Metafísica del desamparo
Acerca de una poética de la liberación
…ya al principio era el verbo
dice el génesis y son una gran mayoría los relatos cosmogónicos que atribuyen a la palabra la propiedad de engendrar la vida. Sea la palabra propiamente dicha, sea: “un soplo de aliento”, parece que hay un vínculo muy estrecho entre la palabra/pensamiento y la vida, y estos relatos no hacen más que repetirlo desde el fondo de los tiempos. Sea como fuere, pareciera que el mundo “es” a partir de que puede ser nombrado, es decir: inteligible. El físico cuántico Niels Bohr afirmó que ningún fenómeno puede considerarse realmente existente a menos que sea observado, que es lo mismo que decir algo tan obvio como que mi comprensión del hecho de estar “aquí y ahora sobre la tierra” está indisolublemente ligada a mi propia existencia, es decir, que mi existencia es la que reconoce y determina un antes y un después y es también (en cierto punto) la precondición del mundo material y no material que me circunda. Esto sería el principio antrópico llevado al máximo grado de subjetividad lo cual es muy interesante para comprender lo que aquí se pretende, porque si bien las cosas (el universo) existen independientemente de cada uno de nosotros, no es menos cierto que la posibilidad de intelectualizarlo está ligada a un conocimiento “para sí”, es decir a mi experiencia, a mi sensibilidad, en definitiva, a mi “yo filosófico”. Siguiendo esta línea de razonamiento podríamos incluso decir que “la historia” (de existir en esos términos), solo podría ser pensada como un largo encadenamiento de pequeños eslabones únicos e irrepetibles que somos las personas y que ese reconocerse en los demás (o sea, los comunes denominadores) es lo que posibilita que podamos referirnos a “lo humano” en términos absolutos. En definitiva, nos hallamos permanentemente y a cada paso ante los dos términos de una ecuación que se repite hasta el hartazgo: “la parte y el todo” y he aquí la primera afirmación: “somos parte de aquello que desconocemos” y si en realidad somos parte de aquello que desconocemos quiere decir también que conocernos a nosotros mismos es conocer lo innombrado, lo incógnito, lo (más tarde) sacralizado. Es decir, volvemos al principio antrópico y volvemos también a la palabra. La palabra… porque es ella el significante, la que llega después de la imagen, la sensación o el sentimiento y es también la que da vida, porque su presencia o ausencia, es la presencia o la ausencia de lo que la palabra nombra. La palabra es “la historia”, porque es la única que puede transmitir (sea oral o escrita) la experiencia, los hechos, las sensaciones y hasta los sueños, las decepciones y antiguos miedos. El hombre no puede comprender (ni al universo ni a él mismo ni al pasado ni al futuro) sin nombrar.
Pero por qué esta es una metafísica del desamparo? por el sencillo hecho de que es el desamparo lo primero que quizás haya conocido el hombre. Lyotar define a la filosofía como deseo de sabiduría y deseo viene de philein: amar, estar enamorado, desear y de de-siderare que significa que las constelaciones (sidera) no dan señal, es en definitiva, la angustia del augur ante un cielo mudo de revelaciones. Ese desamparo del hombre primigenio ante lo desconocido, ante lo inexplicable, ante la temeridad de las fuerzas telúricas, ante lo imprevisible y absoluto de la muerte, esa creo yo, es nuestra principal y primera afectación: la angustia y el desamparo de nuestro llegar a la vida arrancados del útero contenedor y fecundo y todo lo demás, todo “lo humano”, es un conjurar, un manipular los elementos para restituir esa tierna oscuridad. Desde ahí y solo desde ahí, me animaría yo a balbucear una teoría del arte y la cultura, desde ese marco.
La parte y el todo. No hay arte sin historia ni sin afectación. Muchas veces he pensado en la caverna como concepto, como primer intento de ese restituirse al útero. La oscuridad y la imponencia de la piedra, su humedad y silencio, fue sin duda el primer ropaje del hombre, su primer resguardo contra los elementos y contra la muerte (que se daba en el espacio exterior e ilimitado y, por tanto, no manipulable). Allí velaba con los suyos el fuego robado (aun desconocido) y fascinante, alimentado como un ser que podía expirar y en torno al cual todos se reunían con la misma fascinación y asombro que lo hacemos hoy miles y miles y miles de años después de aquel primer fuego. Allí con el hollín de las piedras alguien representó en las rugosas paredes al venado o al bisonte que les daba alimento y dibujar era incluir al animal en el útero manipulado, como un intento de preservación, como una especie de conjuro mágico, porque del mismo modo que la huella de mi mano grabada en la pared perpetuaba y evocaba mi presencia, de la misma manera el venado y el bisonte, la estrella matutina, el pez, o la vaina nutriente, también vivirían por siempre en mi universo y el círculo se iría cerrando de manera perfecta. Fue ahí en la caverna donde el hombre tomó por vez primera conciencia de sí mismo; sintió su voz amplificada rebotar por las paredes y en verdad me cuesta poco imaginarlo jugando con sus sonidos de la misma manera que lo hacen las criaturas cuando gritan para escucharse. Así habrá nacido la palabra, como sonido poco a poco articulado y específico, así también nació la música, percutiendo la caja de la tierra con guturales gemidos, con golpes de piedra, madera y hueso. Solo así, después de haber comprendido el valor del signo y del ritual, de haber dominado su humoso universo reducido, es que el hombre se le atrevió a las estrellas y descubrió que el universo era también una gran caverna. El ritual, por tanto, es la reproducción minimal del universo, es la representación (a escala manipulable) de los grandes fenómenos y misterios de la vida. El oficiante es el dios igualador que interviene para organizar el caos de las fuerzas antagónicas que se enfrentan permanentemente y de las cuales la vida mana. Por eso lo que sucede en el ritual sucederá por simpatía (por magia simpática) en la realidad concreta y así el hombre no solo manejará su destino, sino que posibilitará que la rueda del universo siga girando.
Es a partir de ahí donde debe haber nacido la poesía, no como literatura, no como una disciplina específica, sino como mezcla de interpelación y de conjuro, como una necesidad vital, como un instrumento manipulador de la realidad. Maipín canqui? (donde estás?) repetían constantemente los himnos del inkario, seas hombre seas mujer, interpelaban lo innombrable. Es nuevamente la angustia del augur ante el cielo enmudecido y es en la cifra exacta de la palabra donde el hombre invoca, interpela, se reconcilia y se iguala. Yo veo en esto la génesis de la poesía, su capacidad de igualar los opuestos, lo fasto y lo nefasto, en ese conjurar para que se dé el fruto, que traducido al plano del hombre es posibilitar su “ser en plenitud” y su “ser parte” incluso de aquello que lo trasciende o que se le opone; esa es la genealogía, una genealogía olvidada, negada y desconocida intencionalmente por la crítica, las culturas dominantes y sus ideólogos y cancerberos y por toda una recua de brujos iluminados que ya han vendido el alma al orín de las letrinas. De esto se deducen muchas cosas: que el arte como tal, como cosa al margen de la realidad vital del hombre es un invento demasiado nuevo, como para comprarlo con los ojos cerrados. Que el arte fue y sigue siendo para muchos una forma de relacionarse con lo sagrado, con lo trascendente y con los demás hombres y de esto se desprende el reconocimiento de la capacidad transformadora del arte, de su tremenda impactación en la espiritualidad de las personas, en su subjetividad, en su conciencia y por medio de ésta en la realidad material y concreta. El arte está inmerso en el plano de la espiritualidad del hombre incluso cuando se lo trata como materia. Y es que el arte es una creación del hombre y aunque resulte hasta ridículo plantearlo, no hay arte posible al margen del hombre…y si no hay arte posible al margen del hombre, quiere decir que el arte está impregnado de pura subjetividad… de maneras de ver y de sentir, de espacios vitales y específicos y a su vez diferenciados de los de otros hombres; quiere decir también que el arte lleva sobre sí (igual que el hombre) el peso de la historia, de las circunstancias específicas de cada pueblo, de cada persona o grupo de personas; que está impregnado y condicionado por el paisaje, por los usos y costumbres y por las aspiraciones y desvelos de cada generación y hasta de cada individuo. Ahora bien todo lo contrario también es cierto. El arte puede ser solo materia y como materia puede ser pasible de ser sometida a todo tipo de fenómenos y procesos industriales, pero esto es cierto solo a partir de un mundo objetivado, un mundo de mercancías dominado por un pensamiento cojo, unidireccional, que se mueve pura y exclusivamente en el plano material y que, por tanto, está cautivo de una lógica de objetos. A partir de ahí yo puedo tomar una palabra y romperla a martillazos, la puedo retorcer, estirar, mezclarla, prostituirla, denigrarla o enaltecerla, arrancarle el alma y comérmela con ketchup, pero poco o nada (mejor dicho) tiene que ver esto con la palabra/alma de los guaraníes que vagaba por los montes cuando su dueño moría. Fíjense que cuando alguien moría era prohibido nombrarlo; fíjense que un indio no dice su nombre a nadie porque de ser así podrían manipular su alma… que diferente es esto a la palabra puesta sobre la camilla de un quirófano o lo que es peor, dentro de un cubilete…quizás (al menos en nuestro) los poetas y artistas en general, tendrían que tener un poco más de respeto por la palabra en nuestro continente. Digo respeto al menos, porque una de las características fundamentales de la posmodernidad capitalista es que es tan soberbia como inconsistente y siempre cree que su lógica es “la lógica” y se atreve a discutir con gente que hace miles y miles y miles de años, que al menos, se ha respondido el “para que y el porqué” de su estar sobre la tierra.
De que tratan en definitiva estas líneas? Tratan de que al menos hay dos formas de situarse ante el arte y yo respeto a ambas pero defiendo la que me identifica. Cuál es entonces el caso? El caso es que la cultura del arte “en sí y para sí”, del “arte materia” (dócil, neutral y bello) no se contenta con ser lo que es, sino que existe por la negación de ese otro arte que aspira a trascender la historia pero no la niega y de cuya genealogía ya hemos hablado. Solo así se puede explicar lo reaccionario de muchos de estos artistas “de vanguardia” (con perdón de las vanguardias), de estos excelsos orfebres engarzadores de diptongos, verdaderos maestros de la cacofonía, que no leen el diario, ni se mueren en las barricadas, y que hacen el amor solo la noche de los miércoles y los domingos antes de la siesta. Sin ninguna vergüenza yo lo prefiero a Miguel Hernández o a Leonel Rugama y aunque me gustan algunas rimas de Bécquer no sé si las hubiera escrito mientras le bombardeaban la panadería (me gusta creer que hubiera escrito otra cosa). Creo que en realidad se trata de eso: el arte puede ser revolucionario solo si primero es arte y lo excelso solo placer onanista cuando se escribe sobre el hambre y el sufrimiento infinito de los 2/3 de los hombres del mundo. El artista no es revolucionario por su discurso (por escribir loas a la revolución) ni el alienado es un genio por su apatía crucigramática. El arte tiene sus reglas, sus trajines y sus misterios, tiene sus límites provisionales siempre a la espera de ser violados, pero que es lo que provoco? eso hace la diferencia. Dónde situarse? Cuál es en definitiva el camino del artista? Yo solo puedo decir cual es el camino del hombre y cada hombre, diga lo que diga, ha tenido o tendrá la posibilidad de situarse ante la historia. Ya lo dijimos, cada uno entonces traducirá su cosmogonía, interpelará a los dioses, reprenderá los vientos, o se quedará callado con un palo en el fondo oscuro de la cueva… “el adjetivo cuando no da vida mata” dijo Huidobro y los calificativos de hoy (panfletario, social o combativo, preocupado en el mejor de los casos) no le interesan a la historia grande de los hombres, otros hacen literatura, pitan cuadros o se felicitan, yo quiero hablar de una poética para la liberación del hombre.
La parte y el todo implica una relación; esa angustia de vivir es algo que el hombre tiene que superar y en ese restituirse al útero, se nos va la vida. Quizás la muerte misma (como lo concebían los antiguos americanos) no es más que esa restitución y no como punto de llegada, de clausura de algo espléndido y radiante, sino como el inicio de lo nuevo, como el germen alumbrador del nuevo ciclo de la semilla. Ese restituirse es el oficio de conjurar, de establecer a cada paso la igualación de los antagonismos (eso que expresan muy bien aquellos mitos de que dábamos cuenta al principio, donde los dioses no “crean” sino más bien “organizan el caos”). La historia del hombre puede leerse, de este modo, como la de su oposición ante las fuerzas que lo acechan y lo combaten (concepto compartido creo que por todas las religiones, e incluso por el ideal moderno, aquel que hacía recaer sobre las capacidades creativas y transformadoras del hombre, la posibilidad de alcanzar la perfección, “el paraíso en la tierra”, si así quisiéramos llamarlo). En este contexto la palabra es herramienta, manipulación mágica a través de la cual se puede conjurar y lograr (siempre transitoriamente) la igualación de los opuestos; este punto de igualación, su instante preciso, es lo que a veces los artistas llamamos el instante “mágico” donde se logra comunicar, establecer un contacto entre el que emite y el que participa de esa emisión, donde realmente se conmueve al otro y uno se conmueve a sí mismo, porque también en ese preciso instante nos distanciamos de aquello que hemos engendrado, el hecho artístico toma así vida propia, vida independiente (ya que rompe sus lazos con nosotros para pasar a ser otra cosa pasible de ser interpretada e incluso, pasible de ser reinterpretada a la luz de la experiencia vital de ese otro hombre o mujer que la recibe); es aquí donde lo particular se hace universal, porque mi más genuino “yo” es parte del otro. Es por eso que creo profundamente en el lirismo, por aquello del viejo Walt: “me celebro y me canto…..porque cada átomo que me pertenece te pertenece, porque tú y yo somos la misma cosa”… De este modo el “yo poético” no es individual y es al mismo tiempo profundamente humano (es decir, fácilmente reconocible por el receptor) porque el “yo poético” (así planteado) es al mismo tiempo “yo filosófico”, porque se explora a sí mismo para conocer lo innombrable, porque al mismo tiempo que interpela lo que no gobierna, se interpela a sí mismo y al fin comprende (es decir, toma conciencia de sí en relación con el todo sea este el todo universal, social o personal). Esto es lo mismo que decir que el hombre es un ser “no acabado”, que el hombre solo existe como posibilidad, que el hombre es el único ser que se construye a sí mismo y por lo tanto el único iniciado en su propia hechicería.
Pero ahora bien…todo hechizo tiene su fórmula y cierto es que en este mundo objetivado del que hablábamos al principio ya no hay espacio para el asombro ni tampoco para la magia, es por eso que el hombre debe tratar de desaprender para volver a ser humano en términos seminales. Por eso nuestra palabra debe “conmover” y no “convencer” porque “ucamahua mundajja” (el mundo es así) y América se piensa a sí misma, mucho más en términos de “salvación” que de “solución”, porque la “solución” es la respuesta racional a un problema concreto y la “salvación” es la eliminación de la angustia del vivir; es por eso (y solo por eso) que es imprescindible el conjurar: porque hay que salvarse en términos seminales.
El conjuro tiene que ver entonces con muchas cosas, algunas racionales pero las más, emotivas, subyacentes y recónditas. El brujo aprende su hechicería cuando se aprende a sí mismo (claro hay muchos tipos de magia y esta no es precisamente una magia oscura y secreta, sino una que anda desnuda entre las hojas). Los únicos materiales que tiene el hombre son sus sentidos y su propia capacidad de ver y de verse…y en esto del ver está casi todo el secreto, somos “una parte” del todo, únicos e irrepetibles y a su vez comunes y corrientes, nuestra magia es, por tanto, pequeña pero poderosa, pequeña porque es una magia que nos es dada, que es intrínseca, y poderosa porque nadie, absolutamente nadie, puede ver y sentir de la misma y exacta forma que lo hacemos cada uno de nosotros, cuando uno comprende eso, está ya en las puertas del hecho creativo y también está (sin darse cuenta) parado sobre la piedra de la filosofía, no la de los caracteres griegos o las sitas en latín (en realidad ellos no tienen la culpa de que los hayan matado convirtiéndolos en clásicos) sino en una “filosofía para sí”, que es lo mismo que decir: de un conocimiento que nos sirva para vivir, para solucionar la angustia y el desamparo, para saber “el por qué y para qué” del hombre sobre la tierra. Esto es lo central del arte (y de la vida), ya no solo como nos paramos ante la propiedad de los medios de producción, sino como nos paramos ante las fuerzas beligerantes que impiden que se dé la vida, que la planta se revolucione y se de el fruto. Podemos ser los brujos de la alienación, es decir, crear un mundo (por genial este que sea) en el cual resguardarnos del mundo, o podemos ser los brujos exiliados en el desamparo que reprenden e interpelan a los dioses (sean estos fastos y nefastos) y despliegan en el rito su magia procreadora. Somos parte del todo y si el todo es el azul inconmensurable, somos infinito; si el todo es Dios (innombrable y todopoderoso) somos innombrables y todo poderosos en algún punto de nuestra esencia. Lo importante es saber de donde venimos. Saber de donde venimos para poder regresar después de haber andado. No creo que este saber sea en algún punto un saber pensado y cavilado, sino más bien un pensar con la piel. “El camino del guerrero” (al que se refieren muchas culturas milenarias) no es una pista de entrenamiento, una sumatoria de habilidades adquiridas para el combate, el camino del guerrero es la búsqueda individual de su “palabra/alma”, solo cuando un joven se encuentra a sí mismo, solo cuando logra establecer una relación igualatoria y complementaria con el todo, es que está preparado para dar la vida para que vivan los demás.
Todo esto (según mi parecer) es fundamental para una poética de la liberación, porque la liberación total y absoluta del hombre es algo extremadamente complejo, ya que depende de factores materiales y no materiales y en el caso de nuestro continente, también de una pluralidad de cosmovisiones que transcurren a veces en formas paralelas, a veces de manera sobrepuesta, manifiesta o solapada, oficial o clandestinamente, pero que sin duda han producido un grado tal de contaminaciones, de mixturas y de riqueza devenida en síntesis, que ni nosotros llegamos a comprender hasta que punto estamos penetrados de esa interculturalidad y de eso aparentemente exótico y ajeno.
Esta poética de la liberación no tiene que ver en lo absoluto con un discurso, no tiene que ver en lo absoluto con una estética determinada, con un movimiento o escuela, una tendencia, un contenido, una forma; esta poética de la liberación tiene que ver en esencia, con devolverle al hombre su vocación filosófica, con volverlo a situar donde siempre estuvo: en el centro de este mundo que fuimos aprendiendo durante miles y miles y miles de años, de ponerlo nuevamente en el centro de “la historia” y por ende de su propio destino. No es esta, por tanto, una tradición que haya hoy que inventar, es esta una tradición que existe en América desde que existió sobre la tierra el primer americano, es una tradición que llega hasta nuestra propia mesa y que fue negada (y hoy lo es más que nunca) por una “civilización de los objetos”. De donde venimos? Venimos de la memoria y la memoria está en la piel y no bajo el sombrero. Este cielo tiene aquí sobre mi casa un color y una densidad distinta a la del cielo de otra parte de esta mi tierra americana; y el viento aquí viene del este y es húmedo y en invierno me da tristeza, igual que la lluvia finísima y persistente, no es como la del trópico abrupta y voluptuosa, fugaz y feroz, su olor es distinto, igual que el de esta tierra que es la misma y es distinta. Digo: que cada brujo recoge, sus hierbas y raíces, muele determinados minerales y descarta alguna que otra arcilla, ceniza o carapacho; digo que no hay poesía sino poetas y cada hombre enhebra su propio canto. Seguramente nos podamos reconocer en todos esos sonidos aunque no sean los que elegimos, porque todos los distintos somos parte de la misma América. Todos los que tenemos muertos que murieron malamente, sentimos el mismo agrio en la garganta, sentimos que la tierra que los devora tiene algo del sueño que no cumplieron, a veces cuando sopla el viento (o cuando no sopla) escuchamos voces, o caminamos con los ausentes, brindamos, discutimos, nos peleamos, los miramos contentos por saberlos orgullosos, cuando seguimos sus luchas o hacemos algo que les gustaba…lo que pasa es que todo es circular, la tierra, el cielo y el cielo del cielo…no es que vivimos en el recuerdo, sino que fuimos antes y seremos mañana. Cuando algo se rompe en el círculo perfecto, se rompe algo en el costado del alma… si ese árbol donde escuchaba los pájaros cuando era chiquito… o el río que miraba cuando al sol se tragaba… si el aire oliera distinto o me arrancaran un hijo o se llevaran para siempre a quien yo amaba… yo no hablaría del “amarillo jaramago” …yo reprendería a los cielos y a los dioses que en el se ocultan, sacudiría a los hombres, les voltearía las puertas casa por casa, saldría con las dos manos rompiendo los bosques, me comería un cerro y se lo escupiría a la tormenta… nosotros no jugamos a los naipes con el hastío, nosotros hablamos cuando el cielo calla.
Armando de Magdalena
verano del 2003.
Armando de Magdalena es El poeta de la barbarie.