El marxismo embrujado
Hablar de marxismo es ante todo hablar de revolución… o al menos así tendría que serlo. No obstante muchas veces ha significado hablar de filosofía o de ciencia, de economía y hasta de pura religión, lo cual (en el mejor de los casos) es caer en un grosero reduccionismo simplista, cuando no en una vil tergiversación. Es decir, nada decimos en definitiva cuando decimos marxista o en verdad decimos muy poco. Y es que ha habido (y sigue habiendo) demasiadas “interpretaciones” de lo que es o debería ser el marxismo y muchas de ellas han descontextualizado los razonamientos de Marx, perdiendo de vista (intencionadamente o no) su perspectiva de praxis revolucionaria, es decir: reflexión para modificar una realidad concreta y particular y es en este punto (en lo de particular que cada realidad puede tener) donde lo elaborado por Marx puede ser insuficiente. El marxismo como todo pensamiento es un producto cultural y si entendemos cultura como lo que es, es decir, como la interacción del hombre con el medio y con su tiempo (léase: “la historia”) vamos a comprender mucho mejor de que se tratan estos apuntes.
El marxismo nace de las entrañas de la Europa revolucionada por la máquina de vapor, el establecimiento fabril, el mercado mundial y el dasarraigo y el desamparo del campesinado y el artesano (aquel freemason de las catedrales medievales
Freemason del inglés: albañil libre y que el español traduce del francés: francmason y que no es otro que el creador de los gremios y sindicatos de oficios (verdaderas cofradías) que después darían lugar a las logias masónicas que tanto tienen que ver con las revoluciones burguesas en Europa y en nuestro continente..), es por tanto un momento de la Modernidad (sin duda el más moderno entre los modernos – ya que busca consumar sus postulados
Aquellos de la igualdad, fraternidad y libertad que solo habían sido (hasta ese momento) verdad para los burgueses y no para el hombre universal, ese que a través de la razón, de la ciencia y el trabajo creador, se iba a emancipar de una vez y para siempre de toda alienación-) y es por ende también, tributario de toda la tradición jacobina que va desde los revolucionarios franceses y norteamericanos hasta los anarquistas con los cuales Marx convivió en la Liga de los Comunistas, en definitiva es parte del movimiento real de la historia europea y por lo tanto también, de su cultura; solo después de efectuado todo ese recorrido, es que es parte de la historia y la cultura universales. Quiero decir con esto, que todo pensamiento por más genial u original, por más radical o nihilista que sea, lleva siempre un sedimento producido por todo el pensamiento que lo antecedió y esto tiene que ver con las formaciones culturales, con la experiencia personal e incluso con los valores en los que ese pensador se formó y desarrolló, así también como los de la sociedad a la que pertenece… y Marx no es la excepción. Su genialidad no se da en términos originales (“ex nihilo”), sino polemizando y discrepando con sus maestros y los maestros de sus maestros, es decir, con los Kant, los Hegel, los Adams Smith, los Ricardos y (si se quiere) con toda la cultura occidental. Por tanto, hay en él una pertenencia inocultable
Es evidente que la lógica del Manifiesto es una lógica que parte del punto de vista eurocéntrico del mundo, de la civilización y la historia, se inscribe en cierto modo (más allá de su intencionalidad) dentro de la dicotomía de la “civilización” (es decir, Europa) contrastada con “la barbarie” del resto del mundo al que, además, le da un carácter “periférico”. De ahí deviene la idea de que: para alcanzar “la civilización” los restantes pueblos del mundo tenga que atravesar los estadios civilizatorios (incluidos los modelos de sociedad) de Europa, adquiriendo esta la entidad de “modelo clásico” y, por tanto, de “paradigma” imponible a los “periféricos bárbaros” aunque en esta categoría estén incluidas civilizaciones como la China o la del Oriente Medio que ya eran civilizaciones cuando el hombre europeo andaba desnudo buscando una cueva donde guarecerse. Creo que esto se debe al énfasis clasista del Manifiesto y a la percepción de Marx y de Engels de que iba a ser en la Europa altamente desarrollada donde se iban a producir los cambios revolucionarios. a esa “cultura grande” de occidente y es lógico que así haya sido… lo malo en todo caso, es que nosotros nos hayamos visto y nos sigamos mirando con los ojos extrañados de los demás. Y esto tiene que ver con nuestro “colonialismo mental”, ya que como consecuencia de haber adoptado una cultura que no nos es propia, utilizamos dogmáticamente ideas que tienen otra sedimentación, lo cual explica (entre otras cosas) la ineficacia que tienen para resolver problemáticas para las cuales no han sido formuladas…. Marx no hizo otra cosa que deconstruir el capitalismo (desentrañar sus leyes, su lógica, su naturaleza, sus mecanismos) y por ese camino (con su grande y precoz inteligencia, con su agudeza, su gran cultura y su amplitud de miras) llegó (nada más y nada menos) a una explicación satisfactoria de una “gran parte” del proceso histórico universal, a través de las clases sociales y su carácter irreconciliable. Aquello de que “la historia de todas las sociedades que han existido hasta el presente, es la historia de la lucha de clases”
Manifiesto del Partido Comunista no quiere decir de ninguna manera, que esa sea la única explicación posible, sino todo lo contrario (y mucho menos si esa explicación es meramente economisista), lo que pasaba era que hasta la aparición de Marx, el mundo era explicado de una manera romántica y hasta anecdótica, es por eso que Engels, con total justeza, plantea al final del prólogo a la edición alemana de 1883 del “Manifiesto”: de que esta idea de Marx (la que acabamos de transcribir más arriba) “a de ser para la historia, lo que la teoría de Darwin para la Biología”, pero nada hay ni en Marx ni Engels que nos lleve a pensar que los aspectos histórico/culturales y la propia subjetividad del hombre, no tienen nada que decir en ese devenir. El mismo Engels reconoce (esta vez en nota a la edición inglesa del ”88) que en aquel tiempo “la historia de la organización social que precedió a la historia escrita, la prehistoria, era casi desconocida” y esto como veremos más adelante es sumamente importante para los fines de estos apuntes.
Otro aspecto sumamente importante, es que Marx no especula en abstracto sino desde la perspectiva y las necesidades de la lucha revolucionaria en el momento y en el lugar en que le toca actuar, es decir: en la Europa industrial de finales del siglo XIX. Es desde ahí, desde donde construye una elaboración totalizadora que no se detendrá ante ningún tópico y que estará (según la opinión de muchos) en permanente elaboración y reformulación y esto es lo que nunca debió dejar de ser el marxismo: “pensamiento crítico aplicado a una realidad concreta y particular en un contexto histórico determinado”. Es interesante destacar que el grueso de la producción intelectual de los grandes revolucionarios, tiene como base la polémica y el debate de ideas a la luz de la lucha político/ideológica de su tiempo.. Tanto él como Engels fundan sus reflexiones en la experiencia histórico/cultural de la Europa “madre de la civilización”, lo cual no le resta ningún mérito a lo que de universal hay en sus afirmaciones, ni a lo que tienen de particular. No son ellos los responsables de que intentaran petrificar sus ideas, de que vinieran (una vez que ya no estaban) los adoradores de siempre y convirtieran en “verdad irrefutable” lo que solo era reflexión y creyeran, además, haber encontrado en sus escritos una “filosofía de la historia para todo tiempo y lugar”, lo cual desde el vamos, nos exime del hecho de pensar (y mucho menos en particularidades), ya que si reconociéramos la existencia de tal filosofía (así planteada) tendríamos que aceptar, que podría haber un molde concebido de una vez y para siempre, donde se podría meter la realidad a martillazos (si es que acaso no coincide en sus contornos) y que sirviese no solo para dilucidar el presente y el pasado, sino también para vaticinar el futuro con “aparente” milimétrica precisión. El marxismo así concebido es pura religión ya que se convierte en una especie de “oráculo” donde habitan todas las respuestas (obviamente respondidas de antemano) para todas las preguntas de ayer, de hoy o de mañana. Es ahí donde podemos empezar a hablar de “los otros marxismos”, donde cobran relevancia los Lenin, los Gramsci, los Mariátegui, los Mao, los Ho, los Guevaras, los Amilcar Cabral, los Fonseca Amador y un sinnúmero más de verdaderos revolucionarios (no repetidores de frases ajenas) que partieron de las elaboraciones de Marx para dilucidar “su realidad” y transformarla.
La aparición de “los otros marxismos” (que no son “otros” por distintos o contrapuestos, sino por estar aplicados a otras realidades) es lo que hace poner en evidencia a aquel “marxismo metafísico” (léase: religión de la materia) que pretendía ser una “ciencia universal” (con sus leyes irrefutables, transpolables y aplicables a toda disciplina) y que terminó siendo una hibridación ya que al desconocer las particularidades, terminaba desconociendo la cultura, la historia y lo que es peor, la naturaleza misma del hombre. Esta “metafísica materialista” terminaba reduciendo al hombre a una simple pasividad refleja y, por tanto, era negadora del impulso creador (y en consecuencia, transformador) como motor del desarrollo. Es decir, convirtieron en “ley” lo que en realidad era un par dialéctico (aquello de que el pensamiento refracta de la materia) y por esa vía se convirtieron en pitonisos ya que llegaron a creer en un “determinismo histórico”, unívoco y mecánico que prácticamente podía prescindir de la voluntad transformadora del hombre.
Pareciera que es casi inevitable que al hablar de la historia del pensamiento marxista en América, se asocie al pensamiento comunista con este “marxismo metafísico” y no hay nada menos cierto que eso, porque sin restarle importancia a las influencias del stalinismo y del browderismo Earl Browder fue el sec. General del PC EEUU y figura destacada de la ortodoxia de la Tercera Internacional. A raíz de la 2 Guerra Mundial y de la colaboración entre los países capitalistas y la URSS contra el nazismo, elaboró una posición de colaboración entre clases de evolución política del capitalismo hacia la justicia social y de eliminación de los Partidos Comunistas. Esta visión tuvo gran influencia en la trayectoria de nuestros Partidos Comunistas en general y del PCA en particular. en nuestro continente, la cultura comunista fue sin lugar a dudas la cantera más grande y fecunda del pensamiento revolucionario desde el mismo inicio del siglo XX hasta nuestros días y desde ahí partió (como reacción, como ruptura o afirmación) todo lo que conocemos hoy por pensamiento revolucionario (incluido el, tan revivido por estos días, nacionalismo revolucionario
El nacionalismo revolucionario en Argentina y en América tiene como una de sus vertientes constitutivas, sectores trotskistas y comunistas disidentes. )
Mariátegui y Guevara son (sin ninguna duda), los marxistas más grandes de este continente aunque por razones bien distintas. Del Che nada vamos a decir porque su vida ha adquirido ya proporciones míticas, en cambio José Carlos Mariátegui (el más nombrado y reivindicado que comprendido y practicado) sigue esperando pacientemente a los que han de seguir el camino que inaugurara con tanta vehemencia y lucidez. Él es la justa medida de todo lo afirmado hasta aquí y eso es lo que sorprende: la precocidad de sus aportes a un problema que está hoy mucho más vigente que en los días en que le tocó vivir.
Genealogía de un embrujo
José Carlos Mariátegui nació en Lima, Perú en 1894, era el segundo de tres hermanos. Su padre era un terrateniente encumbrado al que nunca conoció y su madre una campesina del pueblo de Sayán al norte de Lima. Fue totalmente autodidacta y su deseo de conocimientos lo llevó a leer compulsiva e intuitivamente todo tipo de publicaciones, actitud a la que contribuyó una temprana enfermedad (contraída a los ocho años) que le dejó inutilizada la pierna izquierda (que luego le sería amputada) y postrado durante meses. Todos estos hechos explican en cierto punto (como veremos más adelante) el núcleo de su pensamiento. La extrema pobreza, el desamparo de su madre, su limitación física, su origen campesino, su fervor religioso, sus armas de poeta, su misticismo y su nostalgia, estarán siempre en el fondo de su “hacer” y su “pensar” y serán el alimento espiritual indispensable de todas sus batallas.
Cuando este muchacho cumplió los 16 años ingresó a trabajar como obrero “alcanza rejones” en el diario “La Prensa” y desde ese momento hasta su muerte, nunca más pudo separarse de la tinta y las linotipos.
Bajo el nombre de Jean Croniqueur, comienza a escribir notas sociales y crónicas de “turf” (con cierto dejo de ironía), alterna la construcción de versos místico-sensuales con la bohemia limeña y hasta se podría decir que por esos años su mayor preocupación era ganarse un lugar dentro de la cultura de la clase dominante de su ciudad natal. En 1916 funda la revista “Colóndila” con algunos de sus compañeros de “La Prensa”, y en la que se ocupará, generalmente, de cuestiones de crítica literaria, no obstante en esta época (y a raíz de su participación en la revista) comienza a interesarse en las turbulentas aguas de la política y los fermentos sociales del Perú de entonces. Su creciente admiración por el genio iconoclasta de Manuel González Prada. Sin duda el personaje más influyente del Perú de finales del S XIX. Poeta, pensador, periodista, ideólogo y político del liberalismo radical, fue sin duda uno de los baluartes del modernismo continental, baluarte de la lucha contra el academicismo y el romanticismo y un impulsor decidido de un pensar genuinamente americano., no solo lo introdujo en la lucha de clases, no solo que lo arrimó a las discusiones parlamentarias y a los mítines políticos, sino que dejó una huella en su pensamiento, muy pocas veces valorada con justeza por sus biógrafos y estudiosos.
Basta leer los escritos de González Prada sobre el problema del indio, para darse cuenta la influencia que éstos han tenido en punto de vista marateguiano sobre el tema, que por otro lado muchos consideran uno de sus mayores logros.. Lo cierto es, que su paulatino involucramiento con las luchas de su pueblo, lo llevó sin darse cuenta al destierro solapado, allá en la lejana y siempre seductora Europa.
Mariátegui comienza a escribir de manera desenfrenada; sus artículos aparecen no solo en “La Prensa”, “El tiempo”, la revista “España” y otras publicaciones, sino que su paulatina radicalización lo lleva a fundar “La Razón” que se convertirá en vocera de cuanto huelguista y universitario disidente hay en Perú y no solo vocera sino también organizadora del movimiento sindical y estudiantil, tal es así que se convierte en orador forzado de un gran acto obrero estudiantil reunido para celebrar la liberación de luchadores sociales encarcelados después de la gran huelga del 19′. Es por todas estas causas que el gobierno de Leguía le da a elegir a él y a su amigo Falcón entre la cárcel y una especie de “embajada cultural”, que no es otra cosa que el exilio solapado..
El marxismo embrujado
Este “destierro solapado” es el otro ingrediente que se cuece en el caldero enrarecido de su marxismo. Es ahí donde (paráfrasis por medio) “desposará una mujer y algunas ideas”. Y hasta pareciera que hay una casualidad con visos de predestinación en la forma que se conformó su ideario, ya que no es en París, ni en Londres o Frankfurt, donde desposa esas ideas sino fundamentalmente en la Italia de los “consejos de fábrica” y los “camisas negras”
Si bien Mariátegui llega a París y recorre (antes de su regreso) Alemania, Austria, Hungría y Checoeslovaquia, es en Italia donde se produce su acercamiento al pensamiento marxista y su peculiar forma de asimilarlo.. Esto es cardinal para entender su marxismo. Su exilio italiano y lo que allí vio y vivió entre el 19′ y el 23′, imprimieron una cierta coloratura a su pensamiento, coloratura que vino a acentuar y redireccionar (no a suplantar) aquellos otros pigmentos que tiñeron su infancia y su juventud.
A su llegada a Italia Mariátegui no era otra cosa (como señaláramos hace un instante) que un “civilista preocupado”, un hombre de letras que se ganaba poco a poco un espacio en la cultura peruana, un místico, un creyente, un secreto poeta (aunque ya a esta altura, al igual que otros muchos, la Revolución de Octubre y la Reforma Universitaria del 18′, perturbaban su inteligencia y sus afectos). La Italia que encontró era una Italia en proceso de fermentación: la crisis económica, los consejos de fábrica, el surgimiento del fascismo y la fundación del Partido Comunista (en el Congreso de Livorno en 1921, al que Mariátegui asistió), el debate filosófico, político y cultural entre una burguesía herida (después de la Primera Gran Guerra) en su orgullo nacional y un proletariado que comenzaba a tomar conciencia de ser una clase “en sí y para sí”… todo eso interactuó y dejó huellas en su forma de concebirse marxista.
El primer elemento a tener en cuenta es que Mariátegui llega a la Europa de las vanguardias. Vanguardias estéticas, vanguardias políticas, que no son (como vulgarmente se cree) correlatos unas de otras, sino que se desarrollan y se confunden, siguen caminos autónomos, se aventajan o se rezagan unas con respecto a las otras, hasta que al final de un largo proceso, confluyen y se identifican entre sí. Las vanguardias son (ni más ni menos) que la venganza de los sans-culottes. Clases desposeídas de las ciudades de la Francia de Luis XVI de la Francia revolucionaria, ellas buscan consumar los postulados de la Modernidad (aquello de la “Libertad, igualdad y fraternidad”) traicionados por la burguesía y es por eso su nihilismo, porque quieren terminar de una vez y para siempre con el orden burgués, con su “sueño de oro” y todas sus estatuas y bronces evocativos de un pasado grandilocuente y señorial que ya no son capaces de mantener. Italia va a ser la cuna de dos de esas corrientes de vanguardia: el futurismo y el fascismo. Generalmente homologadas, Mariátegui es la prueba de que no lo son. El futurismo es “vanguardia” por su radical oposición al orden oficial imperante (léase, el liberalismo burgués), predica la violencia como medida sanitaria ante una sociedad en descomposición. No solo que descree del parlamentarismo y la democracia burguesa en general, sino que ven en la violencia el único camino posible de regeneración social. Filippo Marinetti (uno de los más grandes representantes del futurismo) dijo que la Primera Guerra Mundial “era el poema más bello jamás escrito”: conservadora y bucólica, anquilosada en la gloria de sus palacios y catedrales insomnes; predica también el predominio de la ciencia y de la técnica (tiene olor a hélice y bombarderos, a hierro incandescente, a engranaje y geometría), toma como propio el “superhombre” de Nietzsche y le insufla utopía y heroicidad en la mirada y en el alma.
El fascismo italiano toma toda la estética y la épica imperial romana como parte de la construcción de su versión del superhombre nietzschiano y es por eso que D’Annunzio se convertirá en su poeta icónico.. Todo esto tuvo una gran impactación en la sensibilidad y en la religiosidad de Mariátegui que se convirtió en asiduo lector de hombres como Croce, Gentile, Gobetti, Sorel, el más tarde fascista Gabrielle D’Annunzio (al que ya admiraba desde su juventud peruana, al igual que a Bergson Henri Bergson (1859/1941) filósofo y escritor francés autor de una teoría de la evolución basada en la dimensión espiritual de la vida humana, que tuvo una gran influencia en múltiples disciplinas, en 1927 ganó el Premio Nobel de Literatura. Mariátegui lo conoció en su paso por París. y Spengler Oswald Spengler (1880-1936), filósofo alemán, nacido en Blankenburg y formado en las universidades de Halle, Munich y Berlín. Sobre la base de sus amplios estudios en matemáticas, ciencia, historia, filosofía occidental y arte, formuló un sistema filosófico que ofrecía una explicación de la historia de la cultura humana), todo al mismo tiempo que iba asimilando el pensamiento marxista del cual ya se consideraba partidario… y esto que pareciera ser un pecado no lo es, porque como dijimos más arriba estas corrientes (el futurismo y el fascismo) eran realmente vanguardistas en esencia con respecto al liberalismo burgués y no es sino mucho después que devienen en identificaciones poltico-partidarias. No nos olvidemos que Benito Mussolini era el director del “Avanti” (órgano oficial del Partido Socialista Italiano, al que pertenecían por ese entonces hombres como Gramsci y Palmiro Togliatti) y que no fue sino después de una larga metamorfosis, que termina como “ducce” al servicio de las clases poseedoras de Italia. No nos olvidemos tampoco que ese futurismo italiano, tan linealmente asociado al fascismo, incidió enormemente en los vanguardistas rusos y por ende también en el constructivismo soviético de la era leninista; hombres como Maiacovski y tantos otros fueron futuristas militantes y al mismo tiempo sinónimos de revolución. Es decir, estamos en la Europa del 20′ donde todo lo que más tarde se volvería terrible y evidente (es decir, las nefastas consecuencias del matrimonio futurismo/fascismo), todavía era germinal e informe y por cierto, no del todo predecible.
Lo concreto es que Mariátegui construye de esta forma ecléctica y heterodoxa un marxismo que confirma y redimensiona sus intuiciones más arcanas. Toma del futurismo y de Sorel
Georges Sorel (1847/1922) anarcosindicalista francés de gran influencia en su época y cuyas formulaciones levantaron adhesiones tanto en la derecha como en la izquierda política, cultural y social. el mito de la violencia y saca la revolución como quien saca el nutriente de debajo de las cenizas de una tierra recién ardida, para sembrar un hombre totalmente nuevo y a salvo de cualquier opresión. La “violencia” es la afirmación de la ruptura con lo establecido, es la constatación de lo irreconciliable de la historia, el nutriente son los nuevos valores, el hombre nuevo, el superhombre de Nietzsche: viril, heroico y joven como las ideas y la nueva sociedad. Mariátegui le da un sentido trascendente a la praxis marxista, casi religioso,“…ni la razón ni la ciencia pueden satisfacer toda la necesidad de infinito que hay en el hombre” [...]“…únicamente el mito posee la preciosa virtud de llenar su yo profundo”[...] “como la filosofía lo define (el hombre) es un animal metafísico. No se vive fecundamente sin una concepción metafísica de la vida. El mito mueve al hombre en la historia. Sin un mito la existencia del hombre no tiene ningún sentido histórico. La historia la hacen los hombres poseídos e iluminados por una creencia, por una esperanza superhumana; los demás hombres son el coro anónimo del drama” J.C.M. Ese mito es para Mariátegui, “la revolución”. Vemos entonces que el niño desprotegido recluido en su discapacidad ha cambiado sus ideas pero no la estructura donde esas ideas se montan. Su marxismo nace desde su sentido de lo trascendente. Mariátegui rescata de Croce. Benedetto Croce (1866/1952) filósofo, historiador y político italiano opuesto al fascismo, fue uno de los intelectuales más importantes de la primera mitad del siglo XX en Italia. su crítica al positivismo.
El positivismo niega no solo la religión sino cualquier otra especulación metafísica, ubica al conocimiento verdadero en las llamadas ciencias positivas o factuales y, por tanto, promulga que todo debe ser comprobado por la experiencia empírica. No obstante, esta oposición no impide a Mariátegui reconocer los importantes aportes de hombres como José Ingenieros, netamente positivistas. y comparte su interés por una “filosofía del espíritu” y el compromiso con la sociedad… es el espíritu en definitiva, lo que lo identifica con él, con D’Annunzio
Gabrielle D’Annunzio (1863-1938), novelista, poeta, y dramaturgo italiano sinónimo de lo romántico, lo heroico y extravagante, ejerció gran influencia sobre la mística del fascismo italiano y con todos los demás, no sus ideas políticas, lo identifica “lo heroico/trascendente” como actitud natural del hombre, que no padece sino transforma la realidad. Es de este modo que lo aparentemente irreconciliable y contrapuesto, tiene para Mariátegui un hilo conductor que lo liga: Marx, los neohegelianos, Sorel, D’Annunzio y su “sed de infinito”, son un todo continuo en la intuición revolucionaria de este peruano humilde y autodidacta llamado a ser sin duda uno de los marxistas más grandes y fecundos de la América toda. Lo que pasa en realidad, es que Mariátegui es lo suficientemente crítico, intuitivo e inteligente (ya era un intelectual profesional antes de ser marxista) como para asimilar “todo lo asimilable” (provenga de donde provenga) sin modificar el “núcleo duro” de su condición marxista. Sencillamente su sintonía es más fina, él está buscando una mística revolucionaria capaz de conmover el alma de las cosas y es para eso que necesita bucear en la espiritualidad del hombre, no un hombre abstracto, pasivo y condenado por las “leyes de la historia”, sino un hombre contrastado con el tiempo y con su tiempo: “En la lucha de clases, donde residen todos los elementos de lo sublime y lo heroico de su ascensión, el proletariado debe elevarse a una moral de productores, muy distante de la moral de los esclavos de que oficiosamente se empeñan en proveerlo sus gratuitos profesores de moral, horrorizados de su materialismo” No es Mariátegui (como vemos) un ecléctico en el sentido peyorativo del término, sino que es ecléctico porque construye su pensamiento del mismo modo que un albañil levanta un muro: escoge las mejores piedras de aquí y de allá, las desgasta, las ubica, las cambia de lugar, les lima los contornos y los vértices, las sedimenta y construye así las torres de “su hacer” y “su pensar”. No obstante, hay todo un mito arquitectado en torno a su figura, que pretende mostrarlo como un “marxista de segunda mano”, desconocedor de los clásicos, que asimiló a Marx con el lente “deformado” de los Croce, los Labriola
Antonio Labriola (1843/1904) fue uno de los principales difusores del marxismo en Italia, cofundador del PSI y una de las influencias más notables de Gramsci., los Sorel, y no hay nada menos cierto que esa pretensión, solo basta recorrer su biblioteca personal para encontrar no solo, muchas de las obras más importantes Marx, Lenin, Kautski, Trotski, Bujarin, sino los subrayados y notas marginales en los que se pueden rastrear sus preocupaciones y desvelos de revolucionario y hombre sensible. Lo que plantea Mariátegui es más profundo, es en definitiva, si el marxismo puede ser considerado una filosofía de la historia o debe ser complementado con otras corrientes filosóficas y con los avances permanentes del conocimiento científico. “Marx no tenía por que crear más que un método de interpretación histórica de la sociedad actual” dice refiriéndose a este problema y más tarde agrega: “Si Marx no pudo basar su plan político ni su concepción histórica en la biología de De Vries
Hugo Marie de Vries (1848-1935), botánico holandés, que redescubrió de modo independiente las leyes de la herencia desarrolladas por el monje austríaco Gregor Mendel, e incorporó el concepto de mutación a la teoría evolutiva., ni en la psicología de Freud, ni en la física de Einstein; ni más ni menos que Kant en su elaboración filosófica tuvo que contentarse con la física newtoniana y la ciencia de su tiempo: el marxismo – o sus intelectuales – en su curso posterior, no ha pasado de asimilar lo más sustancial y activo de la especulación filosófica e histórica poshegeliana o posracionalista”… y es que para Mariátegui el marxismo no tenía entidad de filosofía sino de método para la transformación de la realidad, su negación habla a las claras de la “necesidad” de dicha filosofía: “Vitalismo, activismo, pragmatismo, relativismo, ninguna de estas corrientes filosóficas, han quedado al margen del movimiento intelectual marxista”. Mariátegui no niega que la base epistemológica del marxismo es materialista y dialéctica pero lo concibe (evidentemente) como algo en perramente desarrollo, algo permanentemente enriquecido, permanentemente desafiado por los problemas reales de situaciones concretas. Y es bajo esta misma concepción donde su praxis revolucionaria logra convertirse muchas veces, en verdadera aportación.
La praxis revolucionaria
Al igual que Marx, Mariátegui no especula en abstracto, si bien sus motivaciones son ético/filosóficas, no acierta a definir al marxismo sino es a través de su confrontación con la realidad y con el movimiento del proceso histórico social. Es por eso que a pesar de su transcendentalismo, de la peculiar morfología de sus ideas, es casi imposible dimensionar sus aportes prescindiendo de su accionar concreto dentro del mundo que le tocó vivir y muy en particular dentro del proceso de maduración del proletariado peruano, maduración de la cual José Carlos fue sin duda parte activa y dinamizadora y al mismo tiempo consecuencia.
En marzo de 1923 regresa del exilio y el Perú que encuentra es un Perú sacudido por las revueltas estudiantiles (ecos de la reforma universitaria cordobesa) las huelgas obreras y el creciente deterioro del gobierno de Leguía (aquel mismo de la invitación al exilio) que ahora se mostraba en toda su dimensión despojado ya de su máscara populista. En ese mismo entonces las Universidades Populares González Prada ya eran toda una realidad, haciendo cierto el sueño (de quien llevaban el nombre), de contribuir al desarrollo intelectual de la clase obrera. Mariátegui comienza una serie de conferencias en la Universidad Popular (invitado por su fundador: Haya de la Torre) donde comienza a propagandizar las ideas marxistas en el seno de la clase y a polemizar paciente y fraternalmente con las tendencias anarcosindicalistas que la nutrían.
Por ese mismo año recrudece la represión y Haya de la Torre y otros líderes del movimiento son deportados. Mariátegui asume entonces la dirección de “Claridad” (dejada vacante por Haya) al tiempo que comienza a escribir colaboraciones para las revistas liberales “Variedades” y “Mundial”. Sus temas favoritos serán el fascismo, la revolución rusa y las nuevas tendencias de la política, la cultura y el arte europeos. En 1924 es encarcelado. Sus contactos con el movimiento obrero no se interrumpen ni su polémica con los anarcosindicalistas. Siguiendo las orientaciones de la III Internacional llama, aquel 1 de mayo, a la conformación del Frente Unico. Ese mismo año le amputan su otra pierna. Funda la Editorial Minerva donde publica autores nacionales y extranjeros como modo de neutralizar la influencia de la oligarquía sobre las nuevas generaciones de creadores. En el 25′ publica su colección de ensayos sobre la “Escena Contemporánea” y comienza sus investigaciones sobre la historia económica, social y política del Perú. En 1926 funda “Amauta” (sin duda uno de sus mayores logros) que se convertirá en el referente insoslayable del debate contra la oligarquía y el imperialismo y ejercerá su embrujo sobre la joven intelectualidad de todo el continente. Las diferencias cada vez más irreconciliables con el APRA
Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), partido político fundado en México en 1924 por Víctor Raúl Haya de la Torre. Sus objetivos eran inicialmente la unidad política de América Latina, la lucha contra el imperialismo estadounidense, la nacionalización de tierras e industrias, la internacionalización del Canal de Panamá y la solidaridad con los pueblos oprimidos en todo el mundo. y con Haya de la Torre, lo terminan de animar a fundar el Partido Socialista del Perú (miembro de la III Internacional). En el 27′ escribe (en polémica con De Man) su “En defensa del marxismo” y en el 28′ publica sus emblemáticos “7 ensayos…”. Antes de su muerte el 16 de abril de 1930 organiza la Confederación General de Trabajadores del Perú, comienza a publicar el diario “Labor”, integra el Consejo General de la Liga contra el Imperialismo, participa del Congreso Constituyente de la Confederación Sindical Latinoamericana en Montevideo y manda delegados a la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana reunida en Buenos Aires en junio del 29′.
Hasta aquí hemos relatado la vida singular y azarosa de un joven latinoamericano devenido marxista de una forma bastante heterodoxa. Pero cuales fueron en verdad las tan mentadas aportaciones que le dieron un lugar de privilegio tanto en nuestro continente como en el escenario del pensamiento revolucionario universal?
El socialismo indoamericano
La mejor forma de conocer las aportaciones de Mariátegui creo que es sin duda (y para hacer honor a sus propios criterios) a través de la polémica y muy en particular de la que mantuvo ( a través de sus enviados) con la III Internacional en la Conferencia Comunista Latinoamericana reunida en Bs. As. en junio de 1929.
En dicha conferencia los delegados del PS del Perú (Portocarrero y Pesce) presentaron dos trabajos del “amauta”
Sobrenombre con que se lo comenzó a designar a Mariátegui y que en el antiguo Inkario servía para designar a los sabios y maestros. que bien pueden ser considerados una apretada síntesis del núcleo duro de su pensamiento, estos trabajos son: “Punto de vista antiimperialista” y “El problema de las razas en América”. El problema se suscitó básicamente en las diferentes maneras de caracterizar la realidad socioeconómica del continente. La Internacional a través de su delegado Vitorio Codovilla hablaba de relaciones “semifeudales” y, por tanto, postulaba la revolución democrática/burguesa de carácter agrarista, esta posición era coincidente con su “visión liberal de la historia”
Visión construida por la burguesía cipaya del continente que tomaba como paradigma el modelo eurocéntrico de civilización y, por tanto, subestimaba e incomprendía la América real y profunda. Esta visión fue la visión oficial (es decir, no la de todos sus intelectuales) de muchos partidos tradicionales de la izquierda latinoamericana y de la mayoría de los Partidos Comunistas. por un lado y con su positivismo por el otro. Mariátegui sin desconocer esta realidad, afirmaba que si bien las relaciones eran “semifeudales” el rasgo determinante de la economía era capitalista y en consecuencia la revolución no debía ser democrática/burguesa sino abiertamente socialista. En el primero de sus trabajos (punto de vista antiimperialista) afirmaba que las burguesías nacionales no podían (ya en ese tiempo) jugar ningún papel en la lucha antiimperialista y mucho menos en la socialista, ya que el grado de subordinación cultural (en la que están implícitas la económica y la política) era tal que era imposible esperar nada de ellas. Esto fue lo que llevó a Mariátegui a romper con el APRA y con Haya de la Torre. Mariátegui fue aprista mientras el APRA fue un movimiento (ya que lo consideraba válido y necesario, pero a su vez también consideraba que la clase debía tener su partido) pero cuando Haya lo quiso convertir en partido, ahí fue la ruptura y la creación del Partido Socialista del Perú.
Todo parte de lo mismo… y ya lo insinuamos en otras partes de este trabajo: el feudalismo tal cual como lo concibió el marxismo metafísico, nunca existió en América. El feudalismo es un fenómeno 100 % europeo y nada tiene que ver con las sociedades americanas de las cuales como dijo Engels en el fragmento que citamos anteriormente “eran casi desconocidas” en los tiempos del Manifiesto. El mismo Engels en su “Origen de la familia” publicado en 1884, toma las tesis de Lewis Henry Morgan (1818-1881), antropólogo estadounidense quien sostenía que todos los pueblos del mundo debían pasar más temprano que tarde por los mismos estadios de desarrollo. (tesis que hoy muchos cuestionan) como base de sus reflexiones y lo que es más importante aún es que toma como punto de partida la gens alemana y no (obviamente) el ayllú andino o el calpulli mexicano. Es decir, el “Origen de la familia” se convierte de repente en el “Origen de la familia europea”, ya que mucho de lo que se dice allí no coincide de manera exacta con las sociedades precolombinas. Por lo tanto solo puede ser tomado como una referencia y no como un molde: ni la esclavitud como modo de producción, ni una capa de comerciantes o de artesanos convertidos en clase para sí, ni el dinero o algo que se le parezca… nada de eso existió en la América precolombina y mucho menos de una manera homologable a la Europa clásica… y volvemos aquí de nuevo a lo que ya dijimos: lo malo no es que Engels (que era alemán) haya escrito su libro basándose en la gens alemana, lo malo es que nosotros (colonialismo mental por medio) le hayamos dado carácter universal.
El mismo Engels en un párrafo del mencionado libro, hace referencia a las federaciones peruanas como salvedad a tener en cuenta..
El marxista Alejandro Lipschutz (un verdadero especialista en el tema) quien fue uno de los que sostuvo (en cierta forma) la tesis del paralelismo entre el señoralismo americano y el feudalismo europeo, reconoce que hay infinidad de aspectos que los distancian. La propiedad comunal de la tierra, instituciones de reciprocidad o retribución (no solo la ausencia de la moneda o algo que se le parezca) como el ayni, la minga o la mita
La economía indígena no estaba basada en el intercambio, ni de la reciprocidad bilateral del mero trueque, sino en un sistema de redistribución más complejo en el que “el dar” era más importante que “el recibir” ya que solo dando el indio adquiría poder y prestigio, cosa totalmente opuesta a la “acumulación” del occidental. Es muy interesante e ilustrativo al respecto el trabajo de Dominique Temple: “La dialéctica del Don” donde se analiza este sistema de relaciones y su implicancia sociocultural en las comunidades de los pueblos originarios. , hablan a las claras de que no podemos hablar de feudalismo en los términos que lo hizo (y lo sigue haciendo) el marxismo metafísico. Lo más correcto sea quizás, hablar en el caso andino y mexicano, de “teocracias”, pero eso ya es harina de otro costal (y por cierto harina de maíz y no de trigo). Lo importante es que de estas diferentes apreciaciones surgieron diferentes posiciones ante la lucha de clases. Los que sostenían la tesis de la revolución democrático/burguesa negaban nada más y nada menos una revolución que ya se había producido en América hace ya (en esos tiempos) 100 años y que fue la Guerra de la Independencia que dio lugar a la creación de los diferentes Estados/Nación burgueses y de la que solo quedaron excluidas Cuba y Puerto Rico y en esto más que incomprensión hay subvaloración
Hay subvaloración porque se ha pretendido reducir aquella gesta a un simple “reflejo” de la revolución francesa. Nuestros próceres a señores feudales o señoritos “afrancesados”, meros repetidores de Robespiere, y con ello nos han escamoteado, no solo la riqueza y la complejidad del ideario independentista, sino lo que es peor parte de nuestra historia, es decir: no pudimos hacer una revolución burguesa de la misma manera que Von Danikën afirma que fueron los marcianos los que levantaron Majchu Pijchu o Teotihuacán. Es Sarmiento una vez más machacando y machacando hasta el hartazgo.. El problema es que (como bien señaló el uruguayo Vivián Trias) el subdesarrollo no es la falta de desarrollo, sino el “desarrollo distorsionado”. La supervivencia de las relaciones “semifeudales” es parte del fenómeno (no comprendido a cabalidad por el marxismo metafísico) del imperialismo, que mantiene las relaciones que le son funcionales a su dominación y de ninguna manera un parámetro civilizatorio. Basta leer “La política británica en el Río de la Plata” de Scalabrini Ortos o lo que escribió el mismo Vivián Trias acerca de la “constelación del latifundio” para darse cuenta de este fenómeno (ni hablar ya de “Las venas abiertas de América Latina” de Galeano). Son solo modalidades de la explotación de las cuales los imperialistas no hacen cuestiones de principio (de la misma manera que hoy predican el libre mercado al tiempo que son los más grandes proteccionistas). Todo esto fue percibido de manera intuitiva por Mariátegui. Mucho antes que nadie oyera hablar del “modo de producción asiático”, Mariátegui ya sabía que el conquistador montó sobre el comunitarismo indígena su feudalismo a contrapelo y que este a su vez devino luego en una modalidad de la explotación capitalista imperial, como parte de un fenómeno más amplio aun que es la dominación.
De su conocimiento de las cuestiones culturales del mundo y del continente, dedujo también de que estaban “hechas” nuestras burguesías (y esto me hace recordar a otro gran buceador del alma burguesa que fue Don Arturo Jaureche), por eso la “revolución” y no la “revolución por etapas”. Como dirían Lenin y Trostki, los objetivos democráticos se cumplen en la primera etapa de la dictadura del proletariado. Esta visión estratificada de la Internacional tiene que ver (como veremos) con una visión lineal de la historia, con la idea de Morgan de los estadios civilizatorios y con el “modelo clásico inglés” de desarrollo. De todo eso parece haberlo salvado su formación heterodoxa a José Carlos.
Coherente con su percepción de la realidad, Mariátegui planteó un modelo de partido que también trajo polémica y lo enfrentó aquel año 29′ a los hombres de la Internacional. Su modelo de partido no encastraba en las 20 condiciones impuestas. Mariátegui una vez más partía de que ese modelo de partido (el propuesto por la III Internacional) era válido para la Europa industrializada y no para nuestra realidad; aquí no era solo el obrero (al que dedicara la mayor parte de su praxis revolucionaria) aquí también como en Asia, era el campesino un factor determinante y para “colmo de males” nuestro campesinado (en la mayoría de nuestros países) pertenecía lisa y llanamente a otra cultura. Y cuando hablamos de otra cultura, hablamos de aspectos sin lugar a dudas irreconciliables desde la lógica del marxismo metafísico que contraponía a un pensamiento mágico
El pensamiento mágico es un pensamiento seminal, donde el mito juega un rol central al igual que la subjetividad y la emotividad. El indio concibe el mundo de manera circular (como los ciclos de la semilla) y no lineal y con una dialéctica no de “contrarios antagónicos” sino de “contrarios complementarios” una religión hiperracional. Por eso pergeñó un partido con base en las masas obrero/campesinas organizadas y dirigido por una política clasista.
Hasta ese momento el “problema del indio” era abordado de manera insuficiente: para la burguesía indigenista el problema de clase no existía, su reivindicación del indio era romántica (en el mal sentido de la palabra) para las clases poseedoras el indio era cuasi animal, digno de todo tipo de atropellos, “un mal necesario” para sus rentas, para el positivismo y los darwinistas sociales
Teoría que establece que el desarrollo de los seres humanos y las sociedades se ajusta al patrón descrito por el naturalista inglés Charles Darwin en su teoría de la evolución por selección natural. Los seguidores del darwinismo social sostienen que las personas y grupos sociales, así como los animales y las plantas, compiten por la supervivencia, en la cual la selección natural es resultado de la “ley del más fuerte”. No es difícil deducir que por este razonamiento se llega rápidamente a la xenofobia. (entre los que se encontraban los marxistas metafísicos) el indio era una rémora viviente, algo que pertenecía a la “prehistoria de la humanidad” y que por lo tanto había que “civilizar” para “superar lo más rápidamente posible” esa era penumbrosa, por eso hasta el mismo capitalismo no podía dejar de ser visto como algo “necesario en América” porque en cierta forma ese “paralelismo” imponía que “no se podían saltar etapas”, que había que pasar por todos los peldaños y que el socialismo era la fase que superaba de “modo natural” (es decir, se caía de maduro) al capitalismo… por eso también el seguidismo a la burguesía y el reconocimiento sarmientino de su rol civilizatorio. Mariátegui planteó en contrapartida, el “doble carácter” de la dominación de que el indio era objeto, dominación que era discriminación racial, aculturación y dominación que era “de clase” y que, por tanto, hermanaba al indio con los otros sectores de la sociedad que luchaban y luchan por su liberación. En definitiva Mariátegui planteaba un partido del proletariado, en el sentido que Marx le daba al término: no como sinónimo de obrero industrial, sino como sinónimo de desposeído, de expropiado, de excluido, de base de la pirámide de la sociedad capitalista fundada, precisamente, en su explotación
Esto tendría que ser fácilmente reconocible para los comunistas argentinos de hoy, que planteamos el “sujeto pueblo” con centralidad en la clase obrera. Nosotros no somos escoceses como Eric Hobsbawn, ni italianos como Toni Negri, la palabra pueblo en nuestro caso nos remite a una heterogeneidad cultural y social que no tiene correlato en el “mundo civilizado”. Esa era “su realidad” la del Perú y es por eso que planteó (con esa exacta palabra) un socialismo indoamericano. Porque él concientizó y trató de esclarecer, “de meter desde fuera la ideología” (como decía el “Que Hacer” de Lenin) y también de organizar la clase y su lucha; pero también vio (como hijo de aquel pueblito de Sayán) al campesino indio y no vio en él la “prehistoria” sino la historia de este continente y vio también en su cultura, en su espiritualidad y sus instituciones, no “un freno” sino un “piso privilegiado” para construir el socialismo. Todo eso no fue mágico (a pesar que este trabajo se llama “el marxismo embrujado”) tampoco fue casual, todo eso fue simplemente por negarse a ver el marxismo como una “filosofía de la historia para todo tiempo y lugar”. Esa es en definitiva mi más profunda convicción y lo que se desprende de lo hasta aquí relatado; también están aquí muchos de los puntos de contacto que hay entre el Che y el amauta y que convierten a este último en su claro antecedente
Su oposición al marxismo vulgar, a su metafísica, a su etapismo, a su etnocentrismo y en contraposición su rescate del hombre como “motor de la historia”, su humanismo, su manera de concebir el socialismo y la liberación nacional como algo indisoluble..
La filosofía de la historia
José Carlos Mariátegui nunca se propuso (que yo sepa) crear una filosofía de la historia para América. Queda claro que su discordancia tiene más que ver con su formación previa y con la “forma de llegar” a Marx y de entender y aplicar sus elaboraciones que con una operación especulativa de laboratorio. Fundamentalmente concebía al marxismo como “método de análisis” y no como un conocimiento a priori y es por eso que nunca razona si no es desde la perspectiva de la revolución, no tiene preocupaciones ontológicas, ni busca en el marxismo “revelaciones” acerca del sentido último de la vida, busca una herramienta lo suficientemente apta para torcer los derroteros de la historia. Esto no quiere decir ni por lejos, que Mariátegui sea un practisista, todo lo contrario: Mariátegui cree (y lo dice) que una epistemología materialista es capaz de generar valores espirituales, lo cual es distinto y diametralmente opuesto, a hacer de la materia una religión (como de hecho fue el caso del marxismo vulgar). Por eso habla del “mito” porque cree que la historia la “… la hacen los hombres poseídos e iluminados por una creencia, por una esperanza superhumana” porque cree en la subjetividad que a su vez está comprendida dentro de la cultura en su acepción más amplia. Mariátegui tenía todos los elementos más importantes para estructurar dicha filosofía. No creía en una visión lineal de la historia, ni en aquello de que todos los pueblos debían pasar por las mismas etapas evolutivas, ni en leyes universales aplicables de manera indiscriminada y sin matices, ni en un determinismo fatalista y supranatural de la historia, lo cual lo pone (casi 100 años después) en total sintonía con las últimas concepciones sobre cada uno de estos temas. Él planteó en medio del positivismo, del mecanisismo newtoniano, del darwinismo social, una visión de América desde la perspectiva del dominado y no del dominador. Recordemos por un instante que el marxismo parte desde la perspectiva metropolitana del Manifiesto y de su modelo clásico (la sociedad inglesa), recordemos que es tributario de todo el pensamiento moderno y, por tanto, hace propio sus sueños y desvelos y también sus defectos
Aquella subjetividad del “siglo de las luces”, de los hombres de la Ilustración que emergían de las sombras del feudalismo europeo y que pensaban que el desarrollo de la ciencia, el predominio de la voluntad y la razón iban a forjar una nueva humanidad, hicieron que se sintieran como verdaderos mesías del desarrollo humano y, por tanto, les imprimiera una psicología de seres superiores que los llevó a incomprender lo distinto y a subestimarlo. Este fenómeno está en la base de la incapacidad del marxismo vulgar para aplicar las ideas de Marx a la realidad del Tercer Mundo. Así nació el marxismo como producto cultural de la Europa industrializada y esto es lo que aporta Mariátegui, una mirada no periférica y no por ello menos marxista. El monta ideas nuevas sobre una estructura preexistente, al mejor estilo martiano injerta lo mejor de lo universal al tronco de lo americano, y encuentra en el mito (como estructura mental
El mito es un hecho histórico con calidad de paradigma, que se recicla en el tiempo, que muda de personajes y que tiene generalmente un efecto civilizador ya que sirve de arquetipo ético, moral y social para una determinada comunidad de cultura. Ese esquema (como bien lo señala Kusch) sobrevive en el inconsciente colectivo de vastos sectores de nuestro pueblo.) un vehículo que puede penetrar la emotividad del hombre mestizo y a su vez colmar la sed existencial de todos y cada uno. Es lo que hace de su marxismo, un marxismo humanista ya que hace centro en el hombre, no un hombre objeto sino sujeto y le da un sentido heroico/trascendente, que es muchísimo más que lo que han hecho por él las religiones y la “enciclopedia”
Se refiere aquí a la “Enciclopedia Francesa” y al fenómeno descripto en la nota anterior..
La creación heroica
No se podría terminar esta introducción sin acomodarle al “amauta” su silla en la memoria, pero hay que decir que en eso también nos supo aventajar; porque cuando él nos habló de la “creación heroica” (aquella alternativa al tan trillado calco), automáticamente se situó al lado de la mejor tradición de los hijos de esta tierra. Digo esto y nombro a los hombres de todos los tiempos, desde Hatuey a Guevara y a los que van a morir. Digo esto y digo que él planteó la única real dicotomía, no la de “Civilización o barbarie”, la de “Prehistoria e historia”, sino la de ser o no ser nosotros mismos.
América está aun por descubrir… Colón la descubrió en 1492, nosotros aun no lo logramos. El marxismo (que es lo que nos interesa) nace como parte de esa “cultura grande de occidente” y bien es sabido por todos la influencia que los avances de la ciencia y del conocimiento han tenido sobre el materialismo desde la Grecia Antigua hasta nuestros días, por eso Mariátegui es casi un milagro, porque más intuitiva que racionalmente superó los estrechos marcos que el marxismo (en aquella versión mediterránea) le proponía para América y esto (aunque parezca lo contrario) no tendría que sorprendernos. Si usamos un poco nuestra imaginación podríamos entender perfectamente que viendo de frente las ruinas de Majchu Pijchu no nos puede “cerrar lo de la barbarie”. Hoy sabemos muchas cosas que ni Marx ni Mariátegui sabían. Sabemos que los pueblos americanos son tan antiguos como cualquiera; que provienen del mismo tronco cultural que los demás pueblos; que las migraciones existieron, pero que fueron de ida y vuelta y que nosotros recibimos tantas influencias como influencias ejercimos sobre los pueblos de todos los continentes. Sabemos también que las razas no existen ni existieron nunca y que un dinamarqués no es más inteligente que un congoleño. Sabemos que no hay determinismo de la historia, ni destinos grabados en una roca. Como dijo el “otro grande” “las condiciones objetivas ya hace rato que están dadas en nuestro continente”
Paráfrasis del Che y que en realidad lo que siempre se ha jugado en el fondo es una “batalla de ideas”… batalla de ideas porque si las condiciones objetivas siempre estuvieron, lo que faltan son las subjetivas y subjetividad es cultura, subjetividad es historia, autoestima, nihilismo si se quiere, creación heroica.
El marxismo americano no puede ser tampoco analizado fuera del fenómeno de la cultura americana, y el hecho es que su rasgo distintivo es la dominación, y la cultura oficial (que nos educó a todos y a cada uno) es una cultura diseñada para fijar en nosotros un “complejo de inferioridad” del cual no estuvo exento el pensamiento marxista ni ningún otro pensamiento en nuestro continente. Solo así se puede entender el discurso de Fidel en las escalinatas de la Facultad de Derecho, el “hombre nuevo” tiene que ser “nuevo” y no la utopía de occidente. El mito de Mariátegui tiene sentido porque en la América de la dominación (llámese conquista, colonialismo, imperialismo o globalización) no hay lugar para el posibilismo. El mito de la violencia (que es el de la revolución) no habla de una vía para la toma del poder, habla de lo irreconciliable de la historia, de lo radical de nuestros sueños, de que no hay otra opción que la emancipación total del hombre, y eso en América se llama liberación nacional y social. La palabra “mito” no es una metáfora, tampoco tiene el sentido peyorativo que le dan los dioses positivistas, el mito es la única forma de ser americanos, el mito une la razón y la emoción, la historia y los sueños, el mito es paradigma, es un hecho histórico y ejemplificador que cambia sus personajes pero que se recicla en el tiempo. Ese mito, ese paradigma es en América: la resistencia, la tozudez de una raza que se resiste a su exterminio (sea este físico, cultural, o civilizatorio). Por eso es que al principio dijimos que decir marxista, es decir, nada o muy poco. Mariátegui era mucho más que un marxista, porque pertenecía y pertenece a una tradición que excede los límites temporales del marxismo. Él igual que Bolívar, que Andrés Bello, que Martí, que tantos otros, eligió la “creación heroica”, eligió no pensar desde las fronteras de las grandes metrópolis sino desde el mismísimo centro de nosotros mismos. Por eso su marxismo está embrujado, porque tiene la densidad de esta tierra y es por eso que es más y no menos revolucionario que los demás. Podemos estar de acuerdo o no con él, podemos o no reivindicarlo, homenajearlo o parafrasearlo, pero si lo que no podemos hacer nunca es tergiversarlo. Si en todo caso fuera inexcusable dar una definición, yo diría (si me violentan la pluma) que fue simplemente un hijo de su tierra y de su tiempo (es decir: un marxista americano)… cosa que lo deja, lamentablemente, en compañía de muy poca gente.

