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Volvemos así al principio de nuestras reflexiones, es un error demasiado grande pensar en la ciencia como entidad autónoma desvinculada de todos estos factores (culturales, filosóficos, políticos, económicos e ideológicos). No hay tal neutralidad o autonomía de la ciencia, la historia lo ha demostrado muchas veces. Porque de lo contrario todas las utopías desde Cristo al Che pasando por Tomás Moro, Robespierre, Marx, Luther King o Gandhi, se hubieran materializado hace ya mucho sobre la tierra.
Esa ciencia que no nos hemos cansado de entrecomillar, hace mucho ya, que esta en condiciones de solucionar los problemas fundamentales de la humanidad: hoy se producen tres veces más alimentos que los necesarios para terminar con el hambre a escala planetaria; hoy, quizás mas del 90% de las enfermedades sean prevenibles y, sin embargo, proliferan el cólera, la tuberculosis, la lepra, el dengue y otras muchas que sólo necesitan de una buena alimentación y condiciones mínimas de higiene para desaparecer. Hoy se puede socializar como nunca antes el conocimiento gracias a la revolución de la informática y también desarrollar un progreso sustentable que no amenace la existencia misma del planeta. Que así no suceda es una prueba irrefutable de la subordinación de una parte de la comunidad científica a los intereses políticos, económicos y hasta civilizatorios de los dominadores del mundo. Sí parecen tener capacidad para esterilizar sistemáticamente comunidades enteras, para hacerlas desaparecer lisa y llanamente de zonas vitales para sus intereses (como son la amazonía y otros lugares donde se acumula la mayor parte de la diversidad genética, el agua potable y los recursos naturales que se han dedicado a depredar durante siglos). Hasta las llamadas políticas “indigenistas” de los Estados Nacionales de nuestro continente han tenido un efecto negativo sobre nuestros pueblos originarios, ya que han sido un poderoso agente acultural cuyo objetivo manifiesto fue siempre la formación de «ciudadanos» y no el respeto e interés por la realidad multinacional, pluricultural y multiétnica que contienen. Claro, es difícil aceptar esto cuando se nos ha educado para creer en la neutralidad de la ciencia pero un grupo de científicos no menos científicos que los otros, acaban de dar (por citar solo un ejemplo) un informe contundente acerca de la responsabilidad del hombre en el actual fenómeno del calentamiento climático… y ha tenido que ser precisamente contundente porque las empresas petroleras vienen financiando a científicos e investigadores para que demuestren lo contrario. Esto ha tenido como efecto inmediato que los EEUU principal emisor de gases de invernadero, principal consumidor de combustibles fósiles del mundo, se haya dado el lujo de ser uno de los pocos países del mundo que no firmó el tratado de Kyoto que justamente trata de revertir ese proceso del cual él es uno de los principales responsables.
Y es que ciencia y tecnología, historia, filosofía y religión (como ya hemos dicho) son productos culturales y por tanto también están tensionados por sus mandatos y paradigmas. Esto no va en desmedro de todo lo universal que puedan tener, en tanto productos culturales están al servicio de mandatos civilizatorios específicos, que justamente por specíficos pueden estar enfrentados al bien común.
Lo que queremos señalar es que no es la ciencia en sí ni el conocimiento científico, es el mito que occidente ha construido a su derredor, la filosofía subyacente que interfiere con la lógica de otros sistemas y que ha sido avalada por parte de la comunidad científica que ha sido formada y financiada por ese paradigma. No es solamente la adscripción de una parte de la comunidad científica a un mito civilizatorio, sino también (y por esa vía) su subordinación al poder político y económico, que no es un problema de hoy sino que se remonta hasta las antiguas cortes de los reyes primeros, que pasa hasta por la amarga carta que un poeta como Lope de Vega le enviase a su mecenas el buen Marqués de Sarría26. Hoy no es aquel mecenazgo de un bloque de mármol de Carrara… hoy es un mecenazgo tan domesticador o más que aquel otro que se expresa entre otras cosas a través del pensamiento «becario» de los investigadores y científicos que tienen que recurrir indefectiblemente al financiamiento de universidades, fundaciones y organismos varios, o que trabajan lisa y llanamente, como empleados, para las empresas multinacionales y agencias de gobierno sin importarles los efectos y consecuencias de sus trabajos.
La otra parte de la comunidad científica (y de la población mundial) que son los que simplemente podrían deslegitimar este fraude, ha sido educada o bien en la lógica de una cultura que se ve a sí misma como “raza excepcional y privilegiada”, que tiene el “deber y la misión” de civilizar al mundo, o bien hemos sido educados por siglos y siglos de dominación, en una lógica periférica que actúa como autoinhibidor de nuestras propias capacidades. Una lógica de fronteras de una supuesta gran civilización que no nos reconoce ni nos deja y que nos ha generado sí, un colonialismo mental, un complejo de inferioridad que nosotros llevamos como a priori teórico a todos nuestros análisis. La misma religión cristiana ha sido un gran legitimador de este mito del que hablamos, y hasta el día de hoy hay quienes persisten en el empeño de ubicarnos como hijos de la famosa tribu perdida de Israel (leyenda que ya circulaba por el medioevo y hoy se sigue explorando) lo cual nada sería, sino lo que es peor nos ha llenado de demonios, pecados y castigos, que impidieron que veamos a nuestros pueblos como eran: ni la “teoría del buen salvaje” del Mártir de Anglería, Montaigne o Rousseau, ni los deleznables idólatras y sanguinarios antropófagos de la Inquisición y las armadas. El problema en todo caso es que Dios eligió al pueblo de Abrahán y no a nosotros y es por eso que debimos agradecer a los barcos, porque además de la espada que nos mataba también trajo la cruz que nos redimiría, aunque la única redención haya sido la muerte (física, moral o cultural). Es decir, nuestro destino ya estaba escrito antes de que naciéramos y cuando hablamos de occidente podemos hablar de Dios o de su muerte pero no podemos poner en duda su paternidad civilizatoria. El mundo queda atado así a un solo paradigma y su suerte a una sola escatología. Ahora bien: que cosa testaruda es la historia que no aprende ni con sangre!
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