I. La ciencia
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El mito y la ciencia
Presentada así esta relación, lo primero que parece surgir es que el mito y la ciencia son los dos términos antagónicos e irreconciliables de una posibilidad cognitiva de la realidad. Yo en cambio les propongo que analicemos cuanto de mitológica tiene la ciencia y cuanto de veracidad encierra el mito.
I. La ciencia
Generalmente cuando se habla de que algo es un mito se tiende a pensar que se esta haciendo referencia a algo irreal o fantástico, poco creíble y hasta a veces fraudulento: el mito es vago y subjetivo, la ciencia es precisa y verdadera. Esta valoración peyorativa del mito tiene que ver seguramente con el hecho de que para el comúnmente llamado “pensamiento científico” todo pensamiento no-lógico constituye un no-pensamiento.
Sabemos, en rigor de verdad, que es un error evaluar cualquier elemento fuera del sistema al cual pertenece. Lo que es lógico dentro de un sistema determinado puede ser ilógico desde la perspectiva de otro sistema que le es extraño. Esto mismo parece suceder al interior de la propia ciencia. Cada una de sus ramas tiene su lógica, sus métodos y teorías. Lo que en una determinada disciplina tiene entidad de «ley» no necesariamente conservara esa entidad cuando se la traslada a otra rama de la ciencia u a otra disciplina.
Hay muchísimos ejemplos de esta extrapolación a la cual nos referimos y que parece ser tan común no sólo en los cientistas, sino también en el hombre común. Por ejemplo: la teoría de la evolución de las especies basada en la selección natural y la supervivencia del más apto es verosímil en el campo donde nace, es decir, el de la biología, ahora cuando se la traslada al campo de las llamadas ciencias sociales puede convertirse lisa y llanamente en xenofobia: el darwinismo social con sus afirmaciones «científicas» acerca de la existencia de razas superiores, genéticamente mejor dotadas e históricamente predestinadas a dominar a las «menos aptas», no es culpa de Darwin ni de la ciencia, sino del uso que algunos hacen del conocimiento científico, y del componente filosófico con que se revisten los logros objetivos y los datos positivos de la misma. Esto es fundamental para nosotros y no debemos olvidarlo nunca. De igual modo nos podríamos referir en relación a la física de Newton: el determinismo de su lógica de causas y efectos es válido en la física (incluso a cierto nivel de la física ya que también existe la cuántica) ahora cuando esto se traslada a la historia o a la sociedad humana vemos que allí ya no tiene entidad de «ley» o de «verdad irrefutable». Podríamos decir, haciendo una paráfrasis cuántica, que en última instancia a nivel del individuo como componente minimal de la sociedad, existe la incertidumbre: la historia de las revoluciones y de la civilización parecen demostrar, que sin invalidar las condiciones objetivas, es la subjetividad del hombre, su accionar consciente, lo que determina y posibilita (en última instancia) los cambios. No hay «determinismo histórico» por tanto, y esto no quiere decir que la lógica de Newton no tenga aplicación fuera de la física mecánica y mucho menos que este contrapuesta a la física cuántica, lo que simplemente sucede es que no se puede legislar sobre la espiritualidad del hombre. Nadie puede decir que voy a hacer yo dentro de cinco minutos ni como voy a reaccionar ante cual o tal situación (ni siquiera yo mismo) sino es con un carácter probabilístico o aproximatorio.
No obstante la ciencia siempre estuvo tentada de generar un método y una teoría universal, que tenga aplicación en todas las ramas y disciplinas con entidad de ley irrefutable. Después de todo, muerto Dios, bueno y deseable era tener una teoría que en definitiva nos develase el misterio último de la creación. De no ser así necesitaríamos al menos poder explicar racionalmente que es Dios y como funciona su mente. Qué otra cosa fue la escolástica sino un intento de conciliar la religión con la ciencia? Creo que es aquí, en esta pretensión (necesidad) filosófica, donde se genera el fenómeno que estamos analizando. Stephen Hawking confiesa en el párrafo último de su «Breve historia del tiempo»: «… si descubrimos una teoría completa, con el tiempo deberá resultar comprensible, a grandes rasgos, por todos… seria el triunfo ultimo de la razón humana, pues entonces comprenderíamos la mente de Dios». No hay dudas de la voluntad ontológica, no sólo en Hawking, sino en esa pretensión de establecer un método multidisciplinario y una teoría totalizadora (como intentara también Einstein) y a la que la ciencia creo no ha renunciado jamás. Y es que la ciencia en tanto actividad humana tiene una dimensión cultural que parece costarle mucho reconocer. Es decir, existe un a priori y existe también una interpretación filosófica de los casos y de los datos positivos (esto es inevitable) pero por sobre todo existe la necesidad de dar respuesta y de culturar el aparente caos de la creación a través de leyes que nos permitan precisamente conocer para dominar aquel todo inconmensurable al cual contrastados sabemos no somos nada. La legalidad del universo es en cierto punto una necesidad de un mundo racional.
Este es un problema de constante irresolución en nuestra cultura y “la ciencia” no puede dejar de sentir la presión que ese mandato representa. Por otro lado los científicos están condicionados por esa misma ciencia en la que se deposita ese mandato y la capacidad de romper con el conocimiento que los antecedió y los formó (que no es otra cosa que la esencia misma del conocimiento científico), con su lógica, pareciera estar al alcance de muy pocas inteligencias. Feyerabend dice en su “Tratado contra el método” acerca de este condicionamiento de los científicos: “Tal educación simplifica la “ciencia” simplificando a sus participantes: en primer lugar se define un dominio de investigación. A continuación, el dominio se separa del resto de la historia (la física, por ejemplo, se separa de la metafísica y de la teología) y recibe una “lógica” propia. Después, un entrenamiento completo en esa lógica condicionada a quienes trabajan en dicho dominio. Con ello se consigue que sus acciones sean más uniformes y al mismo tiempo se congelan grandes partes del “proceso histórico”. “Hechos” estables surgen y se mantienen a pesar de las vicisitudes de la historia. Una parte esencial del entrenamiento que posibilita la aparición de tales hechos consiste en el intento de inhibir las intuiciones que pudieran llevar a hacer borrosas las fronteras. La religión de una persona, por ejemplo, o su metafísica, o su sentido del humor [...] no deben tener el más mínimo contacto con su actividad científica. Su imaginación queda restringida, e incluso su lenguaje deja de ser el suyo propio. Esto se refleja, a su vez, en el carácter de los “hechos” científicos, que se experimentan como si fueran independientes de la opinión, creencia, y del trasfondo cultural.”
Ahora bien este condicionamiento se da en el marco de una actitud filosófica. Muerto Dios hemos seguido a la razón y a través de ella hemos intentado analizar la realidad buscando las leyes que nos expliquen la mecánica de la creación y la vida… pero resulta que el mismo concepto de “ley” ha ido siendo cuestionado con el paso del tiempo de manera seria por parte la propia comunidad científica. Esto es otro aspecto relevante y a tener en cuenta: si hablamos de cuestionamiento y de comunidad científica no estamos diciendo sino que no hay univocidad, que existen discrepancias, diferentes posicionamientos, interpretaciones, y modos de abordaje de la realidad (Feyerabend es un científico no menos científico que los otros científicos a los cuales se refiere). Por tanto la legalidad de la ciencia siempre será provisoria y de existir sería sólo un proceso, en tanto y en cuanto siempre estará amenazada por otras interpretaciones, logros, e hipótesis que modificarán o no la anterior legalidad.
Si historiáramos brevemente este asunto veríamos que la evolución del concepto de “ley”, que fuera regularizado por Kepler y Descartes para la ciencia moderna, tiene un origen y una connotación metafísica y religiosa que parece nunca haber perdido. Desde la causalidad aristotélica que busca la esencialidad en las causas, hasta la legalidad moderna que dice renunciar a esa pretensión y sólo busca leyes que expresen a priori la regularidad de la naturaleza, invariables entre lo variable y susceptibles de ser matematizadas, todo parece ser, en ultima instancia, vocación ontológica, teleológica y nomotética. Esto mismo era lo que criticaba Nietzsche: la soberbia de un pensamiento que en vez de tratar de interpretar la naturaleza se cree con capacidad de someterla a una legalidad apriorística que la más de las veces no es más que sus propias proyecciones y mandatos.
Entramos así en cuestiones como las metodológicas, la verosimilitud de las teorías, la objetividad en la observación y de las contrastaciones empíricas. Todas cosas de las que se ocupa la “filosofía de la ciencia”. Disciplina cuya sola existencia es la prueba más seria de la no univocidad del llamado conocimiento científico.
A riesgo de parecer obvio, habría que decir que la ciencia no es un ente autónomo independizado de todo, del mismo modo sucede con el conocimiento. Tanto el uno como el otro tienen una dimensión histórica. El mismo concepto de ciencia no es el mismo en la época de Aristóteles, que en la Modernidad, que en los últimos treinta años.
En la antigüedad la ciencia era un saber entre otros tantos y se diferenciaba de la historia por su carácter pura y exclusivamente universal1. Esa universalidad que buscaba la esencia a través de las causas era necesariamente metafísica cuando no ontológica o religiosa, y es contra eso que reacciona la Modernidad. La “muerte de Dios” decretada por Nietzsche tiene que ver con el carácter alienante de las religiones y su ser freno a la razón y es por eso que esa muerte se hizo inevitable. Pero la ciencia moderna que ya no buscaba causas sino leyes nace bajo el a priori práctico de someter y legislar sobre las fuerzas naturales y esto la entronca desde el vamos con el capitalismo que a su vez ha adquirido la categoría de escatología después que Fukuyama decretara el fin de la historia.
La ciencia moderna de aquel entonces era la matemática, la física, la química y la biología (lo que Mario Bunge llama ciencias formales2) todo lo demás, incluida la filosofía era mero sustento de la ciencia positiva: Comte no sólo piensa que la filosofía debe limitarse a reflexionar sobre los logros de la ciencia positiva (eliminando así la metafísica) sino que habla también de la necesidad de una “física social” con la cual, evidentemente, trata de legislar sobre la especie como si los hombres fueran los cuerpos inertes de la física mecánica. Es ahí donde la ciencia empieza a ser percibida por el común, como algo unívoco e inmutable. Ahí nace la idea (de la que aun quedan residuos) de que el conocimiento científico es aquel que sólo puede ser demostrado empíricamente, aquel que puede ser cuantificado matemáticamente y que puede ser enunciado en forma de ley. Esta percepción no es infundada porque realmente durante mucho tiempo fue así. Se aplicaron a las ciencias humanísticas métodos inductivos, hipotético deductivos, apriorísticos. Se trató de “explicar”, cuando en realidad (como dice Habermas) también había que “comprender” ya que el hombre es una realidad totalizadora que incluso esta precedido por el lenguaje3. Lo que queremos decir es que la omnisapiencia de la ciencia es un mito (he aquí la paradoja) y de esto los primeros que son conscientes son los mismos científicos. Las “leyes” y “teorías” no son “verdaderas” sino que son “verosímiles” (que no es lo mismo) en tanto y en cuanto las unas tienen hoy (casi de manera excluyente) una carácter estadístico y las otras representan ciertos aspectos de los sistemas reales. Las teorías suponen modelos que son sólo aspectos de los sistemas reales. Son representaciones simbólicas de lo real.
Lo mismo sucede con la observación. La objetividad de la evidencia observacional ha sido por muchos rechazada partiendo de la premisa de que la evidencia científica está, de manera inevitable, contaminada por las teorías científicas. No es sólo que los científicos tiendan a ver lo que quieren ver, sino que la observación científica es sólo posible en el contexto de presuposiciones teóricas concretas. El mismo Hawking a quien ya hemos citado confiesa al final de una conferencia sobre el determinismo en la ciencia: “La visión clásica propuesta por Laplace estaba fundada en la idea de que el movimiento futuro de las partículas estaba determinado por completo, si se sabían sus posiciones y velocidades en un momento dado. Esta hipótesis tuvo que ser modificada cuando Heisenberg presentó su Principio de Incertidumbre el cual postulaba que no se podía saber al mismo tiempo y con precisión la posición y la velocidad. Sin embargo, sí que era posible predecir una combinación de posición y velocidad pero incluso esta limitada certidumbre desapareció cuando se tuvieron en cuenta los efectos de los agujeros negros: la pérdida de partículas e información dentro de los agujeros negros dio a entender que las partículas que salían eran fortuitas. Se pueden calcular las probabilidades pero no hacer ninguna predicción en firme. Así, el futuro del universo no está del todo determinado por las leyes de la ciencia, ni su presente, en contra de lo que creía Laplace. Dios todavía se guarda algunos ases en su manga”.
Todo esto que hemos dicho hasta aquí no es un discurso de la anti ciencia sino un discurso de la ciencia misma. Muchísimos prestigiosos científicos se han ocupado de los problemas filosóficos de la ciencia, desde las formas y tipos de conocimiento, hasta la forma en que se analizan los principios, presupuestos y métodos desde el punto de vista de sus alcances, verdad y validez, hasta el internalismo que analiza la propia estructura de la conceptualidad científica, o el externalismo que se preocupa de sus relaciones con la sociedad, las ideologías, la política o el poder. En todo caso lo que se impone es inteligir de manera correcta qué es el pensamiento científico. La ciencia misma no puede ser vista sino como una realidad plural y no una entelequia. Como ya dijimos tiene una historia y todas sus verdades siempre han sido provisionales y no pocas veces estuvieron influenciadas por presiones generadas desde fuera de sus dominios. Las teorías se han ido sucediendo con el tiempo, bien asimilando la parte potable de aquellas que las antecedieron, o bien sustituyéndose, lisa y llanamente, unas con otras. En ese sentido ha habido tanto evolución como revolución en el campo del llamado conocimiento científico: el sistema solar tolemaico no era menos científico que el de Copérnico, ni este a su vez que el de Kepler o Galileo. La transmutación de la materia por la cual se desvelaban los antiguos alquimistas (y que era considerada cuasi brujería) hoy es una realidad a la cual sólo parecen escapar no más de cuatro o cinco elementos. Lo que si cabe preguntar, y es lo realmente importante para nosotros, es por qué se ha construido una visión tan vulgar y distorsionada de lo que es el conocimiento científico, si toda esta problemática es (y ha sido siempre) inmanente a la ciencia misma?
En una ocasión alguien se refería a esta sensación que tenemos todos de que ya no quedan misterios por develar para la ciencia, percepción abonada día a día por los medios masivos de comunicación que nos muestran sondas interceptando asteroides, telescopios viajeros que nos muestras el “pasado de las estrellas”… y decía este hombre que es un prestigioso intelectual norteamericano: qué nos puede decir esa misma ciencia acerca de cosas como el amor o la tristeza?… indudablemente muy poco. El desarrollo de la ciencia (vertiginoso en el último siglo y más aún en la segunda mitad del siglo XX) se ha dado casi de manera excluyente sobre el plano material de la realidad y no de igual modo en el plano no material (para no usar términos más connotados). Ese desarrollo material (lo hemos dicho ya) es lo que liga a la ciencia moderna con el capitalismo, pero tendríamos que explorar hasta donde llega esa ligazón. Queda claro sí, que aquella “muerte de Dios” a manos de la razón nos a generado una angustia que la ciencia no ha podido llenar y es ahí donde el mito sigue estando a salvo en su morada.
En “La ideología alemana” Marx se pregunta: Qué sería de la ciencia moderna sin la industria? Y hay quienes pensamos que el desarrollo científico/tecnológico se debe en gran parte a la necesidad de evitar la caída de la tasa de ganancia de las empresas que está implícita en el propio desarrollo del capitalismo4. No es casual que la mayoría de la tecnología con la que convivimos día a día tenga su origen en el aparato industrial/militar de las grandes potencias. La propia guerra ha sido el modo más empleado por las mismas para superar las crisis periódicas del capitalismo ya sea mediante la reactivación de la industria, la destrucción de la industria de sus adversarios, la apropiación de recursos naturales y materias primas, la anexión de territorios, o ampliación de sus influencias y mercados.
El marxismo fue sin dudas, el primero en plantear la compleja relación entre ciencia e ideología. Es decir, reflexionó sobre cuáles son los intereses de clase que subyacen en el desarrollo de una ciencia, de una teoría científica, de un método. Por su parte en las últimas décadas hombres como el ya citado Paul Feyerabend y o Michel Foucault han enfatizado las relaciones políticas de la ciencia, sus relaciones con el poder y los poderes que en cada momento de cada sociedad configuran la trama social. Y esto ha sido posible por la introducción de la dimensión histórica en el estudio de las ciencias5.
En cuanto a lo que compete a nuestro presente trabajo, las ciencias que intervienen en este tipo de análisis que pretendemos, son susceptibles de ser analizadas a la luz de este enfoque “externalista” que acabamos de traer a cuenta en este último tramo y es por eso también que nos hemos sentido en la obligación de analizar (aunque más no sea de manera esquemática y superficial) los prolegómenos que están en la base misma de lo que comúnmente se conoce por “conocimiento científico”.
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