La piratería y el contrabando
Como ya dijimos este modelo mercantilista español ofrecía varios flancos vulnerables. Como oportunamente señalamos, una serie de circunstancias llevaron a que esa masa de oro y plata que España extraía de sus colonias terminase en manos de los banqueros e industriales de Génova, Flandes, Inglaterra o Francia. De todos modos cuesta aún comprender que España haya quedado arruinada después de la emancipación de sus colonias. Hay dos elementos que siempre se mencionan pero que en verdad es muy difícil dimensionar en cuanto al daño que le causaron a los intereses de España en esta parte del mundo: Uno de estos elementos es la piratería y el otro el contrabando. Aunque parezca arbitrario, asociarlos no deja de tener un serio fundamento.
Hemos hablado de manera sucinta sobre algunas de las principales razones que terminaron diferenciando la conquista y colonización de la parte norte, de la llevada a cabo por españoles y portugueses en la parte sur del continente. Sin embargo, no hemos dicho algo muy importante: al momento inmediatamente posterior al que España «descubre» y toma posesión del Nuevo Mundo, Inglaterra tenía muy pocas (o ninguna) posibilidades de enfrentarla militarmente con posibilidades de éxito45. Tampoco tenía medios, ni territorios que pudieran igualar el flujo de riquezas que poco a poco y de manera creciente España iba logrando extraer de sus colonias; en consecuencia, la histórica ambivalencia británica optó por dos caminos (más bien tres): tratar de llegar a los mejores arreglos posibles con el resto de las potencias en pugna (incluida España), es decir conseguir espacio y privilegios para sus productos y sus naves 2) sumarle a esos acuerdos el mucho mayor negocio del contrabando (es decir, anular en la práctica la política monopólica en que se basa cualquier mercantilismo), y 3) privatizar la guerra, al tiempo que firmaba la paz con España.
Los Tratados de Utrecht, firmados después de la Guerra de Sucesión Española46 entre las potencias, son muy ilustrativos sobre el particular. Inglaterra sacó muchas ventajas y concesiones de ese tratado, pero lo más llamativo es que en una de sus cláusulas se especificase que los daños y perjuicios ocasionados por «particulares» (léase piratas) no afectarían la vigencia del «tratado» (léase ventajas obtenidas por Inglaterra). Esta es una de las claras muestras (no la única) de que la piratería fue una verdadera «política de estado», una especie de tercerización de la guerra, que tenía dos ventajas fundamentales: eximía a Inglaterra de comprometer recursos oficiales en una guerra frontal con España (que en determinados momentos no estuvo en condiciones de ganar) y segundo, no la comprometía en lo más mínimo con respecto a las potencias que hostilizaba. Prueba evidente de esto que decimos es que muchos afamados piratas como John Hawkins y Francis Drake fueron hechos caballeros, incluso después de haber purgado años de condena en las cárceles españolas por sus comprobadas tropelías.
Con respecto a los orígenes de la piratería, es muy común oír hablar de que los piratas devienen de los bucaneros de las costas de Haití. Aunque sabemos que la piratería es tan antigua como la navegación misma, al punto que no puede dejar de asociarse a ciertos pueblos como los vikingos y bereberes, que hicieron de ella un modo de vida.
Nosotros estamos hablando de los llamados «piratas del Caribe» que se dice tienen ese origen que le apuntábamos y que eran llamados bucaneros, palabra derivada del francés bucaneer que a u vez deviene de boucan que no es otra cosa que una parrilla sobre la cual se ahumaba la carne que le robaban a sus vecinos españoles. Es decir, se quiere naturalizar, subliminalmente, que esta verdadera empresa nacional las potencias colonialistas de Francia, Holanda e Inglaterra, dirigida en contra de las posesiones españolas de América, nació de unos simples ladrones de vacas47.
La piratería como ya hemos dicho nació no sólo en las posesiones francesas u holandesas del Caribe, sino también (y por sobre todo) en las costas de las colonias americanas de Nueva Inglaterra. En realidad, todas las potencias que quedaron fuera de la fiesta del oro y la plata americana, se sirvieron de esta política tangencial para minar el poder español. Sin embargo, es un hecho que la gran mayoría de los piratas eran británicos y su base estaba en las Bahamas (base de operaciones del a su tiempo famoso «Barbanegra»). Estas actividades se intensificaron notoriamente a partir de 1580 cuando Portugal y España se unificaron bajo la Corona de Felipe II. Esto dejó a todo el mundo no cristiano bajo la tutela de los luso españoles48, lo cual era una pésima noticia para las compañías inglesas, francesas y holandesas. En este período la actividad antiespañola se intensificó y diversificó: Inglaterra apoyaba a los rebeldes de los Países Bajos españoles en su intento separatista; Felipe II por el recrudecimiento del corso49 (sobre todo las incursiones de Drake en el Pacífico) capturó y confiscó muchas embarcaciones en alta mar y en los puertos españoles; como resultado de todo esto Felipe II decide invadir Inglaterra en 1588, siendo derrotado en una combinación de batallas y desastres naturales50. La derrota de La Armada Invencible no sólo fue la frustración de ese proyecto, sino también el principio del fin del Imperio Español. Desde ese momento empezaría la disputa intercolonialista por heredar esos mares luso españoles, lo cual dio cada vez más importancia al contrabando y la piratería, ya que esta (como veremos) a pesar de ser una política de estado también era una guerra «privada».
La situación de los piratas frente a los monarcas de sus respectivas naciones, se podría decir que era bastante cambiante y curiosa, ya que pasaban fácilmente de convictos a corsarios y de ahí a caballeros (como sucedió con Hawkins, Walter Raleigh y Drake). Y en realidad esto se explicaba simplemente por la nacionalidad de las naves que eventualmente se eligieran como presa y también (como no) de el sentido utilitario que tomaran de manera eventual en las disputas de las monarquías que pretendían territorios en el continente o en otras partes del mundo, como hemos señalado.
Así del mismo modo que se atacaban y saqueaban los busques españoles en calidad de piratas, también se podía atacar naves francesas o inglesas (según fuese el caso) en calidad de corsarios. Así sucedió durante la Guerra de Sucesión Española, donde Francia, Inglaterra y Portugal se enfrentaron en los mares del mundo.
El mito del pirata sin patria y sin bandera es realmente eso: un mito. Si bien se trataba de una empresa propia, los capitanes piratas no pocas veces (quizás las más) actuaban financiados por gobiernos, y por la burguesía comercial e industrial de las potencias colonialistas: el capitán y su tripulación recibían 1/5 del botín y las cuatro partes restantes iban a la Corona y a las compañías que al efecto se formaban.
Las mismas bases de la piratería confirman lo que decimos en relación, a su carácter de verdaderas empresas nacionales. De la Isla de Tortuga (en las costas de Haití), las Antillas holandesas, y desde Bahamas en las costas de la Florida, prontamente la base de operaciones se trasladó a Jamaica y más de un fiero pirata gozó del título y prerrogativas no sólo de Lord, sino también de Gobernador de dicha colonia inglesa. Quiere decir que la diferencia entre un pirata y un corsario, la más de las veces, estuvo en la decisión de blanquear o no blanquear, esos servicios que directa o indirectamente, a coste propio o financiado por la Corona, esos capitanes prestaban.
Esta política de «captura de tesoros» se complementaba con la de «introducción de mercancías». Los mismos piratas (cosa que no se dice) fueron los primeros contrabandistas, al punto que se podría decir que era esta su principal actividad.
El contrabando tuvo un fuerte impulsor que fue la propia política mercantilista española: los productos de las colonias debían tocar los puertos de España antes de dirigirse a cualquier lugar y el mismo camino debían recorrer aquellos productos extranjeros que ingresaban a las colonias. Para darnos una idea de la rentabilidad del contrabando, debemos decir que un producto extranjero al ingresar en la península pagaba un 15% y un 7% al salir rumbo a América, ahí se le aplicaba el almojarifazgo, es decir un impuesto al comercio de Indias también del 7%, y por último 3% de alcabala en el puerto americano de ingreso. Todo eso equivalía al 33% más de lo pagado en el mercado negro, si encima ese producto se dirigía por ejemplo, de Buenos Aires a Mendoza, debía de pagar en la Aduana Seca de Córdoba el 50% de recargo51. Lo mismo sucedía en el sentido inverso… se imaginan pues lo rentable del contrabando. Lo mismo sucedía en relación a los productos que de aquí se exportaban: un cuero salido de Buenos Aires rumbo a Cádiz (para luego recién llegar al puerto comprador) pagaba un derecho de 185 reales vellón, en Hamburgo (Alemania) era sólo de 125 y en Havre (Francia) de 108, es decir, un cuero que podía venderse en 4,50 pesos fuertes en Hamburgo, debía ser vendido a 3 pesos a los españoles, por lo cual en el puerto de Buenos Aires el cuero era pagado, poco más de un peso. De la sumatoria de las dos distorsiones podrán deducir lo favorable del intercambio directo con un contrabandista.
No obstante había un negocio aún mayor que también fue sinónimo de contrabando. Y es que cuando se habla del aluvión de mercancías inglesas, francesas y holandesas y del negocio que el contrabando representaba para estas, no se está necesariamente hablando, como dejan entrever los historiadores oficiales y los economisistas marxistas, de productos industriales a gran escala, sino también (y muy en especial) de un producto tan rentable o más que la plata y el oro, el añil o el tabaco, y que era moneda de pago corriente en todo tipo de transacciones. Inglaterra no había entrado aún (recién se asomaba) a la «revolución industrial». Sus productos igual que los de las naciones más adelantadas de Europa no habían pasado aún de los grandes establecimientos manufactureros, donde en todo caso se había empezado a introducir gradualmente la división interna del trabajo y la especialización de los obreros, por tanto no debemos asociar estas expresiones de uso frecuente en la historiografía a las connotaciones actuales que tienen «industria», «mercancías», y «mercado mundial». Uno de los principales rubros del mercantilismo inglés, francés, portugués y holandés, y por ende también del contrabando, fue la comercialización de seres humanos.
Si bien la esclavitud era algo aceptado de manera unánime en todo el Viejo Mundo (incluido el Mundo Musulmán)52, hubo algunos países que además de proveerse de esclavos, hicieron de su comercio una verdadera industria. El descubrimiento de América vino e revitalizar esta institución que estaba ya por ese entonces extinguiéndose en el Viejo Mundo53, y a poco de andado, gracias a las minas y plantaciones de ultramar, se convirtió en una de las más rentables explotaciones ya que las minas de este «oro negro» (como bien ilustra aquella gran película de Herzog) no necesitaban siquiera trabajadores, sólo unos pocos reyes africanos o demasiado corrompidos o demasiado atemorizados, unos pocos soldados, una nave y algunas baratijas.
Ya en el segundo viaje de Colón llegaron los primeros negros al continente, aunque cierto es que anterior a estos (o al menos de manera más o menos simultánea) fueron introducidos judíos conversos (sobre todo mujeres) y musulmanes que ya eran esclavos en la península. Casi de manera inmediata su arribo regular fue prohibido para todas las colonias españolas, más la mala estrella del indio casi desaparecido del Caribe pronto hizo que los propios monjes y autoridades y encomenderos presionaran a los funcionarios reales para que se introdujese negros de manera regular para cubrir la creciente demanda de trabajadores en las plantaciones y lavaderos de oro.
Si bien España participó de este lamentable fenómeno, no podemos decir que haya sido una potencia negrera como sus colegas de aquel tiempo. En esto, por una serie de circunstancias, también fue sólo intermediaria.
España también tuvo su Flota de Galeones destinada a este tipo de «mercancías». Una Flota que iba de Cádiz a Marruecos y a las Azores, y que tenía un punto de concentración y preaclimatamiento en Canarias como antesala del ingreso a la península o al Nuevo Mundo. Sin embargo, pronto desistió de su empresa por la sencilla razón de que la parte del África que España dominaba, estaba comprendida en lo que se conocía (y se conoce aún) con el nombre de Berbería, es decir el África musulmana, y conociendo el celo religioso de los españoles de todas las épocas, no es difícil imaginar que prontamente se dieron cuenta de lo inconveniente de introducir esclavos musulmanes y judíos en su territorio y mucho más aún de ponerlos en contacto con los malamente evangelizados indios.
El resto de las costas africanas del Atlántico estaban en poder de los Portugueses (luego franceses, holandeses, e ingleses) donde los lusos además de traficar con almas, extraían oro, marfil y maderas. Por eso desde el principio mismo (después de haber introducido los negros que ya eran esclavos en España54 ) decidió «importar este producto».
El tráfico oficial de negros hacia las colonias comenzó a través de las regalías que la Corona otorgara como premio a los conquistadores entre las que comúnmente se encontraban el derecho a «importar negros». Al mismo tiempo, antes de que las explotaciones se tornaran rentables, la Corona Española necesitada de fondos, y había empezado a expropiar remesas de dinero de particulares a cambio de las que otorgaba juros (algo así como bonos de la Deuda Pública) que luego se convertían, la más de las veces, en licencias para importar esclavos.
Este régimen de licencias que se regularizó alrededor del 1500, obligaba a pagar dos ducados por cabeza de negro ingresado, en calidad de impuestos. Los efectos de este impuesto fueron inmediatos: primero, hizo que se incrementara sensiblemente el precio, y también, que cobrara cada vez más fuerza el contrabando.
En esto también andaban nuestros amigos los libre-empresarios de cadavéricas banderas, y también porque no decirlo, más de un funcionario Real y una que otra seudo empresa privada de las vecinas potencias: el número de esclavos entrados a las colonias españolas de manera ilegal, triplicó cuando menos, al número ingresado legalmente. Sólo al Caribe entraron cinco millones de almas, no sólo de África, sino también de las costas del Océano Índico55. Las zonas oficiales de introducción y difusión fueron aquellos mismos puertos de las rutas de galeones, es decir: La Habana, Santo Domingo, Veracruz, Portobelo, Cartagena de Indias y Santa Marta. No obstante, hubo puertos españoles como el de Buenos Aires o territorios interiores como el Paraguay56 que fueron la verdadera entrada del contrabando, no sólo de negros, sino de todo tipo de mercancías.
En consecuencia el comercio negrero pasó por diferentes etapas, así también como el status de los agentes que lo ejercían: los portugueses a partir de 1580 (cuando unieron su corona a la de Castilla) fueron los «proveedores oficiales», anterior a esta fecha y después de la guerra luso española, fueron uno de los principales introductores de contrabando. Los franceses pasaron a ser entonces los proveedores, hasta que luego de los Tratados Utrecht, Inglaterra logra desplazarlos definitivamente de todo comercio con el Nuevo Mundo y también, obviamente, de este redituable «negocio»57. No obstante eso, al igual que los holandeses e ingleses, los franceses siguieron introduciendo todo tipo de mercaderías (incluido los esclavos) hasta que el comercio se liberalizó totalmente en 1789.
Cabe aclarar, una vez más, que esto no fue obra de particulares, sino que más allá del carácter privado y comercial que si tuvieron, las «compañías» fueron verdaderas empresas creadas por los propios Estados Nacionales y sus burguesías, a los efectos de piratear y contrabandear, comerciar y saquear, y así se las conoció en su época. Estas compañías que operaban en América eran (algunas ya nombradas) la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, Compañía Francesa de Guinea, Compañía Francesa de las Indias Occidentales, Compañía Real de Guinea (portuguesa), Compañía del Mar del Sur (inglesa).
Como podemos ver, el contrabando fue el verdadero negocio del Nuevo Mundo y como ya hemos dicho, este parece ser un elemento que por su propio carácter no ha sido dimensionado suficientemente por las distintas corrientes historiográficas. Sus efectos sobre el modelo mercantilista español habrán sido determinantes si tenemos en cuenta que uno de los principales focos del contrabando era la propia Casa de Contratación, institución creada casi en el mismo acto de la conquista y que como dijimos a su momento, tenía el deber de regular todo lo concerniente al tráfico de personas, mercancías y bienes entre la metrópoli y las colonias. Como suele suceder en estos casos, sus esfuerzos se encaminaron en el sentido inverso: se falseaban los registros de las mercaderías y el tonelaje de los buques, tocaban las naves puertos no establecidos en la ruta, hasta las mismas naves de guerra que escoltaban los convoyes, los Avisos de Correo, Buques de Registro o cualquier nave nacional o extranjera que tocara puerto (a veces con la excusa de reparar averías) era potencial fuente de contrabando (y de hecho lo eran) así como también, en menor escala pero no menos importante, el propio equipaje de los viajeros era un método ampliamente utilizado.
Ese volumen que hace un instante dijimos no ha sido cuantificado lo suficientemente, tuvo que haber sido muy importante por este mismo motivo: porque las autoridades de ambos lados del Océano estaban en gran medida involucradas al punto (ya lo hemos dicho) que fue esta actividad la real generadora de las burguesías de los nuevos territorios. Los breves intervalos en que el monopolio español se interrumpió58, los efectos del libre comercio fueron altamente valorados por estas burguesías comerciales, al punto que podríamos decir que este libre comercio regularizado desde siempre a través del contrabando, tuvo efectos subvirtientes más profundos en la América Española que las páginas del «Contrato Social» o de «El Espíritu de las Leyes».

