El problema de las nacionalidades indias en América
Introducción
Este trabajo es, en cierta forma, una continuación o complemento de “El partido revolucionario y la batalla cultural en América”, en el cual ya me referí en líneas generales, a nuestros pueblos originarios como una de las partes constitutivas fundamentales de nuestra cultura y a las características esenciales, que según mi parecer, tiene el proceso de aculturación en nuestro continente. Por tanto, por su carácter de continuación o complemento, aunque volvamos sobre ellos, vamos a dar por sentados muchos juicios y conceptos que en aquel otro se han vertido. Aquí de lo que se trata es de contribuir a la elaboración de una propuesta concreta de solución a este problema, que se halla indisolublemente ligada al desarrollo de una política cultural de nuevo tipo. Para encuadrar lo que aquí se diga, me parece oportuno precisar, que el presente trabajo parte de la premisa de que “toda revolución ha de ser un acto de la más absoluta justicia y por tanto de reparación histórica”.
Acerca del derecho a la nacionalidad
Como todos sabemos el estado y la nación no son la misma cosa, aunque no pocas veces se los confunde. El estado es una construcción jurídica
“…producto y manifestación de la inconciabilidad de las contradicciones de clase” Lenin, “El estado y la Revolución”
que no necesariamente tiene que coincidir con los límites de una nación, ya que una nación se puede hallar bajo la jurisdicción de varios estados y un estado puede estar integrado por una o varias naciones. La nación es entonces, una construcción eminentemente cultural y no jurídica en términos de estado, ya que el estado es una realidad física (territorial) y no necesariamente una “unidad de cultura”. “La nación es dato definible, pues sin territorio no hay nación, e institucional, pues sin normas sociales aceptadas por el grupo no hay vida social, y un hecho histórico, con su génesis y desarrollo, pues expresa el origen y permanencia en el tiempo del grupo institucionalizado, de la continuidad de las generaciones cuyos frutos se mantienen lozanos en el recuerdo de los vivos sobre el reposo y legado de los muertos, en primer término, por la lengua, “existencia y sangre del espíritu”, y además, por la aprobación supraindividual de parecidos valores pasados y presentes, con los cuales la comunidad nacional se reconoce así misma como unidad de cultura. [...] vemos que el ser nacional es el proceso de la interacción humana, surgido de un suelo y de un devenir histórico, con sus creaciones espirituales propias –lingüísticas, técnicas, jurídicas, religiosas, artísticas- o sea, el “ser nacional” viene a decir cultura nacional”
Hernandez Arregui “Que es el ser nacional?”
.
No cabe duda entonces, del derecho legítimo que tienen nuestros pueblos originarios, a ser considerados “Naciones indias”.
Acerca del derecho a la autodeterminación
Del derecho a la nacionalidad deviene el derecho a la autodeterminación y es aquí donde surge la polémica, porque lo que está en juego a partir del reconocimiento del derecho a la nacionalidad y a la autodeterminación es la posibilidad de escisión de una nación con respecto al estado nacional al que pertenecía, para constituir un estado nacional propio. Esta política ha sido alentada en todo el territorio de Europa del este, o sea la Europa antes socialista, los resultados no hace falta explicarlos (están a la vista de todos), han sido nefastos: las guerras interétnicas, el desmembramiento de los antiguos estados y la proliferación de pequeñas repúblicas minusválidas sin otro destino que engrosar las filas del subdesarrollo y la exclusión. Esa misma política con otras características se viene perfilando en América en torno a las comunidades indias. El trabajo de muchas misiones religiosas y organizaciones no gubernamentales en la amazonía, apunta, vía reconocimiento del derecho a la nacionalidad y a la autodeterminación, a la creación de nuevos estados que les permitan apoderarse de una región donde se hallan un sin número de recursos minerales y vegetales, la mayor parte de la biodiversidad genética del planeta y una parte importante del agua potable disponible. Por eso tenemos que ser muy cautos y muy claros con respecto a este tema.
El movimiento que se ha ido desarrollando históricamente en torno a nuestros pueblos originarios es muy vasto y heterogéneo, las mismas organizaciones indígenas muchas veces se encuentran muy lejos de representar los intereses indios y en contrapartida, no hacen más que representar en algunos casos, los intereses de los partidos tradicionales
Muchas veces estas organizaciones al ser institucionalizadas (o sea reconocidas por el estado), entran dentro del juego de la institucionalidad del sistema, o lo que sería lo mismo, del estado burgués, no solo quedando presos de su maquinaria, sino pasando a ser expresión política (o sea prolongación) de los distintos sectores de la burguesía que pujan por controlar el estado. De esta manera pierden su combatividad (dejan de ser genuinas) para pasar a ser funcionales a las distintas facciones de la burguesía que los oprime. Encontramos entonces que los diferentes partidos de la burguesía (al menos los predominantes) tienen su correlato en las organizaciones indias. En esto las organizaciones indias no se diferencian del resto de los movimientos sociales y organizaciones de masas.
. Fruto de esta diversidad de influencias ideológicas, nos encontramos también ante una diversidad de reivindicaciones, que van desde el derecho a la tierra o al de ser educados en su propia lengua, hasta la escisión del Estado Nacional de los más radicales. Si bien es cierto que existe un núcleo muy importante de reivindicaciones que es común a todos los pueblos y movimientos y que es producto incluso, de una elaboración colectiva a nivel continental, de dichas organizaciones indias, vamos a tomar aquí las de máxima para analizar el conjunto de la problemática.
Con respecto a la escisión, debemos primero analizar la justeza o no de tal reivindicación. Este tipo de posturas aunque extremas, no dejan de tener generalmente una base cierta o sea que es mi opinión que deben considerarse como justas. Desde el punto de vista de las naciones indias, como pueblos, como culturas que han sido diezmadas, masacradas, sometidas y condenadas a la desaparición, tienen derecho a pensar que los “estados nacionales” son la continuidad en el tiempo y en el espacio de aquello que comenzó el 12 de octubre de 1492; tienen razones sobradamente fundadas para sentir una desconfianza “genética” (valga el término) hacia cualquier hombre o mujer de tez clara. Es por tanto legítimo su derecho a pretender librarse de aquello que ha significado (y sigue significando) su ruina, su escarnecimiento, su casi desaparición, no solo cultural sino física. Esto es rigurosamente cierto e históricamente comprobable. Por otra parte este planteo es coincidente, con el que desde otro ángulo hacemos los marxistas cuando decimos que la dominación en América ha ido mutando de forma y no en su esencia. En “El partido revolucionario y la batalla cultural en América”, decíamos que “la conquista no era un hecho del pasado histórico sino un proceso que sigue abierto hasta nuestros días”. El colonialismo primero y los estados nacionales subordinados al imperialismo después, es a lo que se reduce la historia reciente de estos últimos cinco siglos en América. En el caso del indio, como lo señalábamos en aquella oportunidad, la explotación ha sido doble: una explotación económica (que lo incluye en el mismo fenómeno en el que están inmersos vastos sectores de nuestra sociedad) y la segregación por su condición de indio a manos de una “cultura oficial” arquitectada sobre la base de la supremacía de los valores occidentales y cristianos. Que otra actitud podrían tener ante un estado que no los representa y que los ha hecho, prácticamente desaparecer ya no solo culturalmente, sino hasta de manera física por casi 200 años?. Es prácticamente imposible de determinar los millones de indios que han muerto a lo largo de estos más de 500 años, como fruto de esta interacción de culturas. Entonces es de entender que los pueblos originarios hayan desarrollado culturalmente a lo largo de estos últimos siglos, una desconfianza lógica hacia todo lo que no es su propia cultura, a la cual revalorizan cada vez más a medida que avanza el proceso de descomposición de la especie humana a que nos ha llevado la lógica capitalista, que ha logrado subvertir la cualidad de lo humano, al posibilitar que los objetos se independizaran del hombre. No creo que sea casualidad, que los pueblos originarios sean uno de los sectores más radicalizados de nuestro continente en los últimos tiempos.
Meses antes de la revolución Lenin reflexionaba acerca de este problema y decía lo siguiente: “El proletariado no puede dejar de luchar contra la retención violenta de las naciones oprimidas dentro de las fronteras de un Estado dado, y eso significa luchar por el derecho a la autodeterminación. El proletariado debe reivindicar la libertad de separación política para las colonias y naciones oprimidas por “su” nación. En caso contrario el internacionalismo del proletariado quedará en un concepto huero y verbal”. Queda claro entonces (al menos para Lenin) que el partido revolucionario debe apoyar las reivindicaciones de los pueblos originarios y su derecho a la autodeterminación. Pero al mismo tiempo ese partido tiene que lograr la comprensión, por parte de las naciones, que es contra el estado burgués contra quien luchamos y no contra el estado a secas y que un “estado de nuevo tipo”, que represente los intereses de los sectores explotados de la sociedad, podrá establecer una nueva relación con las nacionalidades, garantizando su autonomía política y su integridad cultural.
Sobre la condición indígena
En América viven aproximadamente cincuenta y un millones y medio de indios reconocidos como tales (o sea en estado puro) lo cual vendría a representar, en el caso de que estuvieran circunscriptos a un mismo territorio, uno de los países más grandes del continente, solo superado en población por EEUU, Brasil y México. En algunos países los pueblos originarios representan más del 50% de la población total, en otros más del 30%, salvo los casos de Uruguay, Argentina, EEUU y las islas del Caribe, en el resto de nuestros países constituyen una realidad insoslayable. En realidad si miramos las cifras estadísticas, no sin sorpresa caeremos en la cuenta, de que es la “raza blanca” la que prácticamente no existe en estos lares. América es un continente claramente mestizo en un porcentaje que va desde el 70 al 80% y donde, como veremos más adelante, es muy difícil delimitar lo indio, de lo blanco, de lo negro. Este es un dato que me parece sumamente importante para que lo tengamos en cuenta, ya que el hecho de que la cultura oficial-dominante sea netamente eurocéntrica, nos provoca la sensación de que es lo indio, lo negro y lo mestizo, lo irreal, lo extemporáneo.
Pero en definitiva estos datos pueden solo darnos una idea de las proporciones del fenómeno que analizamos, pero no constituyen un dato que pueda ser determinante a los fines de este trabajo, porque como veremos ahora, es muy difícil de evaluar este problema en términos nominales.
Los estudios e investigaciones efectuadas en las últimas décadas han demostrado hoy de manera contundente que la teoría de las razas es insostenible desde el punto de vista científico. Las razas simplemente, no existen, ya que la diferencia genética entre los diferentes grupos humanos que habitan nuestro planeta es, aunque parezca increíble, casi nula. Lo que nosotros percibimos como tipos raciales (por llamarlo de algún modo), en realidad son adaptaciones al medio ambiente, al hábitat en que cada grupo tuvo que sobrevivir y desarrollarse. Esas diferenciaciones son producto de un largo proceso de adaptación y de selección natural, que permite que solo sobrevivan los individuos con determinadas características favorables a las dificultades que el medio les presenta. Por eso hoy se habla, con mucha más precisión, de comunidades de cultura. Las estadísticas a las que hacíamos mención más arriba, generalmente están estructuradas sobre la base de la línea de descendencia, familia lingüística o el lugar físico donde esa persona reside o a la comunidad que pertenece. Son ciertamente datos engañosos, porque ni el hábitat o lugar de residencia (por más que este sea la comunidad indígena), nos dice nada sobre la condición de indio, porque como vimos al principio la nacionalidad es un fenómeno esencialmente cultural y las culturas interactúan, al punto que una puede hasta llegar a sustituir completamente a otra.
Ya hemos hablado en “El partido revolucionario y la batalla cultural en América”, sobre los procesos de aculturación y su complejidad (y sobre ellos volveremos más adelante). Hablamos también de lo que Kusch llamó “fagocitación”, o sea que si bien se registra una aculturación de lo occidental sobre lo americano en el plano material de los objetos, también se da un proceso inverso de aculturación de lo americano sobre lo occidental, en el plano espiritual (esta es la fagocitación de la que nos habla Kusch). Entonces vemos que la aculturación en América es un proceso de doble direccionalidad que se desarrolla con mucha vitalidad y gran dinamismo y cuyas mayores contradicciones se manifiestan fundamentalmente en lo mestizo y por tanto, por ser este el mayor segmento de nuestras sociedades, es que la interacción, la aculturación mutua es el rasgo característico del proceso. Pero ahora, para poder determinar con total exactitud: “que es ser indio”, vamos a analizar otro fenómeno que se da en el marco del proceso de aculturación en nuestro continente, aunque no de una manera determinante. Este fenómeno que podríamos llamar de “negación”, tiene que ver con el hecho de que el rasgo definitorio del proceso de aculturación en América, es la dominación.
Partiendo del hecho de que esa cultura que ejerce el poder “es una cultura superior” y que por tanto “es imposible de subvertir”, el individuo en cuestión, trata de asimilarse lo más rápidamente posible a la cultura oficial, haciendo suyos sus valores, al tiempo que reniega de su propia cultura. No podemos dejar de considerar que aquí se produjo un genocidio de proporciones gigantescas, sin duda el más grande de la historia. El “encuentro de culturas” fue conquista y exterminio y ausencia de colonización (salvo en el norte del continente) y es en este sentido que la “leyenda negra” no es leyenda sino verdad histórica
Hernandez Arregui, dice que la leyenda negra fue un invento de los ingleses para subvertir el poder colonial español en América, lo cual sin dejar de reconocer que dicha afirmación tiene mucho de cierto, formulado así de manera categórica, me parece un despropósito.
. Los pueblos originarios han sido sin duda los más castigados por este proceso de dominación material y espiritual. Tanto el poder colonial, como los estados nacionales han amenazado seriamente la existencia misma de los pueblos indios. Ni el colonialismo, ni el imperialismo son posibles sin la explotación, la sobreexplotación y la domesticación cultural (espiritual) como fin último. Dentro de la sociedad dividida en clases, los primitivos habitantes pasaron a ocupar la base de la pirámide social, la esclavitud los llevó al exterminio
Es casi imposible calcular los millones de indios que murieron en las primeras décadas de la conquista y mucho más difícil todavía, en estos más de 500 años. Se calcula que 110 los millones de indios que habitaban este continente hacia 1492, hace un rato nosotros decíamos que hoy solo alcanzan un poco más de la mitad de esa cifra lo cual nos indica que si pudiéramos calcular el crecimiento demográfico que estos pueblos tuvieron a lo largo de la segunda mitad del milenio pasado, caeríamos en la cuenta que la cifra de los asesinados directa o indirectamente por los hombres de occidente sería equivalente a la población indígena actual multiplicada por dos, por tres o quizás por cuatro, sin que esto constituya ninguna exageración En los primeros cincuenta años de la conquista fueron exterminados la totalidad de los indios del Caribe. Ocho millones murieron en las minas de plata del Potosí. En México en Brasil y Paraguay. En la conquista del desierto patagónico, en el chaco argentino o el oeste norteamericano. En las campañas de esterilización de las misiones protestantes, de la Alianza para el Progreso o las ONG. En las matanzas de los “bandeirantes o fazendeiros”. En los ametrallamientos en la selva paraguaya, brasileña, guatemalteca o colombiana que se llevan acabo hoy ante nuestros ojos.
. La negación fue entonces uno de los caminos posibles ante la conquista (el otro es el sincretismo). El indio por su psicología, por su cosmovisión (para ser más exactos) difícilmente era pasible de ser dominado, la condición de esclavo simplemente terminaba con su vida misma. Prefirió entonces mientras pudo, la rebelión, que no es otra cosa que la reafirmación de su propia cultura. En el negro por una serie de razones
El desarraigo, el haber llegado a estas tierras esclavizado (incluso con años de esclavitud en Europa, como es el caso de los negros “curros”, o de haber sido esclavizado por otras naciones negras en Africa, como generalmente sucedía), el hecho de conformar grupos heterogéneos (con distinta nacionalidad y religión), hizo que le llevara un tiempo considerable reagruparse culturalmente en América y mucho más aún reafirmarse y recuperar su autoestima.
se dio el proceso inverso. Si bien protagonizó grandes rebeliones, si bien a lo largo del proceso de aculturación se fue reafirmando como cultura, su negación es más clara, más visible que la del indio. El cruzamiento forzado
Esto tiene que ver no solo con los ultrajes cometidos por los vencedores sobre las mujeres indias y africanas, sino también con el hecho de que los esclavos eran generalmente castrados para que rindieran más en el trabajo, quedando la reproducción en manos de algunos pocos esclavos, pero por sobre todo del amo.
de las mujeres indias y africanas con el conquistador produjo una capa social (el mestizo) que por llevar la sangre del invasor gozó de ciertos privilegios con respecto al esclavo, en el marco de la sociedad colonial, situación que en cierta forma se trasladó culturalmente a la república luego del proceso emancipador. Esto produjo un proceso de “blanquitud” (por llamarlo de algún modo) o sea de liberación social a través del mestizaje con el amo blanco. La madre negra prefería que su hijo fuese mulato y la mulata, que fuera más blanco que ella, para liberarlo de las penurias a las que estaba atada su propia vida, penurias que generalmente, solo la muerte, generosa, podía remediar
Este fenómeno ha sobrevivido culturalmente hasta nuestros tiempos ya no es la esclavitud, sino el eurocentrismo el determinante. En Cuba socialista (donde seguramente como en ningún otro lugar del mundo los negros, no padecen de ningún tipo de discriminación, ni de limitación de ningún tipo) a nivel del pueblo subsiste una clasificación de siete tipos distintos de negros, diferenciados no solo por el tono de su piel, sino por la forma de sus labios, de su nariz, o tipo de pelo y donde entre ellos mismos tienen mayor “aceptación” (por así decirlo) aquellos cuyas características lo acercan más al tipo europeo. Creo que el ejemplo más conocido internacionalmente es el del cantante Michael Jakson.
. También se da como parte de este fenómeno la misma situación que se daba en los campos de concentración nazis, donde eran los mismos prisioneros los que fungían muchas veces de guardianes, es en este sentido por todos conocido el caso de los “mayorales” o capataces, tanto en la colonia como en la república. Con el transcurso de los siglos el fenómeno que aquí hemos llamado “negación”, se ha hecho cada vez más frecuente, debido fundamentalmente al sistema educativo (que transmite los valores e ideales occidentales y cristianos) y a los medios masivos de comunicación, principales medios de penetración cultural y de desinstalación de nuestra memoria
No conozco ningún producto que tenga en su etiqueta un negrito con moticas, o con cara de cholo o de jíbaro.
. A este fin han contribuido los desplazamientos poblacionales producidos por las crisis socioeconómicas, que empujan a las comunidades a la gran ciudad, con todo lo que ello conlleva a nivel emotivo del individuo: desarraigo, pérdida de identidad, inseguridad. Ante la burla y la discriminación, que el cholo, el guajiro, el cabecita negra, sufren a manos del citadino o hasta de sus propios hermanos que llegaron antes, lo que busca es asimilarse lo más rápidamente posible, mimetizarse y hasta “disfrazarse” de blanco, para ser reconocido como igual y por tanto acceder en igualdad de condiciones a las posibilidades que el mundo blanco de las ciudades le ofrece.
Todos estos mecanismos, que sin duda son infinitamente más complejos, hacen de la negación un fenómeno extremadamente vigente, sobre todo en los tiempos “de la gran aldea global”, donde no pocos son los que creen que de no asimilarse quedaran sencillamente fuera del mundo. Esto hace (como apuntábamos más arriba) que sea muy difícil determinar la pertenencia cultural de un individuo basándonos pura y exclusivamente en sus ancestros, en su lugar de origen, en su lengua o en su apariencia, ninguna de estas cosas es definitoria a la hora de determinar la identidad, el grado de aculturación, de negación o reafirmación de la propia cultura. Esto nos lleva a concluir en que “indio es solo aquel que se reconoce como tal”, más allá y a pesar de su ascendencia o lugar de origen, al punto que muchos mestizos deben ser considerados indios ya que lo son cultural y emotivamente, de la misma manera que muchos indios no pueden ser considerados como tales ya que se han asimilado de tal forma a la cultura oficial dominante al punto de renegar de su origen, de su historia, de sus tradiciones y valores. Esto no niega pero creo que si relativiza los parámetros antropomórficos, lingüísticos, históricos y demás.
Primera aproximación
Nuestra primera aproximación al problema (como partido revolucionario) tiene que ver entonces con definir nuestra postura, delimitar el marco en el cual nosotros abordaremos este problema y prefijar las principales tareas que tendremos que llevar a delante en la etapa inicial de nuestro accionar político en lo atinente al problema de las nacionalidades indias.
Creo entonces que vamos a coincidir en reconocer como tales a las naciones indias de nuestro continente. La primera consecuencia de este reconocimiento es la reformulación de nuestra idea de estado nacional. Tenemos que empezar a concebir a nuestros estados como estados plurinacionales y por tanto pluriculturales. Lo segundo es apoyar, o mejor dicho, tomar como propias sus justas reivindicaciones. Debemos realizar un trabajo arduo sin duda, para derrotar los prejuicios de los indígenas para con los que no lo son. Si bien como ya dijimos anteriormente, reconocemos los fundamentos de esta situación, debemos luchar contra “el racismo indígena” y contra todo etnocentrismo (provenga de donde provenga), porque nosotros asumimos la tarea de formular una cultura mestiza, mestiza no por negación, sino por asimilación, porque para nosotros la nueva sociedad, la nueva cultura, se tiene que nutrir de las aportaciones de todos los pueblos que se reconocen como hijos de esta tierra. Es la síntesis y no la sustitución de esas aportaciones lo que nos dará la identidad. Nosotros tenemos que garantizar el diálogo y la interacción en igualdad de condiciones, un proceso gradual de aculturación no-traumática, de homologación cultural, que nivele, enriquezca y sintetice los diferentes planos de lo americano. Ni leyenda negra, ni eurocentrismo. América es un hecho consumado y nada podemos hacer para modificar nuestro pasado histórico. Podemos y debemos como revolucionarios hacer justicia, corregir los rumbos de la historia, pero no podemos detener su curso y mucho menos ignorarla tratando de retrotraernos a épocas anteriores que ya pertenecen a la memoria de los pueblos.
Las razas fueron un invento de quienes quisieron con éxito dominarnos y es un terrible error seguir planteando el problema en términos de indios contra blancos o de blancos contra indios. Fue fundamentalmente el carácter económico y por ende social de la irrupción de las culturas advenedizas en América, lo que determinó las características del proceso de aculturación en el continente. No fue la “perversión” de una raza, sino el carácter de la conquista.
La aculturación es un proceso natural y ya existía en América antes de la llegada de los iberos
La aculturación en América no es un fenómeno pura y exclusivamente poscolombino. La aculturación es un fenómeno natural y común a todos los pueblos en el sentido que las culturas no son estáticas y permanentemente se modifican, evolucionan y a su vez reciben las influencias (traumáticas o no traumáticas) de otros pueblos, sobre todo (no excluyentemente) si son más desarrollados. Es en este sentido que las culturas tienden o bien a sustituirse o bien a homologarse (igualarse). Esto explica en América la existencia de grandes “áreas culturales’ u horizontes (andino, mesoamericano, circuncaribe, amazónico). Ibarra Grasso ha desarrollado investigaciones que atribuyen a las “sociedades secretas de varones” un inminente rol aculturador o civilizador, lo que explica por ejemplo que un pueblo como el guaraní posea una concepción cosmogónica cuaterna, que no se condice con su estado de desarrollo y que solo pudo haber sido incorporada como propia a través de la influencia de sus vecinos andinos.
, el problema es que en América el rasgo distintivo fue la dominación, dominación sobre la base de la sustitución y no de la asimilación. Pero pretender renegar de esa cultura que nos llegó de allende los mares sería como cortarnos una mano
De la misma manera que la cultura árabe dio su nota más alta en la península Ibérica, lo hispano dio para muchos su nota más alta en nuestro continente. La riqueza de esta cultura ha impregnado toda nuestra cultura (incluso la tradicional o popular) y es parte constitutiva de suma importancia del torrente cuantitativamente más importante y cualitativamente más rico, que es el mestizaje.
. Si bien la síntesis definitiva no se ha logrado como consecuencia del etnocentrismo del conquistador, no quiere esto decir que las culturas no hayan interactuado, que no se haya producido una mixtura, un cierto amalgamamiento, del que se halla preñado toda nuestra cultura popular. Las culturas jamás son estáticas, nunca en ningún tiempo ni bajo ninguna circunstancia lo fueron, porque el hombre además de ser un ser social, es un ser histórico. Es un error lamentablemente demasiado común, pretender reconstruir, revitalizar las culturas originarias de América a través de un pretendido salto atrás de 500 años, esto simplemente es imposible. América como ya dijimos es un hecho consumado y es necesario que lo asumamos de esa forma, somos hijos de una violación, pero no por ello somos menos humanos, menos dignos, menos ricos y originales. Para nosotros no es solo un acto de justicia, de reparación histórica, para nosotros las culturas originarias deben ser una herramienta a la que no podemos renunciar, de la que no podemos prescindir par arquitectar esa otra cultura que logre liberar todas las potencialidades de nuestro pueblo. Por eso no solo debe preocuparnos su supervivencia, más allá de lo que cuantitativamente representen dentro de nuestros estados nacionales, sino que además debemos garantizar su revitalización y continuo desarrollo, porque es a través de su aporte que nosotros vamos a corregir el eurocentrismo que posibilitó que nos colonizaran mentalmente y que nos ha hecho vivir en la eterna contradicción de no saber a donde pertenecemos, porque de hecho mucho de ese mundo precolombino subsiste en nuestro inconsciente colectivo, en nuestra emotividad, en nuestra forma de ver y de sentir el mundo que nos rodea. Ese es el marco dentro del cual nosotros debemos abordar este problema. La nuestra es una lucha contra el racismo, el etnocentrismo y por esclarecer que no es el “estado”, sino el “estado burgués” el que ha sometido no solo a los pueblos originarios, sino también a los mestizos y blancos pobres, el problema del indio es también el problema de la lucha de clases
Persiste con mucha fuerza en nuestro continente una corriente indigenista sumamente conservadora que pretende reducir el problema del indio a un tema estrictamente cultural. José Carlos Mariátegui “en sus siete ensayos” creo que es sin lugar a dudas uno de los primeros (quizás junto con González Prada) que pone el tema del indio en su real dimensión.
y nosotros debemos lograr el encuentro de todos los agredidos por el sistema capitalista cuya lógica del rédito material y de la máxima ganancia no ha reparado nunca ni lo hará, en los pueblos ni en las diversas culturas. Nosotros reconocemos el derecho a la nacionalidad, a la autodeterminación, a la autonomía política y económica de los pueblos indios, pero pensamos que no es la secesión, si no el desmantelamiento del estado burgués y la edificación de una sociedad justa y fraterna, la única solución real y posible, no solo para el indio sino para el pueblo todo.
El manifiesto Tiawanaku
A continuación vamos a reproducir un fragmento del Manifiesto de Tiawanaku
Escrito en 1973 en La Paz, Bolivia. Firman el mismo Centro de Coordinación y Promoción Campesina MINK’A / Centro Campesino Tupac Catari / Asociación de estudiantes Campesinos de Bolivia / Asociación Nacional de Profesores Campesinos.
, no porque este sea “el documento”, sino para que tengamos de primera mano, una visión de los planteos y razonamientos de las organizaciones indias. En ese sentido el presente manifiesto es representativo de muchos otros que en distinta época se han dado a conocer y a los que me atrevería sin duda a incluir, las cartas del Subcomandante Marcos y demás documentos del EZLN:
Nuestra cultura como primer valor
El proceso verdadero se hace sobre una cultura. Es el valor más profundo de un pueblo. La frustración nacional ha tenido su origen en que las culturas Quechua y Aymará han sufrido siempre un intento sistemático de destrucción. Los políticos de las minorías dominantes han querido crear un desarrollo basado únicamente en la imitación servil del desarrollo de otros países, cuando nuestro acervo cultural es totalmente distinto. Llevándose de un materialismo práctico han llegado a creer que el proceso se basa únicamente en los aspectos económicos de la vida.
Los campesinos queremos el desarrollo económico pero partiendo de nuestros propios valores. No queremos perder nuestras nobles virtudes ancestrales en aras de un pseudo-desarrollo. Tememos a ese falso desarrollismo que se importa desde fuera porque es ficticio y no respeta nuestros profundos valores. Queremos que se superen trasnochados paternalismos y que deje de considerarnos ciudadanos de segunda en nuestro propio país.
No se han respetado nuestras virtudes ni nuestra visión propia del mundo y de la vida. La educación escolar, la política partidista, la promoción técnica no han logrado que en el campo haya ningún cambio significativo. No se ha logrado la participación campesina porque no se ha respetado su cultura ni respetado su mentalidad. Los campesinos estamos convencidos de que solamente habrá desarrollo en el campo y en todo el país, cuando nosotros seamos los autores de nuestro progreso y dueños de nuestro destino.
La escuela rural por sus métodos, por sus programas y por su lengua es ajena a nuestra realidad cultural y no solo busca convertir al indio en una especie de mestizo sin definición ni personalidad, sino que persigue igualmente su asimilación a la cultura occidental capitalista. Los programas para el campo están concebidos dentro de esquemas individualistas a pesar de que nuestra historia es esencialmente comunitaria.
Segunda aproximación
Definida ya nuestra posición como revolucionarios y en conocimiento de la problemática y los reclamos concretos de las naciones indias, queda claro que en toda la etapa anterior a la toma del poder, el trabajo para con los pueblos originarios es un trabajo esencialmente político/ideológico orientado en primera instancia contra el racismo tanto de ida como de vuelta. Segundo para lograr la comprensión de que además de un problema cultural/ideológico, el problema de los pueblos originarios es un problema de clase y por tanto debemos trabajar por la articulación de las reivindicaciones indias con el resto de las reivindicaciones de la clase. Esto no tendría mayores complicaciones (estaría dentro de las “generales de la ley” del accionar de la organización revolucionaria) y en todo caso el programa de acción política y las tácticas a seguir, obviamente tendrán que ser elaboradas o reelaboradas sobre el terreno. Lo que hace a la intencionalidad de este folleto, es la propuesta concreta de solución del problema por parte del nuevo estado revolucionario.
El estado revolucionario como garante del proceso de aculturación y de reparación histórica
La primera dificultad que va a tener que enfrentar este proceso, tiene que ver con una cuestión física. En la mayoría de los países del continente (salvo Argentina y EEUU) la población originaria y mestiza que comparte su cultura, no está mayormente circunscripta a un espacio físico determinado, sino que se halla mixturada y hasta a veces mimetizada con el resto de la población. En este caso el único vehículo para alcanzar la síntesis cultural es el sistema educativo (aunque no de manera excluyente). La política cultural del nuevo estado debe desarrollarse en los términos expresados en nuestro anterior trabajo, partiendo de la base de la pertenencia a un estado multinacional, pluricultural y multiétnico, por tanto el contenido y la forma debe estar en concordancia con los objetivos de la nueva política cultural del estado. Es decir de sintetizar culturas diferentes en igualdad de condiciones. El rescate histórico de los pueblos originarios y sus luchas, el estudio en profundidad de sus culturas y el reconocimiento de sus lenguas como lenguas oficiales del estado nacional en igualdad de condiciones con el castellano, son solo algunas de las medidas a tomar en este campo. Estos lineamientos que deben regir la nueva política educativa son muy diversos y no es la intención de estos apuntes profundizar en ellos de manera pormenorizada, sino más bien centrarse en el caso de las comunidades que conviven en un espacio físico determinado.
Ha habido históricamente infinidad de experiencias tanto institucionales como privadas, que han pretendido desde diversas posturas ideológicas, dar solución al problema del indio, cosa que desde ya nos parece meritorio independientemente del grado de acierto o de éxito de dichas políticas. El hecho es que no pocas han padecido una enfermedad letal para un proceso tan complejo como es la aculturación y esa enfermedad se llama mesianismo.
Lo primero que debe cuidar el orden revolucionario es no caer en el mesianismo, llámese este paternalismo, llámese positivismo, llámese superioridad intelectual, cultural o ideológica, llámese simple voluntad de hacer las cosas bien. El problema del indio lo tienen que solucionar (por decirlo de la manera más simple) los propios pueblos indios. El nuevo estado tiene que ser garante de ese proceso, tiene que ser quien lo regenteé, quien lo fiscalice, quien lo lleve a buen puerto. Tenemos que partir de la base que este es un proceso de aculturación mutua y por tanto un proceso que se lleva a cabo en igualdad de condiciones, pero que debe respetar los tiempos y las formas de las comunidades a quienes queremos restituir sus derechos. El nuevo estado deberá regular junto con las comunidades la intensidad del proceso, el grado de contacto entre ambas cosmovisiones, la graduación de los cambios, los tiempos necesarios para que no sean traumáticos, para que no se pierda la riqueza de valores y elementos de esa cultura que el nuevo estado considera aporte fundamental para arquitectar una cultura de nuevo tipo pero de honda raíz americana. Esta política debe pasar en principio por ser parte activa e interesada en la tarea de fortalecer la identidad de las naciones indias, no solo bregando por su desarrollo material, sino ayudándolos a recuperar su historia
Esto tiene que ver con poner por vez primera en la historia de la humanidad, a las ciencias arqueológicas al servicio de los pueblos que han sido su objeto de estudio.
y ponerlos a salvo (desde el punto de vista cultural) de las buenas intenciones de los grupos religiosos, de las organizaciones no gubernamentales y de los particulares, quienes pueden ser parte de este proceso pero que estarán bajo la supervisión del nuevo estado y deberán atenerse a las políticas, a los modos y a los tiempos que este fijara de antemano con las comunidades, porque no está demás decirlo, el daño que muchas veces se le ha infligido desde posturas supuestamente progresistas a las comunidades a superado con creces los beneficios (en el caso que estos hayan existido) que le pudieran haber ocasionado.
Breve historia de la tierra
En la América inmemorial (igual que en el resto del planeta) solo existía la propiedad colectiva o comunitaria de la tierra, tanto el “callpulli” mexicano como el “ayllu” andino (por tomar dos de los horizontes culturales más importantes del continente) eran un ejemplo de organización comunitaria. El individuo en ambos casos no tenía la propiedad de la tierra, sino que esta descansaba sobre la comunidad. El hecho de que al mismo tiempo los individuos pudieran usufructuar de pequeñas “hijuelas” a título personal a motivado una serie de discusiones y malos entendidos. Lo esencial es que el individuo no podía enajenar la tierra que trabajaba, ni esta era pasible de ser heredada por su descendencia (aunque de hecho generalmente sucediera que los hijos siguieran trabajando las tierras que habían sido de su padre). Existía una combinación no de la propiedad (ya que en ambos casos la propiedad era comunitaria) sino del usufructo de la tierra y esto tal vez se explique en cierta forma por la existencia del estado. La parcela particular o hijuela, estaba destinada a la subsistencia del grupo familiar y a una cierta economía informal y las tierras colectivas para el beneficio del pueblo y del culto. Esos excedentes de las tierras colectivas estaban destinados a mantener no solo a los sacerdotes y señores (que tenían en el Inkario sus propias tierras) sino para los artesanos, los ejércitos y sobre todo como reaseguro del estado ante las sequías, las guerras y otras catástrofes. Todos los cronistas coinciden en el hecho de que estos pueblos eran sumamente prósperos y no conocían el hambre. Hay quienes han catalogado (a mi parecer) ligeramente a este sistema de feudal o señorial y aunque no sea el motivo de estos apuntes, quiero dejar abierta esta discusión, en el sentido de que estas “teocracias americanas” eran algo mucho más complejo que un simple señoralismo o feudalismo; para dar solo un ejemplo de esto voy a remarcar el hecho, reconocido por los propios cronistas españoles, de que una vez desarticulado el Inkario, no pudieron lograr que los artesanos que trabajaban directamente al servicio del Inca, confeccionaran para ellos las mismas prendas y utensilios, ya sea por la coacción, ya sea retribuyéndoles materialmente, lo que hacían de buen grado y desinteresadamente para el Inca. En el mismo sentido jamás consiguieron que los amautas les revelasen ninguno de sus secretos y conocimientos. Esto habla claramente de una relación que excede largamente, a cualquier reduccionismo economisista.
Durante la colonia la Corona española tuvo la voluntad de respetar la propiedad comunal lo cual se desprende de las mismas “Leyes de Indias”, lamentablemente el conquistador favorecido por la enorme distancia que lo separaba de la metrópoli no hizo en general, caso alguno de esta legislación. En el libro “La comunidad indígena en América y Chile” Alejandro Lipschutz ilustra claramente esto que decimos, extractando artículos de esa legislación donde queda claramente manifiesto el carácter proteccionista para con las comunidades:
1588 “Que los repartimientos de tierras, así en nuevas poblaciones como lugares y términos que ya estuvieren poblados, se hagan con toda justificación, sin admitir singularidad, accesión de personas, ni agravio de los indios” (lib IV, tit. XII, 1. VII)
1594 “Que las estancias y tierras que se dieren a los Españoles sean sin perjuicio de los indios y que las dadas en su perjuicio y agravio, se vuelvan a quien de derecho pertenecen” (lib.IV, tít. XII, 1. IX)
Sin embargo el neofeudalismo (utilizamos el término neofeudalismo porque en realidad en la metrópoli se estaba dando un proceso inverso, es decir se estaba pasando del divisionismo feudal, al centralismo monárquico) de los encomenderos significó una gran expropiación de las mejores tierras incluidos los que en ellas habitaban. No obstante en la época de la colonia, jurídicamente las comunidades (y por ende la propiedad comunal de la tierra) estaban reconocidas y protegidas, lo que en cierta forma significó un freno para ese neofeudalismo y posibilitó la supervivencia (aunque reducida a la mínima expresión) de la comunidad. Esto explica en parte porque la presencia de algunas parcialidades, luchando en el bando realista durante la guerra de la Independencia.
Con la instauración de los gobiernos revolucionarios durante el siglo XIX, la antigua propiedad comunal pasó a ser en gran medida, propiedad individual. Esta medida revolucionaria coherente con el dogma de la revolución burguesa y con la cual se quiso beneficiar al indio, tuvo consecuencias nefastas que vinieron a sumarse al ya franco proceso de pauperización y desaparición de estas culturas. Dice Alejandro Lipschutz en relación a una serie de decretos que Simón Bolívar firmara el 8 de abril de 1823, mientras ejercía el poder en Perú: “Este decreto es de importancia suma para la comprensión de todo el problema de la comunidad indígena. En su artículo 1 se decreta que se venderían todas las tierras del estado por una tercera parte menos de su tasación legítima; y oigamos lo que sigue: Art. 2 No se comprenden en el artículo anterior las tierras que tienen en posesión los denominados indios; antes bien se les declara propietarios de ellas para que puedan venderlas o enajenarlas de cualquier modo” (subrayado AdeM). Lipschutz, luego de señalar que no cree que se trate de un desliz (el fragmento que hemos subrayado), pasa a transcribir el artículo tercero de aquellos decretos y un articulado que el Libertador sancionara 15 meses después de los antes mencionados.
Art. 3 Las tierras llamadas de comunidad, se repartirán conforme a ordenanzas a todos los indios que no gocen de alguna otra suerte de tierras quedando dueños de ellas, como lo declara el art.2 y vendiéndose los restantes según el art. 1
Considerando
III Que mucha parte de las tierras aplicables a los llamados indios se hallan usurpadas con varios pretextos por los caciques y recaudadores.
IV Que el uso precario que les concedió el gobierno español, ha sido sumamente perjudicial a los progresos de la agricultura y a la prosperidad del Estado.
V Que la Constitución de la República no reconoce la autoridad de los caciques, sino la de los intendentes y gobernadores de los respectivos distritos.
He venido a decretar y decreto
Art.2 En la masa repartible se incluirán aquellas (tierras) de que se han aprovechado los caciques y recaudadores por razón de su oficio, esclareciéndolas los comisionados para la venta y distribución de las tierras.
Quiero dejar claro (sobre este particular) que no estoy dudando en modo alguno de la buena voluntad de los revolucionarios de la primera independencia, lo que si resulta obvio es que en este particular las limitaciones ideológicas del proyecto que encarnaban, obviamente no posibilitaban la solución de este tipo de problemas. No nos olvidemos que estamos en los primeros años del siglo XIX y que lo que se está desarrollando en todo el mundo es la revolución burguesa, por ende la nueva legalidad revolucionaria se funda sobre la base de la propiedad individual y la igualdad ante la ley (entre otras cosas). Hoy sabemos que esa legalidad no pudo materializar los propios postulados que pretendía encarnar: “Libertad, igualdad y fraternidad” son palabras vaciadas de contenido, en el marco de la sociedad capitalista. El peruano González Prada escribía (en 1904), respecto a esta legalidad, lo siguiente: “No se escribe pero se observa el axioma de que el indio no tiene derechos sino obligaciones. Tratándose de él, la queja personal se toma por insubordinación, el reclamo colectivo por conato de sublevación. Los realistas españoles mataban al indio cuando pretendían sacudir el yugo de los conquistadores, nosotros los republicanos nacionales le exterminamos cuando protesta de las contribuciones onerosas, o se cansa de soportar en silencio las iniquidades de algún sátrapa.”y ya sobre el final sentencia: “La condición del indígena puede mejorar de dos maneras: o el corazón de los opresores se conduele al extremo de reconocer el derecho de los oprimidos, o el ánimo de los oprimidos adquiere la virilidad suficiente para escarmentar a los opresores. Si el indio aprovechara en rifles y cápsulas todo el dinero que desperdicia en alcohol y fiestas, si en un rincón de su choza o en el agujero de una peña escondiera un arma, cambiaría de condición, haría respetar su propiedad y su vida. A la violencia respondería con la violencia, escarmentando al patrón que le arrebata las lanas, al soldado que le recluta en nombre del gobierno, al montonero que le roba ganado e bestias de carga.”
A mediados del siglo XX varios procesos revolucionarios de corte nacional repitieron este error, a través de la implementación de la reforma agraria en el marco del sistema capitalista. Y es que la propiedad al pasar a ser individual es pasible de ser enajenada y entra en las generales de las leyes del mercado, lo que produce en la práctica que los latifundios terminen devorándola. Es más estos latifundistas propiciaron la reforma y no solo por apropiarse de las tierras ante comunales sino porque les permitió cautivar la mano de obra indígena que solo requerían durante determinados periodos del año
Este es el caso de la vendimia, de la zafra de caña, de la cosecha de algodón, tabaco, etc.
. La idea era proveer al indio o al campesino mestizo una parcela que no alcanzara más que para su subsistencia, pero que lo fijara a un sitio y lo obligara a vender su fuerza de trabajo en la explotación latifundista, cuando esta se lo requería. Visto así este sistema es superador de la esclavitud ya que el poseedor de esclavos al menos tenía que correr con los gastos de manutención de su mano de obra. El ciclo de este neo esclavismo se completa, con el “adelanto” de jornales, el pago en fichas de la proveeduría del mismo latifundio, etc. Terminando el trabajador endeudado después de prestar sus servicios y por lo cual muchas veces se le retienen los documentos (en caso de tenerlos).
Por todas estas razones la reforma agraria del nuevo estado (al menos para el caso de las naciones indias) generará solo propiedad comunal no pasible de ser enajenada. Estas tierras tienen que ser de calidad y de una extensión que contemple el desarrollo de los núcleos poblacionales y estar ubicadas donde históricamente se desarrollaron dichas naciones.
Acerca del status jurídico y de la organización de los territorios
Vamos a transcribir aquí la visión del Partido Comunista Boliviano sobre este particular, para que nos introducirnos en el tema: “La Democracia de Masas creará las condiciones para al participación de quechuas, aymarás, guaraníes, etc., en el manejo del Estado boliviano, estableciendo mecanismos institucionales para el ejercicio de sus derechos y la realización de sus aspiraciones en todos los niveles, introduciendo el principio de la autogestión política, administrativa y económica en todos los territorios y comarcas en los que la concentración mayoritaria de tal o cual nacionalidad ofrezca las condiciones para ello.”
La figura jurídica que más se asemeja a estos postulados, que me parecen correctos, es la del gobierno autónomo o ciudad estado. Porque por un lado da total autonomía, protege a las comunidades del accionar de agentes extrínsecos y fundamentalmente obliga a que sean ellos mismos los que den solución a sus problemas. Esto daría a la comunidad indígena las mismas posibilidades que tiene el pueblo de una provincia o de una ciudad autónoma como la de Bs. As. O sea a elegir sus gobernantes y a gobernarse a si misma, a dictar sus propias leyes y reglamentaciones en el marco de la Constitución Nacional. A tener sus propios funcionarios. A tener sus propias fuerzas de seguridad. Su propio sistema educativo. A manejar su presupuesto, generar sus propios recursos, programas de desarrollo, etc., etc. Habría que estudiar la posibilidad de agrupar dentro de lo posible a las distintas comunidades pertenecientes a una misma nación, dentro de estos nuevos territorios, para evitar la proliferación de minúsculos estados, no por una cuestión cuantitativa, sino porque limitarían su potencialidad. Esta sería una solución radical del mal llamado “problema del indio” ya que la nueva legalidad revolucionaria no solo estaría garantizando la vida de las naciones, sino su desarrollo y su fortalecimiento cultural (que podríamos definir como la precondición para un dialogo cultural en igualdad de condiciones). La presencia inicial del nuevo estado nacional, a través de sus programas de salud, educación y desarrollo, iría cediendo y mutando con la incorporación de los profesionales que la propia comunidad va produciendo en su recomposición (educadores, médicos, juristas, etc.) hasta convertirse en una política no solo diseñada, sino también llevada adelante por las propias naciones indias, sin perjuicio de que el objetivo final del proceso sea la síntesis, la verdadera integración pero como fruto de un largo proceso de interacción y de prestamos culturales recíprocos.
Cabe aquí (antes de seguir profundizando en el tema) hacer una salvedad, que tiene que ver con el hecho de que esta me parece una solución aceptable para la mayoría de nuestros estados nacionales y en particular para la Argentina, en lo que respecta (como decíamos hace un rato) a los casos donde existe una comunidad de cultura que coincide en un espacio físico/vital determinado y obviamente donde ya se ha desarrollado medianamente un proceso intercultural. No puede ser válida esta propuesta (porque sería sumamente compulsiva y artificial) para las comunidades que han permanecido prácticamente sin ningún tipo de contacto con el resto de lo que se entiende generalmente por sociedad o estado nacional. En este caso (que puede ser el caso de los pueblos amazónicos) me parecen interesantes las experiencias como el Parque Nacional del Xingú (en el Brasil) donde se ha intentado proteger a las comunidades de las nefastas influencias del Estado Nacional y más precisamente de sus políticas de desarrollo (cuando estas son introducidas abruptamente). Arriesgo de dispersarnos momentáneamente, me parece sumamente importante aprovechar esta oportunidad para denunciar y advertir de lo grave, de las irreparables consecuencias que pueden llegar a tener las políticas estatales de aculturación, cuando se entiende aculturación no como diálogo intercultural sino como “asimilación” (léase sustitución, erradicación) de las naciones indias.
La experiencia de la política indigenista del estado en Brasil, muestra claramente (como lo muestra el trabajo de S. H. Davis y P. Menget: “Pueblos primitivos e ideologías civilizadas en el Brasil”) como esta política de asimilación no es otra cosa que una política encubierta de exterminio, que apela a “cuestiones de seguridad social”, “cuestiones de integración territorial y de desarrollo”, “cuestiones de homogeneización nacional” y otras por el estilo, cuando en realidad lo único que determina y “justifica” estas políticas, es el hecho concreto de que las naciones indias habitan un territorio de riquezas inconmensurables, tanto en minerales, en pasturas, en maderas finas, en recursos hídricos, etc.
Estos mismos problemas se dan en Argentina en Tartagal y en la Patagonia entre la petrolera Repsol/ YPF y las comunidades indias.
. Un estudio realizado en 1957 por Darcy Ribeiro (a pedido del gobierno de su país), reveló que ese contacto abrupto e incontrolado entre las comunidades amazónicas y el estado nacional, a través de obras de infraestructura (más concretamente la carretera transamazónica) significo lisa y llanamente la desaparición física (y en muchos casos total) de la gran mayoría de esas comunidades originarias.
Esta “política indigenista del estado” no es patrimonio exclusivo del Brasil, lo mismo podríamos decir de la historia de la antropología aplicada en México y en la mayoría de los países del continente. Estas ciencias (que como ya lo dijimos en otros apuntes) nacen como ciencias de la dominación, son en el caso de América ciencias “para solucionar el problema del indio” y en este caso la palabra “solución” tiene la misma connotación que la que le dio Hitler ante “el problema judío”. Asimilación e integración han significado en América, aculturación total, es decir sustitución de las culturas originarias por la oficial/imperante. Es por eso que reivindicamos la experiencia de los hermanos Villas Boas y del Parque Nacional del Xingú, porque creemos que la preservación y el fortalecimiento de las naciones indias es la precondición para el diálogo intercultural.
Acerca de la viabilidad de los nuevos estados
Retomando entonces el tema de los nuevos estados queremos decir que estos no son solo un bello sueño sino además algo totalmente factible. Los nuevos estados son viables tanto política como jurídicamente y lo son también físicamente en un país tan extenso y cuasi desierto como es el caso de la Argentina. Estos estados al tiempo de ser viables económicamente, podrían prestar servicios inestimables al nuevo estado nacional en lo referente por ejemplo a problemas de preservación del medio ambiente y de la biodiversidad genética.
Desde el punto de vista económico estos pueblos podrían desarrollarse (teniendo en cuenta que estos pueblos son eminentemente agricultores y recolectores y su relación espiritual con la tierra y el universo en general), sobre la base de la agricultura y la ganadería, la apicultura, piscicultura, fruticultura, selvicultura y cientos de otras actividades de este tipo, que con asesoramiento científico técnico y escasa tecnificación
La referencia a la escasa tecnificación no es aquí una mera referencia económica (en el sentido de que no se requiere grandes inversiones) sino que además tiene que ver con el hecho acultural ya que todos los cambios introducidos al seno de la comunidad tiene que ser graduales, asimilables y por sobre todo responder a las necesidades de la propia población.
, los pondría en condiciones de producir alimentos ecológicos, manufacturados y no manufacturados, no solo para el propio consumo sino de creciente demanda en el mercado mundial, saturado de basura transgénica y alimentos sintetizados. La actividad económica/productiva de los nuevos estados debe respetar los modos de producción, concepciones organizativas, distributivas y económicas en general, que le son propias a dichas culturas.
Otra actividad no solo viable sino además fundamental para un proceso como el que nos planteamos, es la industria cultural, en lo referente a todo tipo de producción artesanal, artística e intelectual, que serviría como herramienta insustituible de revitalización de su autoestima y su identidad. Este tipo de producción ha demostrado en los finales del siglo pasado y comienzo del nuevo milenio, ser además una producción sumamente rentable en todo el mundo.
Otra actividad para ser tenida en cuenta y de vital importancia (como ya señaláramos) para el nuevo estado nacional, es la de preservación del medio ambiente. Estos territorios autónomos podrían ser declarados santuarios naturales, que podrían estar administrados por estas comunidades y no solo administrados, sino que podrían encararse planes de erradicación de especies foráneas (tanto animales como vegetales) que en muchos casos han roto el equilibrio de los ecosistemas (a veces de forma irreversible) y de reforestación y de protección de especies animales amenazadas. Esta política por si sola, en el marco del fenómeno del cambio climático por un lado y de la revolución de la biogenética hace de esta cuestión una cuestión estratégica para cualquier estado nacional.
Conclusión
Sin haber pretendido agotar el tema ni nada que se le parezca, hemos desarrollado hasta aquí algunas cuestiones que creo son de vital importancia para el partido revolucionario y para el proceso en la mayoría de nuestros países. Este es no solo un debate abierto sino además un debate pendiente. El problema del indio es un problema de clase y un problema cultural al mismo tiempo. Las “naciones indias” no son nuestras aliadas, son un tema de vital importancia y del cual no podemos prescindir a la hora de consolidar nuestra cultura, nuestra identidad y de emprender el fascinante camino de la edificación de la nueva sociedad. Recobrar esa parte de nuestra memoria, incorporarla a nuestra afectividad e inteligencia, a nuestra formación como hombres y mujeres que comparten el mismo suelo, las mismas estrellas, que padecen los mismos enemigos y tienen ante sí los mismos desafíos, es el primer paso, el que nos ayudará a reunir todos los fragmentos, a fundir los diferentes planos de lo americano, a cohesionar nuestras fuerzas y nuestros desvelos. Luchar contra todo etnocentrismo, propiciar y garantizar un proceso de aculturación recíproca, no traumática y en igualdad de condiciones, es la tarea de todo revolucionario americano, es decir, sintetizar todas las fuentes, unirlas en un solo cauce, que nos lleve a una nueva cultura en la que todos nos podamos reconocer.
La legalidad revolucionaria debe por tanto suprimir todas las relaciones de dominación para con las naciones indias, sean estas económicas, sociales, culturales, políticas, religiosas o ideológicas. Segundo debe garantizar la supervivencia, la revitalización y el desarrollo de las naciones indias, como un acto de la más absoluta justicia y de reparación histórica. Tercero debe garantizar un proceso de aculturación recíproca y no traumática, de diálogo intercultural y si es posible de homologación, de síntesis, pero respetando (si así sucediera al final del proceso) la existencia de las naciones como culturas en sí y para sí o sea totalmente diferenciadas del resto de la cultura llamada nacional
Quiere decir que el diálogo intercultural es de interés para la llamada cultura nacional, en el sentido de alcanzar su madurez, su originalidad, su autenticidad (esa que la librará del eurocentrismo y el colonialismo mental) independientemente que las naciones indias sigan existiendo como comunidades de cultura. Solo así integración no sería sinónimo de nuevo genocidio..
Lo que proponemos en definitiva es la Liberación de las Naciones Indias y no su secesión. Proponemos la refundación del Estado Nacional, sobre la base de una realidad plurinacional, pluricultural y multiétnica en la que todos tengamos los mismos derechos y oportunidades.

