La creación como ontología del conocimiento
El conocimiento quizás constituya la aventura más fascinante de la humanidad. Desentrañar su misterio, reconstruir sus itinerarios, sus cronologías, su historia en definitiva, es algo que ha obsesionado y sigue obsesionando a generaciones y generaciones de personas. Nada o muy poco sabemos sobre el particular. El pensamiento sigue siendo en cierta forma, algo inexplicable para nosotros y quizás (seguramente) esté muy distante de aquello que hemos pretendido que sea. Lo cierto es que somos pensamiento y más allá de las discusiones acerca de si “pienso y luego existo”
Descartes o si existo y luego pienso, el mundo “es” para el hombre a partir de que puede ser inteligible y ese “ser inteligible” es la historia que queremos conocer para conocernos a nosotros mismos.
Si pensamos que hubo un día primero de la inteligencia (al menos de la inteligencia humana) caeremos en la cuenta que el pensamiento (y por ende el conocimiento) solo puede ser explicado como un largo proceso de acumulación vital, donde uno tras otro los hombres fueron haciendo, cada uno a su turno y de forma ininterrumpida, muescas en el viejo árbol del tiempo.
Mucho se ha discutido y se discute, acerca de las capacidades de aquel hombre primigenio y de su evolución a lo largo de ese proceso; y contra lo que se pensó durante siglos (seguramente de manera interesada) pareciera que hemos caído en la cuenta al fin, de que el hombre tuvo básicamente desde que existe sobre la tierra, la misma capacidad de abstracción. Lo que ayer nomás eran considerados infantiles trazos plasmados en las paredes de las cavernas, hoy son reconocidos como iconos simbólico/mágicos que expresan cosmovisiones complejas, tan sofisticadas y no mucho más mitológicas, que la ciencia misma. Y es que el conocimiento, aunque lo hayamos olvidado, tiene que ver con la vida y con la necesidad del hombre de superar la angustia que le produce vivir. El miedo a lo desconocido, a carecer, al sufrimiento, a que se terminen los alimentos, se malogren las cosechas o los animales no se reproduzcan, a que sobrevengan las catástrofes o nos sorprenda la muerte, está incorporado a nuestra memoria genética . En torno a eso, al drama de la vida y sus misterios, ha girado siempre el pensamiento y la historia de lo que conocemos por filosofía así lo testimonia. Siempre nos hemos interrogado sobre el porqué y para qué de la vida. Que somos? para donde vamos? cual es nuestra misión y nuestro destino?.
El conocimiento es mucho más que simples datos. El conocimiento es experiencia vital acumulada durante miles y miles de años. Él ha sido el salvoconducto que una generación le ha pasado a la otra desde el fondo de los tiempos, para que pueda sobrevivir, para que siga avanzando y dominando más y mejor las fuerzas que se le oponen. Y dicho así, el conocimiento no puede ser otra cosa que un largo camino hacia el bienestar y hacia la felicidad. Por eso, sin absolutizar, podríamos decir que el conocimiento en su origen (por su incipiencia, pero también por su vínculo tan directo con la vida) era un conocimiento no específico, porque provenía de un pensamiento holístico (no fragmentado) preocupado por el sentido trascendente de la vida. La especificidad fue un hecho inevitable, fruto de esa acumulación, de esa profundización, de ese cada vez más creciente dominio de los elementos y su naturaleza, y esto, el apasionamiento, la obsesión (como la de los antiguos alquimistas) por descorrer el velo último de la creación, provocó una aceleración cada vez más vertiginosa de las ciencias, ya que determinados grupos de personas comenzaron a concentrar toda su energía, toda su inteligencia, en puntos muy específicos y concretos de la realidad, sobre todo del universo material. El problema de la especificidad es que poco a poco fue haciendo perder al hombre su vocación filosófica. El conocimiento también se objetivó, se convirtió en algo pasible de ser acumulado y almacenado, sin siquiera la necesidad de conocer sus mecanismos, sus nexos con la realidad ya sea material o no material. El hombre por así decirlo, dejó de ser el prisma que descomponía la luz, para pasar a ser un cántaro vacuo pasible de ser colmado con elementos que el cántaro contiene pero no determina. El conocimiento tal cual hoy lo conocemos tiene todas las características del objeto. Yo puedo saber que 2×2 es 4 y no saber por que. Puedo usar una pala sin necesidad de saber como fue construida, ni sobre que principio basa su funcionamiento. Lo cual nos llevaría a una revalorización del hombre a partir de lo que entendemos conceptualmente por cultura, porque si cultura “es todo lo que el hombre hace”, está claro que un cazador/recolector del Amazonas tiene mucha más cultura que nosotros, ya que él posee el conocimiento necesario para sobrevivir por sus propios medios en su entorno físico/cultural y una comprensión holística del hecho “de estar aquí sobre la tierra”. Saber que madera sirve para el arco y cual para la punta de la flecha, los hábitos y la sicología de la presa; conocer cuales son las plantas que curan y donde se encuentran, cuales contienen fibras para fabricar cordeles con los cuales hacer la red o tejer las cestas y cuales sirven para teñir o hacer el horcón de la choza; saber como domesticar las plantas, como determinar el paso del tiempo y las estaciones con solo mirar al cielo o interpretando los mensajes que oculta la naturaleza, cual es su propio origen y cual el de los seres que lo rodean. Saber en definitiva los mecanismos para relacionarse con la fuerza última del mundo (aquel “logos” de los griegos), eso es mucho más en términos de “saber” que lo que el hombre del tercer milenio sabe.
Una vez Joan Manuel Serrat decía que ya no existían genios (o algo por el estilo) y hablaba justamente de esto, de que el conocimiento hoy es hiperespecífico y se le da un Nóbel a un investigador que descubrió la última partícula del universo, pero ya no hay Leonardos que pinten la Mona Lisa, hagan helicópteros que no vuelen, sistemas cloacales, recetas de cocina o escriban tratados de urbanidad. Aquello que enseñaban los filósofos griegos a los jóvenes mientras paseaban por los mercados y los olivares, no era conocimiento (o al menos un conocimiento/objeto), sino como interpelar a la creación. El dato siempre será provisional (por ende el conocimiento y la ciencia también), lo único imperecedero es la vocación filosófica del hombre.
El conocimiento/objeto es un conocimiento falso (desde el punto de vista subjetivo) porque no necesariamente sirve para vivir. Ese tipo de conocimiento con el que nos adormecen, es almacenable, transportable, modificable, vendible, comprable y se usa generalmente contra el que no lo posee y es por eso que lejos de enseñarnos a vivir, refuerza nuestra angustia. Los dueños del mundo poseen un conocimiento verdadero, ellos se han guardado para sí los nexos que unen el conocimiento con la realidad material y no material y nos dejan sin cultura y lo que es peor nos van anulando, nos van domesticando, entreteniendo; nos van creando expectativas y falsas necesidades y haciendo dependientes de las tecnologías, de la ciencia y de una lógica de los objetos, al punto que ya no podríamos sobrevivir por nosotros mismos (ya que no poseemos ese tipo de conocimiento) en el mundo al cual pertenecemos.
A donde vamos con todo esto? A que todo conocimiento independizado del hombre (y por ende de la realidad) es un conocimiento falso o al menos extrínseco. Volvemos al ejemplo del prisma y el cántaro. No hay conocimiento verdadero sin creación. O sea que todo conocimiento debe ser procesado en términos vitales por la persona que trata de asimilarlo. No es cuanto aprendemos sino que hacemos con lo que sabemos y ese “que hacemos con lo que sabemos” es lo que hace al conocimiento verdadero.
Hay intelectuales con una capacidad asombrosa para retener ideas e información, lo cual no quiere decir que posean la capacidad de “construir” un pensamiento propio (entendiendo esto, como la compatibilización de un sinnúmero de ideas e informaciones externas que nutren, movilizan y estimulan nuestra propia inteligencia) o de usar eso que reciben de manera creativa, es más, la incoherencia es un rasgo bastante extendido en muchos intelectuales; se parecen a las computadoras, tienen una capacidad impresionante de almacenamiento de datos, de conocimiento, de ideas, pero ese conocimiento es estanco, no se comunica y hasta a veces contradice otros pensamientos almacenados en su mente; están llenos de ideas y no saben que hacer con ellas, son incapaces de elegir, descartar, sintetizar o reelaborar lo que reciben, porque en realidad tienen angustia, no poseen una propuesta vital, una respuesta al menos personal acerca del porqué y para que de la vida. Esto creo que tiene que ver bastante no solo con la formación de estos intelectuales, sino con el mismísimo “mito de la civilización”, con la idea de que ese conocimiento/objeto es una verdad irrefutable, inmodificable, petrificada y por tanto sería soberbio o al menos estéril, intentar redimensionarlo, o refutarlo.
Al principio de estas líneas habíamos dicho que el conocimiento quizás haya constituido y siga constituyendo, la aventura más fascinante de la humanidad y que así sea depende pura y exclusivamente de cada uno de nosotros. La vocación filosófica tiene mucho que ver con la creación y la creación en contra de lo que se cree comúnmente, tiene muy poco de originalidad. La creación como un hecho original es parte del “mito civilizatorio”, como si la creación fuera un hecho mágico (que lo es) pero en un sentido de espontaneidad, de alumbramiento genial, de hecho ahistórico, descontextuado (todo esto muy afín a la idea de hombres superiores y hombres inferiores del mito civilizatorio capitalista). La creación pasa más por la sensibilidad que por la originalidad, porque todo lo que puede ser traducido como hecho creativo subyace en la naturaleza (en la vida cotidiana de un hombre). El creador en realidad no crea en términos de originalidad, sino que traduce subjetivamente algo que subyace, que permanece oculto y que es universal (que puede ser reconocido por otros hombres como propio). Es la sensibilidad, el “yo irrepetible”, lo que hace a la originalidad y a la genialidad (en algunos casos) del hecho creativo. Hay algo muy simple que es la clave de todo y que nos cuesta sobremanera entender y es que si bien no hay hombres extraordinarios, hombres superiores en términos absolutos, cada uno de nosotros somos seres irrepetibles, somos totalmente singulares y nadie absolutamente nadie va a ver, sentir y percibir las cosas de la manera que lo hacemos cada uno de nosotros. Cuando se entiende eso se está muy cerca de la creación y del conocimiento verdadero, porque en realidad dejamos de ser el cántaro vacío para pasar a ser el prisma que descompone la luz que nos circunda. El conocimiento y el pensamiento (por ponerlo aún más allá) es una empresa individual y colectiva al mismo tiempo. Cuando repetimos mecánicamente lo que a otro le llevó una vida balbucear, estamos negando eso mismo que aprendemos, porque perdemos de vista lo más importante que es el proceso, los mecanismos, la emotividad, la subjetividad que generó, la idea. Es verdad, hay gente que ha reflexionado, que ha marcado jalones en la historia del pensamiento, del conocimiento, de las ciencias en toda su diversidad, pero todo conocimiento, todo pensamiento es condicional en términos vitales, en términos subjetivos, porque ese conocimiento para que sea “vital para mí”, tendrá que ser tamizado por mi experiencia, mi afectividad, mi noción “del estar aquí sobre la tierra”. No hay originalidad en términos absolutos, porque todos estamos impregnados del pensamiento de los que nos antecedieron y de los que nos circundan, y ese pensamiento por genial que sea, no debiera ser un punto de arribo sino de partida, debe ser solo un peldaño donde poner el pie para dar un paso adelante y eso y no otra cosa es civilización.
La creación no puede ni debe circunscribe exclusivamente al hecho artístico o material; la creación no es solo alumbramiento, la creación es también la forma en que se asimila el pensamiento externo, el mundo en sí, la vida; es una actitud, es ir construyendo (y construir significa en este caso, cuestionar, descartar o suscribir) ir tendiendo los lazos, buscando la coherencia, el común denominador, el itinerario en definitiva de nuestro propio pensamiento. Hasta el orden en que recibimos el conocimiento tiene que ver con el resultado final, porque lo que aprendo hoy puede condicionar seguramente lo que aprenda mañana. Es en ese sentido que el acto de aprender debe estar ligado a un proyecto vital, porque el proyecto de vida es la hoja de ruta, el índice, la bibliografía (por decirlo metafóricamente) que mi espíritu necesita para resolver su angustia. El conocimiento verdadero, es lo que el pueblo llama sabiduría, porque es un conocimiento que sirve para vivir, que modifica el entorno, que nos libera. Y esto es lo fascinante. Lo fascinante es pensar que solo somos una hoja en blanco en la cual vamos imprimiendo trazos mientras crecemos. Allí va dejando huellas la historia, nuestra experiencia de vida, lo que otros hombres nos legaron, sueños de ayer y de mañana mezclados con datos e informaciones, con actitudes y sentimientos de otros hombres y de nosotros mismos, porque el conocimiento también tiene una ética y una moral. La construcción de un pensamiento, es pura creación, porque somos nosotros los que decidimos, los que preguntamos y nos convencemos, los que descartamos, intuimos y profundizamos de acuerdo a nuestras propias necesidades, a nuestra propia angustia de vivir. El conocimiento es el resultado de nuestra actitud ante la vida, de la vocación filosófica del hombre y solo se llega a la coherencia, cuando eso que sabemos nos sirve para vivir, para crecer, para desarrollarnos, para ser para los demás. La hoja en blanco que somos, es el material sensible, afectivo, irracional, donde se asienta la idea y hay ahí un vínculo irrepetible entre lo que penetra y lo que se deja penetrar, hay una interacción, una contaminación recíproca, racional/afectiva que genera conocimiento “para sí”, o sea conocimiento verdadero. El conocimiento no es inteligencia. El conocimiento no es la capacidad de acceder, de acumular, de reproducir hasta el hartazgo. El conocimiento como la vida es un gesto ético, es una actitud y esa actitud es la fuerza misma de la creación.

