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VI
Cuál es en definitiva esa escatología a la que hemos remitido permanentemente y que está en la base de todo este fenómeno? Es la del mito finalista de la civilización occidental que primero adoptó a un Dios oriental para tergiversarlo, luego lo mató para poder ser libre y puesto ya en el goce de su plena libertad no encuentra continente a su deseo. Ese deseo es el alma del mito mismo, el mito de occidente que llevó a atesorar, a poseer, a matar para poseer y también a depredar. Occidente no es “el peor” sino simplemente el “ganador” durante siglos de una guerra paradigmática que existió siempre desde que el hombre es hombre27… dentro de ese mito nace el del capitalismo que no sólo cambió la relación con el otro diferenciado, sino también con el trabajo, convirtiendo al hombre mismo en una mercancía más. Desde ese momento entró de manera definitiva en una lógica de objetos y todo fue desacralizado para siempre. Es decir, ese saber el por qué y el para qué de estar aquí sobre la tierra, fue cambiado por el deseo de poseer para legitimarse socialmente, y luego para endiosarse a sí mismo. Ese fue el sentido de la vida y contra ese paradigma también alzó el hombre occidental la utopía que lo restituyese (consciente o inconscientemente) al útero de la tierra del cual lo arrebataron. Eso es lo que implica (aunque no lo parezca) ese “fin de la historia” que nos fue anunciado hace ya década y media. El “fin de la historia” no puede ser otra cosa que el fin, pero qué fin si la vida sigue? El “fin” de la posibilidad de pensar el mundo, de pensarnos a nosotros mismos y al universo. Es la aceptación definitiva de un paradigma material, en el cual obviamente una ciencia entendida como resultado de la objetivación del hombre y de la realidad, no puede ser más que su sumo sacerdote (el sumo sacerdote de una teología dolarizada, por cierto). A diferencia que en las hierofanías americanas, el futuro no se repliega cíclicamente hacia el origen, sino que se disuelve en un eterno presente, en el cual no hay cambios, ni incertidumbres, sino un paulatino pero inexorable avance sobre el dominio de lo inconmensurable a través de la compresión y manipulación de la realidad material… eso sería “conocer la mente de Dios” para la civilización capitalista.
Tal es así que “el triunfo de la contrarrevolución mundial y del libre mercado” abrió las puertas, allá por el final de los 80, a una tal edad “post humana”, donde la tecnología estaría ya en condiciones de materializar lo que la «ingeniería social» (léase las revoluciones) no pudieron. Este fue el hecho histórico que posibilitó la conversión de lo que antes era sólo un paradigma en una verdadera escatología. No hay porque abrumar a nadie, todos escuchamos esa lógica todos los días repetirse hasta el hartazgo por las grandes cadenas informativas: “el eje del mal”, “Dios salve a los EEUU”, modelos de desarrollo, de democracia, de libertades individuales que no son más que expresiones del fundamentalismo más atroz y del racionalismo más irracional. Desde este punto todo lo dicho se ve claramente… esa pretensión filosófica y hasta ontológica de la que tanto hemos hablado no ha sido anecdótica, no ha sido un error, una incorrección en cierto modo involuntaria, ni mucho menos una cosa del pasado, esa pretensión es inmanente al capitalismo ya que es su modo de legitimarse como paradigma civilizatorio: la revolución del genoma humano a abierto las puertas a la eugenesia (incluso la búsqueda del «gen de la conciencia») revitalizando el aparentemente superado darwinismo social. La revolución informática a subvertido el concepto de lo real, el ciberespacio, la realidad de los medios, el simulacro nacido de la “fusión del arte y la ciencia”, el paso del «conocedor» al «consumidor», la finitud de la «gran narrativa», todo apunta a un hombre «transhistorico y natural» que es la negación misma de la historia y del hombre. Nace así un último mito, el de la conquista del cosmos, prueba irrefutable del poder de la ciencia y la tecnología, y donde Dios no tendrá ya donde esconderse. Aunque paradójicamente parece que en esa consumación «esa ciencia y esa tecnología» se han reconocido incapaces (gracias a la anarquía de la producción o a Dios) de detener el deterioro irreversible de la humanidad.
Esta ha sido en definitiva, nuestra forma de reivindicar el mito, ya que el mito y esa ciencia a la que nos hemos referido, nunca anduvieron demasiado separados, sino que son dos relatos en cierto punto equiparables, con distinta ontología.
Veamos cuanto de verdadero hay en el mito.
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