El viejo
“Me celebro y me canto
y todo lo que es mío es tuyo también
porque no hay un átomo de mi cuerpo
que no te pertenezca”
Walt Wiltman
Walt
inmenso vagabundo
lo que dejaste tras las hojas
vibra en el aire
aun se escucha entre la hierba
tu pisada de fauno silvestre
tu respiración de semillas y guijarros gastados
la insolencia de tus labios de vastedades cósmicas.
Con tu cuerpo huesudo de animal transhumante
te hundes en los ríos de luz de la mañana
eres algo parecido a la inocencia
la infancia del mundo
el futuro del canto
eres un niño demasiado viejo
ciñéndose el sombrero mientras corre desnudo.
Vas con flauta y tambores
lanzando tu graznido salvaje sobre los tejados del mundo
cazando mariposas con tu inmensa barba cenicienta
con olor a heno
a fragua
a estiércol de bisonte
a pólvora de barcos que ya se han hundido
a besos que robaste anoche al muchacho y la muchacha.
Quién sabe de ti
que no sepa de mi o de nosotros?
Quién por tu mirada
no habrá conocido cada palmo del horizonte
cada pulso de la sangre
cada semifusa de las estrellas?
Eres la primavera y también eres otoño
la hoguera y la nieve
el canto y la rama
el héroe, el truhán, la prostituta
el vencedor, el vencido
la paz y la batalla.
Eres algo parecido al universo
un dios vegetal
la pierna aserrada del combatiente
el desparpajo, la sed, el vino y el orgasmo
algo que va por el silencio sembrando misterio
bebiéndose la noche hasta el último rocío.
Y llega la hora en que te tiendes en la hierba
y te pones a sembrar flores en tu ombligo
y desparramas tu sexo de abejas y crisálidas
de púrpuras y trigales
de ámbar y palomas
sobre los rojos anaranjados del ocaso.
Todo respira en tu cuerpo
tu barba y el sombrero
tu rosada piel de niño senil
tus manos de secuoya, las bellotas de tu pelo
cierras los ojos, pequeño niño grande
inmenso viejo errabundo
y te vas, te vas lejos, siempre lejos
a recoger la fiesta que sembraste
con tu voz intemporal de oscuro océano.
Allí donde el caribú resiste la nieve
allí donde el timonel torció el norte polar de la tormenta
allí donde el mirlo desgrana los mediotonos de la tarde
donde el castor tergiversa la voluntad del río
donde el águila calva se abraza a Manitú
y el trampero, el mustang y el shosoni
reciben la paz de la montaña
allí estas
tácito y omnipresente
huérfano de todo
padre del ensueño
en el lecho donde se aman los amantes
en la bayoneta fría del soldado
en la chispa que machaca y machaca el herrero hasta el hartazgo
tú
la última encima de Louisiana
prodigando el verdor de su ternura.
Armando de Magdalena es El poeta de la barbarie.