La muerte del autor
La “muerte del autor” no puede dejar de remitir al escritor galo Roland Barthes quien allá por los 60 decretó dicha muerte basándose en el hecho de lo que él llamo: la tendencia al “grado cero” de sentido en la escritura. Es decir que las posibilidades interpretativas del lector están más allá de la intencionalidad del autor y por tanto lo polisémico del texto, termina haciendo, hasta cierto punto irrelevante a quien ese texto generó.
Esto sería válido si analizáramos al texto como objeto, es decir al texto en sí sin otra mediación o condicionamiento. No obstante como para mi todo es historia, no deja de ser menos cierto que analizar el texto en sí, sin todo ese universo que lo circunda y del que nace (tiempo, pertenencia cultural del que lo emite, sus circunstancias personales, su interrelación con la sociedad, su psicología, su ideología, los mandatos que pudiera asumir o no, la aceptación o el rechazo y mil y una circunstancias más) podría llevar a equivocarnos, a mal valorar o al menos quedarnos en la superficie del texto. Es decir, yo podría llegar a afirmar que la poesía de Miguel Hernández es “panfletaria”, si desconociera el hecho de que este poeta, no sólo escribió mucho de esos versos dificultosamente en medio de las trincheras, sino que los decía ahí mismo al fragor de la batalla… y tal es así que de no haber mediado la Guerra Civil Española hubiera, seguramente, seguido siendo ese poeta bucólico y místico que era, inspirado en la paz de sus rebaños allá en la Orihuela natal.
El hombre y sus circunstancias, es lo mismo que decir filosofía y circunstancias, arte y circunstancias y a veces también, vida o muerte.
Podemos decir, no obstante, que hay una interacción entre el emisor y el receptor, y que las consecuencias de esa interacción y los posibles efectos que produzcan en quien recibe un texto, un discurso, o cualquier hecho artístico o creativo, están más allá de las humanas posibilidades de quien lo genera. Y esto a su vez nos viene bien para decir una vez más que el artista (el creador en general) no es otra cosa que un hombre.
Pero volviendo a lo que nos prometía el título, la muerte del autor de la que hablo no es esta muerte de Barthes pero tampoco está del todo desvinculada de la que él propone.
Yo me refiero a un endiosamiento tan magnífico del pensamiento, que ha terminado con el pensamiento mismo. Y es que “los clásicos” tampoco tienen la culpa, ni la ciencia, ni los filósofos, ni los viejos bohemios, ni los suplicadores de mecenazgos que deambulaban por el medioevo asidos a aldabones, hincando rodilla para ejercer (aunque más no sea de manera servil o acotada) su irrefrenable hechicería. En realidad, “ya no hay locos” (como decía en el verso León Felipe), lo que quedan son los descendientes de los dueños del manicomio que ahora han mudado su oficio y se la pasan adorando a los antiguos pacientes que maltrataban sus tatarabuelos. Es decir, toda una generación de petrificadores que hartados de cobardía y mediocridad se han empeñado en parar la rueda del universo. Y esto quien lo dijo? preguntan siempre, mientras revisan lo que uno escribe… como si solo se pudiera escribir lo que ya está escrito. Ahora bien, Nietzsche a quien citaba?… claro, alguien podría decir que yo no soy Nietzsche, pero lo que pasa es que hubo un tiempo en que Nietzsche tampoco era Nietzsche. Y esto de citar se ha vuelto también contra sí mismo porque cualquiera que ame lo que hace, cualquiera que lo haga con pasión o al menos se halle inmerso y comprometido con lo que escribe, tiene que temblar (o al menos sudar un poco) ante la posibilidad de ser citado por ciertos personajes. Habría que pensar para qué queremos citar a alguien. Porque si esa cita no aporta de manera necesaria a lo que estamos comunicando, la cita no es ya referencia o evocación, divisoria o filiación, sino que ha pasado a ser solo jactancia… sinónimo de falsa erudición (me atrevería a decir) y tantos kilos de nota al pié equivalen a tantos gramos de seriedad y de rigor (dejemos la honestidad para los lapidados clásicos), de reconocimiento. Alguien dijo alguna vez que ya no quedaban genios porque ahora (y haciendo uso de la paráfrasis) le daban el Premio Nobel al que descubrió el cayo plantal de la cucaracha renga de la esquina de mi casa, pero ya no hay quien haga helicópteros que no vuelan, sistemas cloacales, estofados de oso y bellos cuadros como da Vinci. Y es que si de citar se trata la escritura sería solo tautología y se escribirían solo libros acerca de libros escritos sobre libros que ya nadie recuerda o que acaso quizás nunca existieron y que para el caso es lo mismo porque yo nunca los he leído y además estoy tan ocupado recortando y pegando, entrecomillando y buscando fechas y matasellos, extintas editoras, incunables y cronistas, que no creo los pueda leer nunca… y eso lo más triste. Quién entonces podría, y con más razón, ponerse a pensar?
De este modo y sin que nadie se entere (mucho menos haber podido enviarle un ramo) ha muerto el autor… y también la literatura. Ha nacido sí una pila de hostias (por no decir otra cosa) empeñadas en no comprender, y lo que es peor, en vulgarizar, lo que otros se han atrevido a decir. Porque también hay que ser claro en esto… cuando uno firma algo (cosa que muchos creen hasta soberbio) es como si se sentara a la vereda y se pusiera a esperar a la primera que doble a la esquina para casarse… puede ser vida o muerte, cara o cruz, gloria o hasta vergüenza. Firmar algo es correr el riesgo de la gloria o el olvido… lo escrito escrito está y siempre escrito estará hasta que el tiempo lo destruya. Y si la coherencia es en verdad la virtud más difícil de alcanzar, más valiente aun es aquel que se atreve a pensar, que sostiene un idea y la comunica. Decir lo que pienso aunque equivocado siempre es más honesto y valiente que la impunidad que da el anonimato o el refugiarse en lo que otro dijo (incluso tergiversarlo) para decir lo que pienso y no me atrevo decir. Claro está que pararse sobre una piedra a reprender a las estrellas no es lo mismo que recitar lo que dijo Anaximandro, Llul o Nezaualcoyotl… es un poco más riesgoso… y también más humano y deseable.
Era del autor de lo que hablamos (de su muerte), pero en realidad es del fin de la historia. Si no hay pensamiento, o mejor dicho: si el pensamiento está atrás en el pasado y solo nos resta comprenderlo y readaptarlo, quiere decir que el futuro no existe o al menos es un espacio sumamente acotado. La muerte del autor es la muerte del hombre y hasta del propio Dios quien me dijeron era el autor del universo.
Reciclemos el papel (eso está bueno) pero dejemos tranquilo lo que estaba escrito. Creo que ya han sido suficientes los explicadores, de lo que se trataba era de encontrar respuestas.

