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II
El análisis del mito (en los términos que queremos) no puede prescindir de las llamadas “ciencias arqueológicas” y es este análisis de las mismas lo que nos va a dar la doble dimensión de estetrabajo.
Siempre repito que las ciencias arqueológicas nacen como ciencias de la dominación. Nacen como una necesidad de comprender para dominar. Desde las reflexiones de Heródoto sobre pueblos bárbaros6 a las del libro “Germania” donde Tácito reseñaba el carácter, las costumbres y la distribución geográfica de los pueblos germánicos, pasando por las crónicas de Marco Polo, los diccionarios de los buenos monjes jesuitas o la Piedra Roseta de Napoleón, todo en las ciencias arqueológicas es conocer para conquistar. No es casual que cobren entidad de verdaderas ciencias en pleno auge del colonialismo y del positivismo allá por el siglo XIX. Pero lo realmente importante no es este origen nada reivindicable de la arqueología y de la antropología, sino que hayan tardado tanto en ser en verdad científicas.
Este “haber tardado tanto” se verifica en nuestro caso, por la histórica reticencia que han mostrado los científicos a conferir antigüedad e importancia a los hallazgos arqueológicos efectuados en nuestro continente. Es prácticamente inconcebible que se sigan efectuando dataciones a través del método del “carbono 14” (de manera excluyente) para analizar yacimientos donde hubo actividad humana, cuando este método tiene un margen de error de entre 2000 y 5000 años, cosa insignificante para la paleontología (que mide las cosas en millones de años) pero no para la antropología7.
Este tema de la datación es fundamental ya que la datación tiene que ver con la antigüedad y esta a su vez con el origen que es un tema eminentemente filosófico, fundamental y determinante en el proceso identitario de cualquier pueblo.
Relacionado también a este problema de las dataciones, está el de la cantidad de prueba en la que se sustentan las hipótesis supuestamente científicas “de los que nos estudian”.
En Europa no debe quedar un metro cuadrado de tierra donde no haya pasado, al menos una vez, el filo de un arado, en cambio yacimientos tan importantes como el de Tiawanaku no están explorados en más de en un 10% de su probable extensión total8. No obstante esto, se esgrimen teorías con carácter de verdad irrefutable cuando en verdad desde el punto de vista estrictamente científico son vanas elucubraciones, cuando no, expresiones de deseos. Hace apenas no más unas décadas, la antigüedad del hombre americano oscilaba entre los 6.000 y los 8.000 años (en el mejor de los casos), hoy ya hay quien habla de 80.000 años y más, basados en hallazgos como el de Pedra Furada en Brasil, o los 200.000 que el paleoantropólogo anglo-keniata Louis Seymour Bazett Leakey propuso después de sus hallazgos de Calicos en Mountain Lake. Este como dije es un punto fundamental en este guerra contra el mito capitalista en el que se basa la dominación imperialista, y me parece indispensable detenerme ahora en esta cuestión a riesgo de apartarnos un poco de nuestro objetivo argumental.
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