la música me hace viajar y conocer pueblos en los que nunca he pisado. El vino, el tabaco, mirar por las ventanas, las siestas con caricias cuando llueve y también cuando no llueve…no sé, no sé porque me gustan tanto las mujeres y que es lo que me hace que las trate como al barro el alfarero. Y es que a veces pienso cuando hago el amor (aunque en realidad no soy consciente) que soy como el óleo en una tela, y voy dejando un matiz, una vibración en cada poro que voy inundando sin proponerme nada; seguramente seré el óleo de algún cuadro surrealista, porque me gustan que las cosas se sucedan de manera arbitraria (sin que yo intervenga demasiado) que un beso lleve a una caricia y una caricia a la otra, y una respiración a un gemido y la violencia a la ternura y la ternura a la calma y otra vez los amarillos, los rojos, los naranjas, las disonancias, los arpegios, las estridentes notas, los tintos traslúcidos y azules celestes que todo lo inundan después de los orgasmos, esas caprichosas pinceladas que tanto hablan por mi, aunque nada digan. No sé, me gusta ser abrupto y desbocado, casi impredecible, tal vez loco o parecerlo y luego quedarme manso con los ojos lejos y algo de esa humedad ajena en los labios y el sombrero de su pelo en mi bigote y más allá la tarde o la mañana, la noche, no sé, tal vez la muerte. No sé porque en definitiva, me gusta saberme sin remedio y caminar por la vida con la mano en los bolsillos. En fin, hay tantas cosas inexplicables… como no acordarme nunca de los cumpleaños y sin embargo (eso es lo curioso) recordar de memoria todos los teléfonos de mi agenda y a pesar y sobre todo, que odio los números. En fin, no sé porque sé que no sé tantas cosas, si justamente hay tantas cosas que no sé y que debería. Lo que si sé es que no puedo quedarme nunca con las ganas o dejar de hacer las cosas de las cuales de antemano sé que me arrepiento. Así en verdad les juro que hay días en que no me reconozco o me miro de lejos y ando como si no estuviera entre las cosas, esos son los días que me veo a mi mismo con asombro y puedo percibir el ritualismo de mis manos. Hay días que en verdad quisiera irme lejos y quedarme para siempre. No sé si un día no lo haga.
VIII
IX
X
XI
XII
A veces es tan reparador pensar (sobre todo en días como estos) que la vida es como una hoja en blanco de papel, como un lienzo impecable encaramado a un caballete, como un barro húmedo en las manos del alfarero. Tal vez tenga esto que ver con las multiplicaciones, con la fructificación de las semillas y las aves. A pesar de que somos un círculo perfecto, estamos llenos de pequeños círculos cotidianos: breves nacimientos, imperceptibles muertes, primaveras fugaces, algún invierno demasiado largo, algún otoño de nostalgia como esperanzada. Necesitamos, como el cáliz de la luz, indefectiblemente de los resurgimientos. Hacer los grandes trazos de la vida, con pequeñas pinceladas impresionistas y es que estamos condenados a pintar demasiado cerca de la tela, a no ver más que el pequeño espacio en blanco que tenemos frente nosotros (solo algunos pocos pueden ver la totalidad del cuadro que pintan). Es decir no somos más que pequeños constructores de ladrillos diminutos; hacemos casitas de tierra en el patio de los gigantes como si fuera la octava maravilla y es que cuando menos lo esperábamos pasó el gigante sin siquiera vernos y nada quedó de tanto grano sobre grano amontonado. Pero en fin llega el día en que el constructor se da cuenta que como nunca tuvo los planos de la obra y en realidad poco sabía de lo que se trataba, lo único que en verdad valió la pena fue haberse pasado la vida aferrado a los andamios. Y es que cada constructor conoce sus afanes, el miedo que nos provoca enfrentarnos a la nada; la angustia, la impaciencia, la desesperación de los materiales amontonados y el no saber por donde empezaremos. Solos total y absolutamente solos, cada uno de nosotros frente a la nada. Solos con el miedo de tenernos que enfrentar, con esos ladrillitos chuecos y mal cocinados, al vacío más absoluto de la creación. Pero la nada, tan lejana de las estrellas, no nos es del todo ajena en definitiva, hay algo del útero en la nada, algo en lo que fácilmente nos reconocemos, como si nos peináramos frente al lado oscuro de la luna y es que la nada por imponente que parezca no es más que el pequeño mundo nuestro, ese caos de barrio, de “a la vuelta de la esquina”, ese mundo vacío que nos corresponde y al que tenemos pánico de no poder llenar con nuestro aliento. (Es decir que el único problema esencial del hombre es el del poder ser por su aliento). El hombre es imagen y semejanza, es un dios poderoso e infinito, mas no un dios absoluto, sino un dios concéntrico, un dios en su cosmos circular, insertado en otros círculos que lo contienen y de los cuales nada sabe. La nada es el papel en blanco, la tela, el material sensible donde dejaremos o no nuestra huella y esa es la diferencia exacta entre la vida y la muerte.
Continúa

