La brevedad de un largo viaje
(a manera de prólogo para esta antología)
Con esas manos
sin saberlo, poeta
rompiste la luna.
(«Un jaiku chueco para Roque Dalton»,
Armando de Magdalena)
… rompió la luna porque vino a sacar la poesía del lugar a la que la habían condenado los contempladores impávidos de siempre: le escurrió la baba, le despegó las lagañas y los mocos y la puso en el lugar en la que siempre la tuvieron los vates, los bardos y shamanes… Roque Dalton es en todo caso, no el inaugurador de ningún nuevo ciclo, sino más bien, el restituidor de una tradición que bien pudiera haber nacido en el medioevo español o en las selvas precolombinas de su tierra natal: con Dalton la poesía se vuelve a mimetizar con el hombre y sus padecimientos, con sus sueños y prisas, con sus afanes y desesperanzas. Es decir, deja de ser algo independizado de la realidad, una especie de entelequía, de bobería o oscuro maleficio, para volver a ser augural y prometéica, algo que divide para re unir la realidad de un mundo de irreconciliables antagonismos que en definitiva solo han sido clausuradores de lo que por derecho está destinado al florecimiento. Esas manos de Dalton que, sin darse cuenta rompieron la luna, empuñaron tanto la pluma como el fusil y nunca sintieron que sosteniendo a una traicionaban al otro.
Julio Cortázar, su amigo, alguna vez dijo que no se necesitaban literatos de la revolución sino revolucionarios de la literatura y es una verdad muy cierta y también muy insuficiente porque si bien es cierto que los exégetas y panegiristas del cambio social muchas veces no pasan de ser meros oportunistas, personas para quienes la revolución ha sido solo una cuestión de márketing en tiempos de ascenso de la lucha de clases, también es cierto que los que “militan con su obra” (por importante que eta sea, por revolucionaria que sea) tampoco alcazan el ideal de lo que debe o debiera ser un intelectual y un artista revolucionario… que es lo que hacemos, en definitiva, por el otro? Cuanto hacemos por incentivar a otros artistas que lo necesitan, por colectivizar nuestros logros y nuestra experiencia? Que hacemos por la organización de esa cultura que debe sustituir a la cultura oficial realmente imperante, que no es más que la expresión y el fundamento de la total dominación? Puede ser (y de hecho muchas veces lo es y lo ha sido) que solo seamos artistas burgueses con un discurso y una estética de izquierda, y es justamente este Roque Dalton quien me da la oportunidad, no solo de decir lo que digo, sino también de decir que otro tipo de intelectual es posible y deseable. Roque Dalton bien pudiera ser la mejor constatación empírica de esa insuficiencia que habita la acertada sentencia de Cortázar.
«… la situación moral del intelectual latinoamericano que ha llegado a la comprensión de las necesidades, reales de la Revolución sólo podrá ser resuelta en la práctica revolucionaria, en la militancia revolucionaria. Está obligado a responder con los hechos a su pensamiento de vanguardia so pena de negarse a sí mismo, en un continente donde la superioridad moral es una de las pocas tarjetas de presentación que exige el pueblo para escuchar a quienes le solicitan sus adhesiones. En la praxis revolucionaria, el intelectual, como categoría histórica incompleta ante el progreso y el ahondamiento de la complejidad social, se realiza como hombre nuevo, como hombre integral: unidad de teoría y de práctica revolucionarias. Creo que es justo plantear esta instancia básica del problema -aunque corramos el riesgo de parecer extremistas- pues si aceptamos esta perspectiva fundamental, luego podremos solucionar adecuadamente el problema de las prioridades en los casos concretos: ¿debo darle más importancia al trabajo de terminar mi importantísima novela o debo aceptar esta tarea peligrosa que me plantea el Partido, la guerrilla, el Frente, y en ejecución de la cual puedo perder, no mi precioso tiempo de dos meses si no todo el tiempo que se supone me quedaba?, ¿debo hacer sonetos o dedicarme a estudiar las rebeliones campesinas?, ¿mi próxima novela será un prontuario de mis prácticas sexuales -reales o imaginarias- o una trabajada sátira que demuestre gozosamente los mecanismos de la penetración imperialista en mi país? (…), no queremos decir que un escritor es bueno para la Revolución únicamente si sube a la montaña o mata al Director General de Policía, pero creemos que un buen escritor en una guerrilla está más cerca de todo lo que significa la lucha por el futuro, el advenimiento de la esperanza, etc., es decir, del rudo y positivo contenido que todos los rizos retóricos han ocultado por tanto tiempo, que quien se autolimita proponiéndose ser, a lo más, el crítico de su sociedad que come tres veces al día.»
Roque Dalton (en colaboración) «El intelectual y la sociedad», México, Siglo XXI Editores, 1969.
Como suele suceder en estos casos (como también sucedía con el Che) la mejor forma de conocer a alguien es saber hacia donde se dirige y no puede haber duda de que en estas palabras de Roque Dalton acerca del intelectual, debe haber habido, necesariamente, mucho de auto imposición, de auto convencimiento… y me atrevo a decir esto porque la vida y la muerte (dentro de esa vida) de nuestro hombre con cara de niño no hace más que confirmar sus propias palabras ya que se nos presenta como todo coherente, al que podemos adherir o reaccionar pero ante el cual nunca podremos permanecer indiferentes. Esa «actitud moral» de la que él tanto hablaba es la que sin duda lo llevó a la revolución, la cual a su vez lo obligó a teorizar y esto a su vez (y como consecuencia en el marco de una época) a empuñar el fusil, porque en aquel momento de la historia del mundo, de la historia del Salvador y de América, era la senda de Ho, la senda del Che y la revolución cubana la que llevaban a la utopía, territorio convertido ahora en patria de realidades y de futuro y no ya isla quimérica en mitad de la nada. Roque Dalton no solo fue un gran poeta, sino que fue un gran intelectual revolucionario y decidido combatiente. Murió enjuiciado y fusilado como traidor por sus propios camaradas de armas justamente por ser un intelectual revolucionario y no un literato de la revolución. No fue ni dogmático, mucho menos un personaje acrítico despojado de sensibilidad que pudiera combatir empleando las mismas armas que aborrecía, su personalidad era compleja pero no de una complejidad que se perdía en sus propios laberintos, sino de una que era capáz de percibir la vida en toda su riqueza y dimensión.
Su poesía es esto mismo que damos cuenta y nadie cometa el error imperdonable de leerla desvinculándola de sus ideas y de su práctica vital y revolucionaria. Aquí no faltará el humor (del que tanto se habla) ni tampoco la ironía o la ternura. Creo que su poesía es esencialmente sicológica, pero de un tipo que redimensiona lo lírico: Roque Dalton es el inevitable protagonista (aunque más no sea como observador) de su prosa/poesía y tanto sea el humor, como la ironía como la duda o la contradicción, solo operan, en última instancia, para desmitificarlo. Roque Dalton siempre fue para mí un poeta de «versos de amor» (aunque suene descabellado) porque como sucede con Silvio, la revolución, la lucha, la ausencia, la angustia y hasta la desesperanza, tienen en sus versos tratamiento de mujer y es por eso que Roque es lírico, épico y tierno, pero siempre como un héroe/antihéroe de sus propias circunstancias. Es un hombre sensible e inteligente que tiene para mí la gran virtud de romper el silencio solo para decir cosas definitivas, cosas que además pueden ser avaladas con su vida o con su muerte. Quien con más derecho que él podría entonces llamarse poeta al punto incluso de convertirse en paradigma, en convertirse en la poesía o mejor dicho en un nuevo tipo de poeta que pudiera ser asimilado y puesto en el horizonte de la verdadera ternura. Gracias a él muchos de los que lo entendieron (no de los que lo copiaron o trataron vanamente de remedarlo), provocaron la lástima (entre comillas) o la solidaridad del trovador cuando dice: «pobrecitos los poetas son Daltones» y en este caso la confusión cromática que plantea Viglietti, no solo es entendible sino también deseable ya que no es perturbación sino exceso de luz en la retina del alma. Roque Dalton es la brevedad de un largo viaje que se llevó su vida pero que aun no ha terminado.
Armando de Magdalena es El poeta de la barbarie.