Lo que nos viene del mar
En muchos de nuestros anteriores trabajos (quizás en la totalidad), hemos hecho hincapié de manera vigorosa, en lo necesario, en lo imprescindible, de destruir el discurso (y por ende la cultura) eurocentrista en nuestro continente y hemos insistido en ello no por una cuestión de etnocentrismo inverso, sino porque el eurocentrismo no solo es lo que explica, sino lo que posibilita y ha posibilitado, la dominación en nuestro continente; es decir, el eurocentrismo no es el correlato de la dominación material, sino justamente al revés. Si como dicen Marx y Engels: “La clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es al mismo tiempo su poder espiritual dominante”, para que esa dominación material se de (como se da en América) en términos absolutos, se debe haber obtenido la dominación “espiritual”, también en términos absolutos. La fiereza de la batalla cultural en América, las dificultades que presenta, la complejidad y lo desigual y quijotesca de esta batalla, indican de por sí, que ese dominio ha sido en determinados momentos casi absoluto y la historia de esa resistencia, de esa imposibilidad de supremacía absoluta, es la historia nuestra, la de los sectores minoritarios que se oponen y se han opuesto siempre de manera consciente a la dominación en los términos que en estos apuntes se ha planteado; no una oposición anecdótica, circunstancial, reivindicativa, sino raigal y totalizadora.
Ahora bien, esta oposición al eurocentrismo no es de manera alguna una oposición a la cultura europea/occidental y más específicamente, en nuestro caso, a la cultura ibera y aunque muchos se rasguen las vestiduras esto es así por muchas razones. Primero, porque las culturas no son estáticas sino dinámicas y esto es lo mismo que decir, que por el solo hecho de cohabitar este planeta, la diversidad inconmensurable de pueblos y culturas que lo pueblan en algún momento, más temprano que tarde, se iban a encontrar, como de hecho lo vienen haciendo desde el principio mismo de los tiempos. La globalización (como lo hemos dicho en “el Partido revolucionario y la batalla cultural en América”) “no es un hecho espontáneo y reciente, sino que responde a todo un desarrollo histórico (que es la historia misma de la humanidad) que parte desde el total aislamiento en que se desarrollaron las primigenias sociedades humanas, hasta llegar a nuestros días. La globalización es por tanto una consecuencia del desarrollo de la sociedad humana”.
Segundo, los procesos de aculturación no son ni buenos ni malos de por sí, es más parece ser (por lo que explicábamos recién) que estos procesos se dan de manera natural y ya estaban en marcha en América, como lo hemos explicado en estos apuntes repetidas veces, mucho antes de la llegada de los europeos a estas tierras. Es el carácter de esa aculturación, de esa relación intercultural, lo que hace que a partir del 12 de octubre de 1492, aculturación y conquista sean sinónimos para nosotros. No es por tanto la cultura ibera en sí, lo nefasto, sino la forma en que es introducida a nuestro continente.
Analicemos este presupuesto. Quienes fueron los hombres que llegaron aquel 12 de octubre? De manera muy genérica los podríamos dividir en tres grupos. Primero, los miembros de la “baja nobleza” sin posibilidades de progreso. Los cortesanos, aventureros y burgueses, que querían pertenecer a la nobleza y como no podían hacerlo por línea sanguínea, veían en la obtención de riquezas la única forma de acceder, ya sea como señores de los nuevos territorios, ya sea por la compra de títulos nobiliarios en la península.
Segundo, la iglesia que aportó el fundamentalismo, o sea que revistió la rapiña de un misticismo, de una trascendentalidad civilizatoria y hasta filosófica que venía imbuida por la “guerra santa contra los infieles musulmanes” que en ese mismo año de 1492, meses más tarde del “descubrimiento”, serian expulsados definitivamente de la península.
Y por último y fundamentalmente, por el pueblo ibero, o sea por los explotados, por la base de la pirámide feudal, que sin duda fueron los más, el grueso de aquellos que llegaron tras la bruma.
Es sumamente importante para estos apuntes, señalar que fueron los que se pudrían en las mazmorras de Andalucía, los campesinos muertos de hambre, los soldados involuntarios de mil batallas y todo aquel que quisiera escapar “de aquel infierno a que los condenaba la gracia divina”, los que fueron obligados a subir a los barcos, los que quizás, seguramente, de una u otra forma, no tuvieron más opción que saltar de la sartén al fuego.
La historia jamás podrá ser explicada al margen de los procesos económico/sociales y los barcos fueron en primera instancia, una válvula de escape, una forma de quebrar las rígidas estructuras del absolutismo monárquico. “…América surge como realidad dentro de la vida cultural europea en una de las grandes crisis que sufre esta cultura. El descubrimiento del continente americano se origina en la ineludible necesidad que siente el europeo de un mundo nuevo. El azar no cuenta para nada en esta aventura. Europa necesita de América, por eso la descubre.” Leopoldo Zea “América como conciencia” Es sumamente interesante esta reflexión del mexicano acerca de lo que representaba (y tal vez represente aún) América en el imaginario de aquellos sectores que ansiaban transponer los límites de las sociedades a la que pertenecían (y por cierto apuntala con sus palabras lo que veíamos diciendo). Es solo después del descubrimiento de aquellas “nuevas tierras”, después de verificada las riquezas, la importancia económica y geopolítica de los territorios, que los reyes no solo se involucran decididamente en la empresa, sino que además desplazan en beneficio propio, a los que la hicieron posible. Y esto es un hecho comprobable históricamente y sobre el cual no puede haber lugar a dudas.
Pero volviendo al punto. Queda claro que no podemos identificar a aquel hombre mayoritario, obligado ya sea por la fuerza ya sea por el hambre, a subir a los barcos, con los móviles que impulsaron y con el carácter que fue adquiriendo aquella empresa. El conquistador impuso mediante la apropiación de las tierras labradas por los indios (la legislación real hablaba de que solo se podían apropiar de las tierras no labradas), las encomiendas y la propia esclavitud, un neofeudalismo a contrapelo de las propias Leyes de Indias y del proceso en marcha en la metrópolis donde se estaba pasando del feudalismo divisionista, al centralismo real, como lo apunta y documenta Alejandro Lipschutz en “La comunidad indígena en América y en Chile”. Por el mismo razonamiento tampoco podemos homologar “la conquista” con “la cultura de esos pueblos”, porque para ser totalmente claros si los europeos no hubieran tenido una actitud hostil hacia los pueblos originarios, hoy no estaríamos, lisa y llanamente, discutiendo sobre estos temas. El padre Bartolomé de las Casas y otros tantos críticos del proceso que los tenía por protagonistas, también eran iberos. La llamada “leyenda negra”
Nombre que se ha dado a la otra historia de la conquista (la no oficial) con la clara intención de ridicularizarla, de restarle objetividad y por tanto autoridad y que ha cobrado nueva fuerza (la tesis del “encuentro de culturas”) a raíz de los 500 años de la conquista. Si bien es cierto que la “leyenda negra” estuvo alentada por los anglosajones para denigrar a los iberos y fue propagandizada en todo el mundo para servir a los intereses que tenían en nuestro continente, esto no resta veracidad a la mayoría de los hechos que esta recoge. Lo que si es cierto (y ya lo hemos indicado en otra parte de estos apuntes) es que la diferencia fundamental existente entre el proceso de colonización y conquista tanto en el norte como en el sur del continente, reside en las posibilidades económicas (en el tipo de explotación, para ser más precisos). Los anglosajones no explotaron ni maltrataron al indio, simplemente lo aniquilaron (como sucedió en Argentina) y esto es pura y exclusivamente porque no era necesario como mano de obra y no por ser poseedores de una moral más elevada. no es leyenda, es verdad incontestable, pero no responde a una “perversidad genética”, no responde a un bagaje cultural determinado, sino al carácter que tuvo aquel encuentro de culturas, a sus móviles políticos, económicos y religiosos y en todo caso (ya que el término “cultura” es tan abarcativo) respondió a la “cultura de las clases poseedoras” y no necesariamente a la de las “clases desposeídas”, aunque ambas compartan un tronco común.
El tema en cuestión es que América es un hecho consumado y más allá de la conquista, esas culturas se encontraron e interactuaron. No vamos a volver aquí sobre temas que hemos desarrollado medianamente en profundidad en otros trabajos y que tienen que ver con lo que ahora estamos reflexionando (estoy hablando de fenómenos como el “sincretismo” y la “negación” que fueron dos de las actitudes fundamentales que asumieron las culturas preexistentes ante la irrupción de la cultura occidental y cristiana). De lo que se trata aquí, es que a pesar de lo traumático, de lo terrible de esta irrupción, no podemos caer en la estupidez de no saber valorar, de no saber sopesar y comprender, la importancia, la gravitación, la riqueza que esa cultura de allende los mares, le aportó a este sortilegio de lo americano. Lo ibero es una parte fundamental de lo americano y renunciar a ello en pos de posturas seudo radicales, de un purismo que idealiza un pasado que en el fondo desconoce
Esto tiene que ver con el hecho incontestable de que los conquistadores (muchas veces insignificantes numéricamente), pudieron consumar sus ambiciones, en gran medida porque supieron detectar y explotar en su beneficio, las rivalidades, las contradicciones y desigualdades que encontraron en muchos casos, en la América precolombina. Nuestra posición a lo largo de estos apuntes creo que ha sido sumamente clara, en el sentido de revalorar en su total dimensión a nuestros pueblos originarios, pero estamos totalmente alejados de la posibilidad de idealizarlos., que por ultra revolucionario se convierte en conservador (en el sentido que propone un salto atrás de más de 500 años, negando el principio dinámico del universo), es simplemente un suicidio cultural ya que nuestra riqueza, nuestra fuerza, nuestra potencialidad, (como ya lo hemos dicho hasta el hartazgo) reside en el hecho de que ha sido aquí en esta tierra donde se ha producido el entrecruzamiento más formidable de la humanidad (eso que deslumbró al Vasconcelos de la “Raza cósmica”) y los fragmentos incandescentes de esa tremenda colisión, aun surcan el aire buscando reunirse. Es oportuno señalar en este sentido, que nadie puede asegurar (incluso los que idealizan el pasado precolombino) en que dirección se hubieran desarrollado las culturas originarias de no haber mediado este entrecruzamiento. Por tanto solo podemos analizar a América como lo que es, como un hecho consumado, como algo pasible de ser analizado y estudiado, de manera concreta, lo más objetivamente posible, poniendo en igualdad de condiciones a todos lo que han intervenido en el proceso de conformación de lo que hoy entendemos por América. Por eso de la misma manera que luchamos contra el eurocentrismo que nos ha educado no solo de espaldas a nuestros abuelos africanos y americanos, sino también en el desprecio de su herencia, de la misma forma tenemos que luchar contra la visión igualmente etnocéntrica de los que niegan nuestras otras raíces. Hay una serie de simplificaciones y falsos ejes que hacen que incluso esta discusión histórica, acerca de nuestra identidad, esté hoy por debajo de lo que estuvo por ejemplo en los años de Bolívar o Andrés Bello, de González Prada, de Mariátegui, de Vasconcelos y hasta del mismísimo Martí.
Eso que nos llegó en los barcos, es un algo muy complejo; algo en proceso, algo no acabado, algo que siguió cimentándose aun después de haber arribado a estas tierras y en lo cual lo ancestral, lo originario, dejó su huella indeleble al tiempo que también iba siendo objeto de transformación. Es decir, tampoco se podría analizar a cabalidad la cultura ibera sin registrar el hecho de que a partir de un momento dado lo americano pasó a ser parte constitutiva de esa cultura en un determinado nivel de su desarrollo
Lo primero que me viene a la cabeza, es el ejemplo de los llamados “cantes de ida y vuelta” (un ejemplo totalmente popular) de la música flamenca. Según la información que yo tengo durante la guerra hispano-cubana (ya sobre principios del siglo XX) los soldados andaluces trajeron sus ritmos a la contienda y allí se conjugaron con los ritmos afrocubanos, dando origen a los tangos y a la rumba flamenca, que luego de la guerra volvieron a España (de ahí lo de cantes “de ida y vuelta) de la mano de los combatientes y que hoy (sin mediar la explicación) nos llegan como de la mejor cepa gitana. .
Lo ibero, para comprenderse, debe ser analizado en los mismos términos que venimos analizando lo americano. Y es que esta cultura ha sufrido procesos muy similares a los de cualquier otro pueblo. Fenómenos como el sincretismo, como la negación, como el mestizaje, son sin duda pasibles de ser aplicados a los pueblos de la península. Sin extendernos demasiado podemos ir marcando las influencias, los itinerarios de ese sincretismo mediterráneo. Pueblos que recibieron también barcos de allende los mares: cartagineses, fenicios, escandinavos; pueblos que recibieron las legiones romanas y con ellas las preguntas de los antiguos poetas y filósofos griegos; pueblos que recibieron el acero de las espadas y de los cascos de los germanos y eslavos; pueblos que recibieron el esplendor del mundo musulmán, de las tribus judías del desierto, de los pueblos romanies (gitanos) de la india y con ellos los relatos de su largo peregrinar. Todo eso interactuando, confrontando y sedimentando a través de los siglos. El fenómeno de la cultura hispánica (“el siglo de oro español”, por ejemplo), con todo su esplendor, no puede ser entendido ni explicado sin este largo peregrinar, sin 700 años de aculturación árabe y judía que ocupó el 90% del territorio peninsular y aquí la dominación también pasa a segundo plano cuando vemos que los imperios pasan pero las huellas de los pueblos que cohabitaron quedan. El árabe y el judío sefardí, quedaron como conversos (tal vez sincréticamente manteniendo sus culturas y creencias) mucho después que los últimos califas y emires fueron arrojados al mar de donde vinieron. Antes también los muladíes (hispanos convertidos al Islam) los mozárabes (cristianos que vivían bajo la autoridad musulmana), habían hecho lo propio. Con todo ese bagaje vino el ibero a nuestra tierra y de la misma manera que lo ibero impactó en lo americano, de la misma manera (más allá del carácter de la conquista) impactó lo americano en lo ibero. Hemos dado en otros trabajos el ejemplo del barroco americano, hoy vamos a decir, que no se puede hablar de lo hispano prescindiendo de América. La prueba de esto se puede rastrear en principio y sin ninguna dificultad, en la lengua; la cantidad de palabras árabes y de origen americano (que es lo que nos interesa) que integran la lengua de Castilla es tan significativa, como significativa fue la influencia de esas culturas en la cultura propia
Esto no quita que se pueda hablar sin ninguna duda de un “español americano” no solo en el léxico, sino en la fonética, en la gramática y en otros aspectos más. La lengua de hispanoamericana tiene más que ver con la mezcla con los modos nativos del “español atlántico” (andaluz, canario, etc.) que con el dialecto de Castilla..
No estamos hablando aquí de la lógica y evidente influencia ibera dentro de la cultura formal, que siempre va ser el reflejo de la cultura oficial/imperante, estamos hablando aquí de la influencia de la cultura ibera en la cultura popular y de la apropiación por parte de lo americano de la cultura del dominador y de la transformación, el relanzamiento, la redimensión, la metamorfosis, la síntesis. No hablamos tampoco de la obvia huella que dejó esta cultura en lo mestizo, sino que hablamos también de la huella que dejó en lo originario: la copla octosilábica, los instrumentos de cuerda (charango, violines indios, el arpa), la música, la vestimenta
Sería sumamente importante que los tradicionalistas conservadores leyeran trabajos como los del oriental Julio Asunsaõ, sobre “pilchas criollas”, para que se dieran cuenta, cuanto hay, no solo ya del ibero sino de los pueblos más insólitos del mundo, en la indumentaria y los aperos de nuestros criollos y nuestros indios. Tal vez así se darían cuenta que las culturas no se pueden fosilizar; que no son (ni nunca han sido) estáticas sino dinámicas., la danza, el caballo (que en el caso de la araucanía originó una “civilización del cuero” que pronto los alejó de sus prácticas agrícolas y de su cultura andina), etc. El ejemplo de las “misiones jesuíticas”
Las misiones jesuíticas tuvieron una presencia de más de 200 años en nuestro continente (desde 1576 a 1776 que fueron expulsados del continente por Carlos III). (como ejemplo de esa apropiación y transformación, sobre todo en el terreno del arte) con sus tallas de madera, la ornamentación de las edificaciones, los oficios, la música orquestal, coral, los cultivos, el uso de las armas del conquistador, la religión, todo eso redimensionaron los antiguos y no solo redimensionaron sino que muchas veces se lo llevaron de nuevo a sus montes, a sus montañas, cuando los jesuitas fueron expulsados de las colonias y las misiones fueron desarticuladas. Todo eso metamorfoseado, pasó a ser parte nuevamente de la cultura de los originarios, al punto que hoy nos llega en otra instancia de ese largo proceso acultural, como de la más pura y genuina tradición. Tal vez visto así la identidad cultural no tenga que ver seguramente, con el aislamiento, con la fosilización de los valores y costumbres, sino con la apropiación de todo lo que nos circunda, para el beneficio y la consolidación de nuestra propia personalidad y nuestra propia cosmovisión. Podemos coincidir en que somos hijos de una violación, pero eso no cambia el hecho de que llevamos las dos sangres (y aunque a veces no sea así genéticamente, es así culturalmente, que es mucho más importante) llevamos la contradicción, los contrarios inmersos en sus antagonismos (y eso, la dualidad, lo fasto y lo nefasto como los dos términos de un todo, eso trasladado al plano del pensamiento, es lo que mas nos hace americanos). Eso es lo que explica según palabras de Unamuno, que un Sarmiento destilando en las páginas su odio a lo hispano, se convierta en uno de los máximos exponentes de las letras hispanas, porque hasta cuando renegamos, hasta cuando maldecimos, lo hacemos en la lengua de Castilla.
El ejemplo de Sarmiento es un ejemplo de lo que queremos expresar en este apunte (y creo que a lo largo de estos trabajos ha quedado bien clara nuestra posición ante Sarmiento y la llamada generación del 80’) de lo fronterizo de nuestro pensamiento, de las contaminaciones recíprocas que nos habitan y que luchan por conciliarse. Sarmiento no solo es hispano escribiendo mal de lo hispano, sino que es seducido por lo que odia, cuando uno escucha el discurso de Sarmiento en el “Facundo” no puede dejar de notar que la “barbarie” del gaucho a quien desprecia, lo seduce, es más Sarmiento es también (aunque se revuelque en su tumba) un bárbaro, porque Sarmiento no es un gringo, un extranjero, Sarmiento es un cipayo y el cipayo es uno propio que traiciona a los suyos y esa traición no cambia el hecho de que es por acción u omisión, profundamente nuestro en términos culturales aunque haya empeñado su vida en convencernos de lo contrario.
Si bien es cierto que el “colonialismo mental” (en realidad una mezcla de complejo de inferioridad y obsecuencia) ha sido un rasgo fundamental de nuestra intelectualidad, también es cierto que existió una tradición alumbradora que es la excepción que confirma la regla. Ese simplismo del que hablábamos al principio, ha hecho mucho daño a la causa de América; la idea extendida que nuestro proceso emancipador (por ejemplo) ha sido una mera transportación de los valores, ideas y experiencias de la ilustración, o que las ideas revolucionarias (del anarquismo, el socialismo y el marxismo) fueron más de lo mismo, fueron ideas transplantadas, extrínsecas y disolventes
Nótese que entre la ideología del Martín Fierro y los ideales libertarios de nuestros primeros anarquistas y marxistas, no cabe ninguna intermediación. Lo cual explica (entre otras cosas) el fenómeno de los ligeramente llamados “bandidos rurales” de principios del siglo XX, donde se condensaban en una misma persona lo más genuino de la mística gaucha, con el ideal libertario y el accionar antisitémico de aquellos gringos gloriosos., es un verdadero fraude que no hace más que privarnos justamente de todo ese eclecticismo, de toda esa riqueza sincrética del pensamiento americano. No podemos vivir permanentemente analizando nuestra historia, nuestros hombres, nuestro pensamiento, con esquemas, con categorías y valores creados por otros pueblos para otros hombres con otras realidades. Nuestros hombres no pudieron (nada más y nada menos) que encarnar las ideas más avanzadas de su época, y en todo caso lo realmente relevante y significativo es que muchos de ellos traspusieron ese horizonte. Hombres como Bolívar, como San Martín y tantos otros eran en cierto modo eclécticos, no abrevaron de una sola fuente, desde el constitucionalismo norteamericano, el parlamentarismo inglés y los hombres de la revolución francesa, hasta el proteccionismo del liberalismo español que fue por lejos la mayor influencia, según los juicios de hombres como Hernández Arregui y a los que otros autores personifican en la figura de los ministros borbónicos Campomanes, Floridablanca, Jovellanos y Aranda
Tal es así que el término “liberal”, es un término acuñado en la península y que después se universalizó, y sirvió para identificar a todo un abanico de pensadores de Inglaterra, Francia, EEUU y otros países del mundo.. Esto también es una prueba de hispanidad, porque lejos de lo que se piensa generalmente, la gran divisoria de aguas desde el nacimiento mismo de nuestras repúblicas, ha sido entre librecambistas y proteccionistas, solo derrotado Bolívar y todos los grandes libertadores, es que Inglaterra y Portugal pueden dividir la Patria Grande en un puñado de repúblicas minusválidas. En este sentido también es notoria la influencia de la francmasonería en América ya que la gran mayoría de toda esta generación de revolucionarios eran masones. La logia de la “Gran Reunión Americana” con sede en Londres, fue una gran escuela del pensar (actuar) americano. La independencia político/económica, implicaba de manera tácita pero obvia, un cierto grado de independencia de pensamiento.
Esos hombres de la primera independencia tuvieron la intención de hacer justicia en esta tierra y en gran medida lo hicieron más allá de sus limitaciones, lo que tenemos que entender no es solo las limitaciones del pensamiento de su época (que muchos utilizaron creativamente) sino que entre ellos y nosotros median 200 años de diálogo intercultural y la comprensión que hoy podemos llegar a tener nosotros del drama último de lo americano, no la podrían haber tenido ellos jamás. El hecho de que culturas alóctonas hayan sido alternativamente las oficial/imperantes (porque no solo ha sido la cultura ibera, sino también la británica, la germana y finalmente la yankee las que nos han estigmatizado) no invalida el hecho de que aquí se haya desarrollado una cultura, un pensamiento del cruce de las tradiciones; no solo Bolívar, no solo San Martín, sino el Artigas de la “democracia agraria” (quizás el más avanzado y original de todos) no solo Martí antiimperialista y continental, sino el Mariátegui marxista del socialismo indoamericano y tantos otros que son ejemplo de originalidad devenida de la síntesis, del encuentro, de la reconciliación real de la sangre. Ha habido aquí una verdadera apropiación, ejemplos como el de la fe cristiana, que era sin duda la fe del conquistador (la de los frailes inquisidores que convalidaron el espanto y también la de los que defendían al indio en las cortes) no impidió que aquí se desarrollara una reinterpretación de ese mensaje; la “teología de la liberación”, “la opción por los pobres”, son ejemplo de ese contrabando fronterizo, de esa metamorfosis de lo americano, de esa capacidad de amalgamar y fagocitar de nuestro espíritu.
Ese complejo de inferioridad del que hablábamos, ha pretendido reducir la historia de América a una casualidad. Ha pretendido y pretende que los americanos seamos el único pueblo del mundo que no ha tenido ni tiene nada que ver con su propia realidad, tanto pasada, presente como futura. Y eso más que poco serio es realmente una falta de respeto. Podemos reconocer, sopesar y valorar todas las influencias, toda la gravitación que esas corrientes de pensamiento y esas culturas han tenido en nuestra historia. Podemos reconocer incluso, que aquella América independiente, al decir de Alberdi: “..no es (era) más que la Europa establecida en América” en el sentido de que “América era el pretexto para criticar a Europa. Lo que se quería que fuera Europa fue realizado imaginariamente en América. En estas tierras fueron imaginadas fantásticas ciudades y gobiernos que correspondían al ideal del hombre moderno. América fue presentada como la idea de lo que Europa debía ser. América fue la Utopía de Europa. El mundo ideal conforme al cual debía rehacerse el viejo mundo de Occidente…” Leopoldo Zea Ob. cit.. Si podemos aceptarlo, pero tan cierto como esto es reconocer que al mismo tiempo se abrió ante nosotros una nueva dicotomía tan importante o más que la formulada por Sarmiento, entre la “civilización y la barbarie”; esto es: entre “la creación heroica” y la mera traslación, el “calco o copia” del que nos hablara Mariátegui. La historia de las guerras civiles del siglo XIX en América, puede ser explicada por esta dicotomía
Lo que muchos historiadores han llamado “despotismo ilustrado”, fue en la inmensa mayoría de los casos la aplicación de aquellos mismos ideales de Europa a la propia realidad, tanto político/económica, como cultural. Había que educar al pueblo; había que proteger la insipiente industria nacional; había que hacer descansar en un gobierno centralizado y fuerte, la lucha por la consolidación de la revolución en marcha, la liberación definitiva del absolutismo en América.. Insertado occidente en América solo cabían dos posibilidades o meter a martillazos a nuestra cultura en los moldes de occidente, o adaptar las nuevas ideas a nuestra propia realidad. Es ahí donde se bifurca el pensamiento criollo (bifurcación que llega hasta nuestros días). No es que San Martín y Bolívar no reconocieran la excelencia del modelo norteamericano de revolución, sino que tal vez al igual que el venezolano Andrés Bello pensaban que: “instituciones que en la teoría parecen dignas de la más alta admiración, por hallarse en conformidad con los principios establecidos por los más ilustres publicistas, encuentran, para su observancia, obstáculos invencibles en la práctica; serán quizás las mejores que pueda dictar el estudio de la política en general, pero no…las mejores que se pueden dar a un pueblo determinado”. Otro revolucionario, precursor del concepto de “Patria Grande” y quizás uno de los más altos exponentes del llamado “jacobinismo”, (el tucumano Bernardo de Monteagudo), se expresaba en el mismo sentido en el 1812: “Se infiere por una consecuencia demostrada que para conducir un pueblo y organizar su constitución, las reglas deben acomodarse a las circunstancias y prescindir de las instituciones que forman la base de un sistema consolidado [ya que] una cosa es publicar la soberanía de un pueblo y otra establecer el sistema de gobierno que convenga a sus circunstancias”. Ahí comienza (con esta disyuntiva entre la originalidad y la copia) lo que yo llamo “nuestro colonialismo mental”. Lo que aquí se impuso no es solo la copia de la utopía de los revolucionarios de la ilustración europea (positivismo incluido), sino que una vez fracasadas sus “repúblicas aéreas”
Parafraseo de Bolívar., culparon (Darwin por medio) ya no solo de la incapacidad genética que nos aportaran nuestros abuelos primeros, sino la que nos aportaron nuestros nuevos abuelos iberos. En ese marco aparecen los Sarmientos y Bilbaos, los Alberdis pregonando el paradigma anglosajón, como tabla de salvación de esta condenada tierra. Se pretende borrar así (de un plumazo) todo un proceso político y no solo político sino también acultural, donde confluyeron y seguramente se hubieran sintetizado (en un largo proceso) los diferentes planos de lo americano. La insurrección tupacamarista (expandida como un reguero), las insurrecciones negras como la del kilombo de Palmares, la resistencia de los jesuitas contra los bandeirantes, las juntas, “las guerras de republiquetas” y todo el rosario de batallas por la primera independencia, son un alto ejemplo de la confluencia de lo ibero, de lo indio y de lo afroamericano. Confluencia que ya se empezaba a sintetizar y a traducir en pensamiento propio y del que sin duda Bolívar fue uno de sus primeros y más destacados exponentes.
Creemos haber demostrado entonces, que más allá de como se resolvió el drama independentista, ha existido siempre y sigue existiendo en nuestros días, una tradición de pensadores, un filosofar americano, que no tiene que ver (como decía Zea) con la originalidad a ultranza, que no tiene que ver con el desconocimiento, con la negación de lo que occidente elaboró en materia de pensamiento, sino que tiene que ver con pensar los problemas, no desde una América periférica, fronteriza, a medio camino de la civilización y la barbarie, sino de una América con centro en si misma, que mira y se mira, que piensa y se piensa, que reclama ser reconocida en su adultez y su plenitud y que ansía ocupar el espacio que se merece en los marcos de la cultura universal. De la misma manera que “…ha existido una filosofía oriental, una filosofía griega, una filosofía romana, una filosofía alemana, una filosofía inglesa, una filosofía francesa…es necesario que exista una filosofía americana”
Alberdi “Ideas” y yo creo personalmente que ya “…que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del norte, que más bien es un compuesto de Africa y América, que una emanación de la Europa”
Bolívar, discurso de Angostura, la única filosofía que puede reunir los diferentes fragmentos de lo americano, es una filosofía de la liberación (y no es esta una metáfora). Si la dominación es el rasgo característico del proceso acultural en América, la resistencia es el rasgo distintivo de nuestra cultura
En este caso podemos hablar de “nuestra cultura” y hacerlo con absoluta precisión, ya que la resistencia es uno de los pocos comunes denominadores, un rasgo compartido por los diferentes planos de lo americano.. Esta filosofía de la liberación tiene que ver con el hecho de que absolutamente todos tenemos derecho a llamarnos Americanos; todos los que hemos dado la sangre tenemos derecho a sentirnos hijos de esta tierra. Los que estaban de antes, los que vinieron después, los hijos de ambos o de alguno de ellos. Los que mataron al indio, también mataron al criollo, al negro y al inmigrante pobre, es decir, el enemigo de esta tierra siempre ha sido el mismo enemigo y no es precisamente una cultura determinada, sino la ambición, la intolerancia y la estupidez. Dudar aunque sea solo por un instante de nuestros lazos culturales con lo ibero, en un continente donde millones y millones de personas (incluidos gran parte de nuestros primeros pobladores) hablan la lengua de Castilla o de Lisboa, es ser ciego o realmente necio; es confundir el carácter de la conquista (sus móviles políticos, económicos, ideológicos y religiosos), con la cultura de esos hombres arrojados al mar y es por sobre todas las cosas querer negarnos un preciado tesoro que nos pertenece, de la misma manera que nos pertenece el vuelo del cóndor, el maíz, o el azul del infinito. Somos lo que somos y nunca seremos otra cosa. Lo anglosajón nos es tan extraño a nosostros los meridionales, como lo latino lo es para los norteños y no hay solución posible al margen de nuestra historia. América es un hecho consumado y no la entelequia de algún afiebrado arrepentido. Solo un diálogo intercultural dilatado, profundo e intenso, puede tender los puentes que superen el abismo original que separa nuestras distintas formas de ser americanos: la del negro, la del indio, la del latino o el sajón.
La síntesis no es un hecho mágico. La síntesis es un proceso gradual que necesita de tiempo, del paso de generaciones y generaciones de hombres y de mujeres nacidos bajo este sol, bajo este cielo, con este mismo deseo de ser nosotros mismos sin tener que renunciar a nada. No tiene que ver con una lengua en particular; no tiene que ver con un color de ojos, con un color de piel o con un modo particular de relacionarnos con aquello que nos trasciende. América está más allá de las partes que la integran. Su tiempo no es el de un hombre o un grupo de hombres o de una generación o de varias. América es un prisma y es un crisol que todo descompone, que todo amalgama. Puede ser una utopía pero no una quimera y su futuro se acerca más y más, cada vez que nos atrevemos a pensar desde el Cuzco (desde el ombligo) y no desde el límite de otros reinos lejanos y distantes.

